Para alimentar a los acogidos en el campamento, les explicó, la cocina estaba funcionando a pleno rendimiento en un único turno de catorce horas durante las horas de sol. Por la noche, un pequeño grupo de guardia se ocupaba de atender a los recién llegados; y es que aquí una hora podía significar la diferencia entre sobrevivir o morir. El principal objetivo del doctor Bloomer era proporcionar a cada acogido dos comidas al día.
La razón oficial de la visita era la de recopilar datos, pero lo que Hansen pretendía en realidad era reunir apoyos para su plan de distribución de recursos agrícolas. Cada uno de los que le acompañaban en el viaje había sido invitado por razones muy concretas. El embajador Khalid Haider de Pakistán estaba allí porque aquél era su país. El embajador indio había sido invitado porque su país sufría problemas similares y porque existían serias posibilidades de que se produjera una migración en masa de refugiados de Pakistán a la India.
Los miembros de Norteamérica y de Europa habían recibido la invitación a unirse a la comitiva porque de acuerdo con el plan de Hansen, eran sus regiones las que tendrían que realizar el mayor esfuerzo de distribución de alimentos. El embajador Howell de Canadá, representante de Norteamérica en el Consejo de Seguridad, arrastraba una enfermedad desde hacía meses y era muy posible que renunciara al cargo en un futuro próximo. En su lugar viajaba el embajador Walter Bishop, representante temporal de Estados Unidos, que esperaba reemplazar al embajador canadiense como miembro permanente. Consciente de ello, Hansen quería aprovechar la oportunidad para conocer más a fondo al estadounidense y ganar su apoyo al plan. Al embajador Heineman de Alemania, representante de Europa en el Consejo de Seguridad, no había que convencerle sobre la necesidad de la redistribución de alimentos, pero sí que había que hacerlo a la población de su región. Por recomendación de Decker, Hansen había invitado a Heineman para asegurarse de que la prensa europea cubría el viaje. Era la manera más efectiva de hacer llegar al pueblo europeo la urgencia y la magnitud de la necesidad.
La comitiva inició la inspección con una visita al campamento y a lo que quedaba de las aldeas circundantes. Por la tarde, Christopher informó a los embajadores sobre los resultados de un estudio que la Organización para la Agricultura y la Alimentación había realizado sobre proyecciones para los años futuros. Luego, para hacerse la foto, los miembros de la comitiva habían trabajado en la cocina sirviendo la cena. La comitiva pasó la noche en el campamento en casi las mismas condiciones que los refugiados.
El secretario general y los embajadores tenían planeado viajar en helicóptero a la mañana siguiente de regreso a Lahore, en Pakistán, cerca de la frontera con la India, mientras Decker y Christopher permanecían en el campamento para representar a Hansen ante una segunda comitiva de Naciones Unidas que se esperaba llegara a última hora de la tarde.
Tel Aviv, Israel
El rabino Saul Cohen concluyó sus oraciones matutinas y se puso de pie para atender a la llamada a la puerta de su despacho. Benjamin Cohen, su hijo de diecisiete años y único familiar superviviente desde que el Desastre se llevara a su mujer y a sus otros cuatro hijos mayores, le esperaba afuera, moviéndose nervioso de un lado a otro. Sabía que no debía molestar a su padre durante las oraciones si no era por un buen motivo, y no le entusiasmaba enfrentar su idea de lo que era un buen motivo con la de su padre. Pero menos le entusiasmaba la posibilidad de llegar a irritar al hombre que aguardaba en la sala de estar.
El hombre -porque no podía llamársele invitado- había llegado sin previo aviso. Benjamin le había abierto la puerta para hacerle pasar pero enseguida había reculado, sabedor de que algo en aquella visita se salía de lo normal, por no decir que el hombre en sí se salía de lo normal. Al cerrar la puerta tras de sí, el hombre pareció llenar la sala de estar con su sola presencia. A Benjamin le faltó tiempo para huir de la habitación en busca de su padre y se encontraba a mitad de camino cuando se dio cuenta de que no le había pedido al visitante su nombre. Le gustase o no, tendría que regresar y preguntarle.
