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– El problema -continuó Hansen- es que Faure es un hombre muy popular en su país y no va a resultar fácil destituirle por las buenas.

– ¿Y qué hay del embajador Heineman? -preguntó Decker refiriéndose al embajador alemán que ocupaba una plaza permanente en el Consejo de Seguridad en representación de Europa y que era leal a Hansen. Como primer representante de Europa, Heineman poseía una influencia importante en las naciones de su región, incluida Francia.

– Creo que el embajador Heineman conoce de sobra lo que pienso de Faure, pero puedo aprovechar el viaje a Pakistán de este fin de semana para discutir el asunto personalmente con él. -Heineman era, como representante de una de las principales regiones productoras de alimentos, uno de los tres miembros del Consejo de Seguridad que iban a acompañar a Hansen en su visita a Pakistán.

– Jack podría proporcionar al embajador Heineman una razón de peso que haga a Faure cambiar de idea -sugirió Decker.

– Buscar un punto débil y ejercer algo de presión, ¿es a eso a lo que te refieres?

– Sí, señor. Y no conozco a nadie mejor que Jack para buscar esos puntos débiles.

Al secretario general Hansen le gustó la idea.

– Coméntaselo a Jack cuando os veáis en Roma.

Roma, Italia

A la mañana siguiente, Decker aterrizó procedente de Francfort en el aeropuerto Leonardo da Vinci de Fiumicino, justo al sudoeste de Roma. Le habían advertido de los muchos carteristas y ladrones de equipaje que había en Roma y sus alrededores, así que asió con fuerza el maletín y la bolsa de viaje mientras buscaba entre el mar de rostros algún rasgo familiar; Christopher había quedado en ir a recogerle. Como jefe de relaciones públicas de la ONU, Decker tenía acceso a la pequeña flota de jets privados de la organización, pero prefería volar en aviones comerciales siempre que podía.

– Mucho más seguro -explicaba a quienes preguntaban.

Detrás de un grupo de hombres italianos de negocios, vio asomarse una mano que le saludaba y enseguida apareció Christopher, que se apresuró hacia él.

– Bienvenido a Roma -dijo Christopher dándole un abrazo-. ¿Qué tal el viaje?

– Bien, bien.

– ¿Tienes el equipaje?

– Esto es todo lo que traigo -contestó Decker levantando el maletín y una enorme bolsa de viaje.

– Perfecto. Entonces podemos empezar con la visita a Roma. ¿No habías estado aquí antes, verdad?

– No. Lo más cerca que he estado de aquí fue cuando viajé a Turín y Milán con el equipo de investigación de la Sábana.

– Bueno, pues creo que te va a encantar.

– Estoy seguro.

Mientras se abrían paso entre el gentío hacia la salida, Decker advirtió como varias personas señalaban en su dirección, y al detenerse en la acera para esperar a la limusina varios coches estuvieron a punto de colisionar cuando una joven muy atractiva frenó en seco para mirarles. Christopher hizo caso omiso de la mirada escrutadora de la mujer, pero Decker no pudo evitar hacer un comentario.

– Me parece que esa joven creía conocerte -le dijo a Christopher mientras subían a la limusina.

– ¿Empezamos por el Coliseo? -preguntó Christopher ignorando el comentario de Decker-. Me temo que todos los museos salvo el del Vaticano cierran los lunes, pero hay tanto que ver que tendremos de sobra para el día entero.

– Roma, non basta una vita! -contestó Decker en italiano queriendo decir que una vida no es suficiente para conocer Roma.

– No sabía que hablaras italiano -apuntó Christopher.

– Es todo lo que sé -confesó Decker-. Me lo acaba de enseñar la azafata. -Christopher sonrió, y Decker contestando a su primera pregunta añadió-: Como quieras. Tú eres el guía. Pero hay un sitio que sí que quiero visitar y que tal vez no esté dentro del itinerario turístico habitual.

– ¿Cuál? -preguntó Christopher.

– El arco de Tito.

– Sí, por supuesto. Está en el Foro, cerca del Coliseo. Podemos empezar por ahí si quieres.

