Tras una larga reunión, Decker salió de su despacho y llamó a una de sus secretarias para cerciorarse de que había salido ya la limusina para recoger a Christopher.
– No, señor -contestó la secretaria, para añadir al instante-: Alice Bernley llamó mientras estaba usted en la reunión, para decirnos que ella y el ex subsecretario general Milner se encargarían de ir a recibir al director general Goodman.
En el aeropuerto Kennedy, Robert Milner y Alice Bernley esperaban impacientes el vuelo de Christopher. Al llegar, el joven se mostró muy complacido cuando vio que su mentor le esperaba a la salida, y ambos se fundieron en un abrazo cálido y prolongado.
– ¿Cómo está, subsecretario? -preguntó.
– Estupendamente, Christopher -contestó Milner.
– Y, señora Bernley, qué agradable volver a verla.
– ¿Cómo estás? Ha pasado casi un año desde que nos vimos la última vez, en Roma -dijo Bernley.
– Sí, ha sido un año muy ajetreado. Pero ¿qué hacen aquí? No esperaba una comitiva de bienvenida.
– Bueno -contestó Bernley-, cuando nos hemos enterado de que llegabas, nos ha parecido que merecías que te recibiera algo más que un conductor.
Christopher sonrió.
– Me alegra tanto verles. Les agradezco las molestias.
– Además -añadió Milner apuntando a una nueva razón de su presencia en el aeropuerto-, tenemos que discutir unas cuantas cosas antes de que llegues a la sede de Naciones Unidas.
Christopher le miró con curiosidad.
– Lo hablaremos en el coche, a solas.
Una vez acomodados en el interior del coche, Alice Bernley pulsó el botón del elevalunas para cerrar el cristal tintado que les separaba del conductor. Asegurada así su privacidad, Milner no perdió tiempo en abordar el asunto.
– Christopher, en la guerra y en la política ocurre desdichadamente que quienes más lamentan la pérdida de un gran líder son precisamente quienes más vigilantes han de estar ante el acecho de aquellos que pretenden servirse de la adversidad de los primeros en su provecho. Así ocurre en este momento de duelo.
– ¿Tan pronto ha empezado? -preguntó Christopher.
– Sí -dijo Milner-. Nunca en la historia universal ha habido más luchas de poder que en este momento. El primer punto de la agenda de Naciones Unidas será la elección por parte de Europa y de la India de los embajadores que hayan de reemplazar a quienes fallecieron con Hansen en el accidente. En la India se disputan el puesto dos contendientes de peso, el representante temporal actual, Rajiv Advani, y el primer ministro indio, Nikhil Gandhi. Gandhi, que como sabrás es medio italiano y se educó en Estados Unidos, es el candidato más razonable y el de mejor trato para trabajar. Pero si gana, que es lo más probable, Advani tiene intención de regresar a la India para presentar su candidatura a primer ministro. No sé si estás muy familiarizado con la política india, pero todas las encuestas señalan que sin Nikhil Gandhi a la cabeza, la coalición del Partido del Congreso perderá el apoyo para gobernar. Es más, el partido Bharatiya Janata podría conseguir un número suficiente de los quinientos cuarenta y cinco escaños del parlamento indio para formar gobierno con un puñado de partidos minoritarios. El Bharatiya Janata es un partido nacionalista hindú de corte fundamentalista, entre cuyos fines se encuentra revocar todos los derechos de la minoría musulmana.
»Así que aunque acogeríamos con gusto la elección de Nikhil Gandhi como miembro del Consejo de Seguridad, si ello es a cambio de que Rajiv Advani consiga el cargo de primer ministro, el precio nos parece demasiado elevado. Con él al mando se agravarán las hostilidades entre hindúes y musulmanes, por no hablar de las tensiones fronterizas con Pakistán.
»En cuanto a Europa, los candidatos con más probabilidades son el embajador español Velázquez y, cómo no, el embajador francés Albert Faure. Personalmente, estoy convencido de que Faure aspira a mucho más.