Al asomarse por la ranura de la puerta, la mirada de Benjamin se cruzó con la del hombre. Hubiese querido apartar la vista, pero vio algo que le hizo retener la mirada. Ahora entendía qué era lo que tanto le había desconcertado en él. A Benjamin le habían enseñado a detectar la sabiduría de un hombre en su rostro. Sabía que la sapiencia se gana con los años, pero lo que leía en aquellos ojos era del todo anormal para un hombre de su edad. Aquella sabiduría habría resultado anormal en un hombre de cualquier edad.
Le preguntó su nombre y la respuesta no pudo más que aumentar su turbación, pero no creyó conveniente sondearle más.
Saul Cohen acostumbraba dedicar al menos una hora a las oraciones matinales, pero por alguna razón aquella mañana había decidido concluirlas media hora antes. Cuando escuchó la llamada a la puerta del despacho en el instante en que lo hacía, lo interpretó como una confirmación. No sabía qué era lo que Benjamin venía a decirle, pero estaba seguro de que se trataba de algo importante porque, de no ser así, el muchacho no le habría interrumpido. Cohen abrió la puerta.
– ¿Qué pasa? -preguntó sin signos de consternación, al contrario de lo que se esperaba Benjamin.
– Ha venido un hombre a verte, padre.
Cohen aguardó a que le ofreciera más información, pero Benjamin había enmudecido.
– ¿Y bien? ¿De quién se trata? -preguntó Cohen por fin.
– No me lo ha dicho -dijo Benjamin con un hilo de voz.
– Pero, bueno, ¿se lo has preguntado?
– Sí, Padre.
– ¿Y qué te ha dicho?
Benjamin no estaba seguro de cómo iba a sonar aquello. A él le había sonado muy impresionante en labios del hombre de la sala de estar, pero Benjamin pensó que al decirlo él la cosa sonaría algo estúpida. Aun así tenía que decir algo, su padre aguardaba.
– Me ha dicho que te dijera que él es «aquel que ha oído la voz de los siete truenos».
Cohen no respondió, pero la expresión de su rostro revelaba que sabía de quién hablaba. Por fin consiguió asentir con la cabeza y Benjamin regresó a la sala de estar en busca del hombre.
Saul Cohen cerró la puerta y empezó a ordenar su mesa mecánicamente. Escasos segundos después, oyó unos pasos que se aproximaban por el pasillo y observó como el pomo de la puerta empezaba a girar. De repente era como si se hubiese olvidado de cómo respirar. Benjamin abrió la puerta, y Cohen, recordando las normas básicas de educación, consiguió salir de detrás de la mesa y acercarse a saludar al hombre. Si aquel hombre era de verdad quien decía ser, Cohen no deseaba ni mucho menos insultarle con una falta de etiqueta. El hombre permaneció un instante allí de pie mirando a Cohen, en el vano de la puerta, como saboreando el momento, hasta que finalmente decidió entrar.
Cohen no sabía cómo era posible que aquel hombre fuera quien decía ser, pero en su vocación había aprendido que nada es imposible. Cohen había sabido desde el Desastre que algún día llegaría un profeta. Pero ¿cómo podía ser este hombre quien decía ser? Aquello casi superaba lo que Cohen podía aceptar.
– Hola, rabí -dijo el hombre cordialmente tendiéndole la mano. No era de ninguna manera el hombre que Cohen esperaba. No parecía tener sesenta años y un día. Más desconcertante aún era la manera en que iba vestido, con un moderno traje gris oscuro y corbata roja. Por ridículo que pareciera, Cohen se había imaginado a un hombre en sandalias y con una larga túnica atada a la cintura con una cuerda. Aun así, y a pesar de su aspecto y de que era imposible que fuera quien decía ser, había algo en aquel hombre que hizo que Cohen creyera que era exactamente quien decía ser.