– Fantástico -dijo Decker-. Ya verás, me parece que te va a interesar más de lo que crees.

* * *

El arco triunfal de Tito se elevaba imponente ante el Coliseo, sin apenas huellas de los veinte siglos transcurridos desde que fuera erigido en conmemoración de la victoria de Tito sobre Jerusalén. Decker recorrió con la mirada los relieves esculpidos en el arco y enseguida encontró lo que buscaba.

– Aquí está -dijo.

Christopher se asomó sobre el hombro de Decker para observar el relieve. La escena representaba a los soldados llevándose el botín de guerra de la conquistada Jerusalén.

– Muy bien. Y ahora, ¿me vas a contar qué es todo esto?

– Claro -contestó Decker-. No sé si te he hablado alguna vez de Joshua Rosen. -Por su expresión, Christopher no parecía que reconociera el nombre-. Bueno, es un hombre, un científico para ser más exactos, que conocí hace muchos años. Nos presentaron en la expedición de Turín. -Christopher aguzó los oídos-. Tiempo después se trasladó a Israel y escribí un artículo sobre él. El caso es que cuando Tom Donafin y yo estábamos en Israel, justo antes de que nos secuestraran, Joshua Rosen nos acompañó en una visita por algunos de los lugares sagrados de Jerusalén, el Muro de las Lamentaciones entre ellos. Así es como llamaban al muro oeste del antiguo Templo judío antes de que los palestinos lo hicieran volar por los aires y los judíos construyeran el nuevo Templo. -Christopher asintió con la cabeza, indicando que estaba familiarizado con la historia reciente del Templo judío-. Bueno, pues mientras estábamos allí, Joshua nos habló del Arca de la Alianza y nos contó su teoría sobre lo que ocurrió con ella. Ya te contaré algún día esa historia. Pero lo que me importa es lo que nos contó sobre el arco de Tito y este relieve en particular. Tito fue el comandante del ejército romano que saqueó y destruyó Jerusalén en el 70.

– Sí, lo sé. Profeticé lo que ocurrió antes de la crucifixión -interrumpió Christopher.

– ¡Nunca me has contado que recordaras eso!

– No te hagas ilusiones -contestó Christopher-. No lo recuerdo. Lo leí en la Biblia.

– Oh, vaya -dijo Decker-. Bueno, no importa. Como ves, el relieve está esculpido con muchísimo detalle. A pesar de su antigüedad, se distinguen claramente los objetos que están siendo sacados de Jerusalén. -Christopher miró más de cerca.

– Sí, ya lo veo. Está muy bien conservado.

Christopher parecía no entender del todo lo que Decker intentaba señalar.

– Pero ¿no te das cuenta? -dijo Decker-. El Arca de la Alianza no aparece entre los tesoros del relieve.

– ¿Y qué? Lo siento, Decker, no lo cojo.

Decker cayó de repente en la cuenta de que había omitido demasiada información.

– Perdóname. Supongo que debería explicarte unas cuantas cosas, pero la razón de su interés tiene que ver con la Sábana de Turín. Joshua Rosen tenía una teoría fascinante sobre el Arca de la Alianza que explicaría por qué la prueba del carbono 14 reveló que la Sábana sólo tenía unos mil años de antigüedad. -Decker procedió a contarle a Christopher la historia del Arca, tal y como Joshua Rosen se la había contado a Tom Donafin y a él.

– ¿Entonces piensas que la Sábana permaneció dentro del Arca todos esos años? -preguntó Christopher cuando Decker hubo concluido su historia.

– No estoy seguro, pero respondería a algunos de los interrogantes sobre la Sábana. Y sobre ti -añadió Decker.

Mientras hablaban contemplando los relieves del arco, no se percataron de los dos niños que se les habían aproximado por la espalda.

– Scusi, Signor Goodman, potremo avere la sua firma? -preguntó el mayor de los dos.

Decker no entendía qué querían los chicos, y se sorprendió cuando Christopher sacó una pluma del bolsillo de su chaqueta y estampó su firma en unos trocitos de papel que le tendían los niños.