– ¿A secretario general? -preguntó Christopher. Era pura retórica; sólo había un cargo con mayor poder que el de miembro permanente del Consejo de Seguridad.
– Tú lo has dicho -contestó Milner.
– Pues es un buen salto, siendo como es miembro temporal del Consejo de Seguridad -dijo Christopher-. Dudo mucho que piense que el Consejo de Seguridad vaya a elegir por segunda vez consecutiva a un europeo como secretario general.
– Yo no digo que tenga probabilidades de ganar, sólo digo que es lo que pretende… junto con media docena de personas más, si he de ser sincero.
Alice Bernley había permanecido en silencio, pero le pareció que la conversación estaba tomando un derrotero no deseado.
Milner continuó.
– Antes de la elección del nuevo secretario general, se celebrará la votación para elegir al nuevo representante temporal de Norteamérica. Y si se elige a uno de los dos miembros temporales de la India o de Europa como miembros permanentes, entonces habrá otra votación para elegir a sus sustitutos.
«Christopher -continuó Milner, con creciente seriedad-, el embajador Faure me ha pedido que apoye su candidatura para reemplazar al difunto embajador Heineman como representante permanente de Europa en el Consejo de Seguridad.
– Y usted se ha negado, claro.
– Le he dicho que le apoyaré.
– ¿Qué? Pero ¿por qué? -espetó Christopher-. ¿Acaso no es a Faure a quien se refería cuando hablaba hace un momento sobre la necesidad de defendernos contra el acecho de quienes menos lamentaban la pérdida del secretario general Hansen?
– Sí, lo es. Pero la cosa no es tan sencilla. Mal que nos pese, el embajador Faure va a conseguir reemplazar al embajador Heineman en el Consejo de Seguridad; no hay nada que podamos hacer para evitarlo.
– Pero ¿por qué?
– Por dos razones. Para empezar, y como te decía antes, el único candidato capaz de conseguir votos suficientes es el embajador español Velázquez. No hay otro que cuente con un apoyo similar. Y, seamos sinceros, creo que Velázquez hace el ridículo presentándose como contendiente a Faure. Su pasado es tan oscuro que es casi un milagro que no haya salido ninguno de sus secretos a la luz. En cuanto la gente de Faure comience a revolver en su pasado, empezarán a aparecer asuntos embarazosos. Si son listos esperarán al último minuto y luego obligarán a Velázquez a retirar su candidatura a cambio de no hacer pública la información. Para entonces ya no habrá nadie en situación de sustituirle. La segunda razón es que, como sabes, Alice posee ciertas cualidades que le permiten predecir el futuro a través de su guía espiritual, el maestro Djwlij Kajm.
Alice Bernley interpretó esto como una invitación a intervenir.
– Tengo la absoluta certeza de que el embajador Faure será elegido representante permanente de Europa ante el Consejo de Seguridad. Sin embargo, no hemos de interpretarlo como una derrota, sino como un obstáculo temporal.
– Y debemos poner al mal tiempo buena cara y encontrar la forma de aprovechar la situación en nuestro beneficio -añadió Milner-. Puesto que sabemos que Faure será elegido con o sin nuestro apoyo, lo mejor es que le ofrezca mi respaldo a cambio de algo. Y ahí es donde entras tú, Christopher.
Christopher parecía algo inseguro ante la situación, pero sabía reponerse con rapidez.
– Si hay algo que yo pueda hacer…
– Bien -dijo Milner-, sabía que podríamos contar contigo. Ahora, en lugar de ir directamente a Naciones Unidas, irás antes que nada a la misión italiana.
– Como ciudadano italiano enviado a la ONU, es algo que haría de todas formas como cortesía al embajador Niccoli.
– Muy bien. Cuando llegues a la misión italiana te informarán de que hace tres horas el embajador Niccoli renunció al cargo de embajador italiano ante Naciones Unidas a fin de optar a otro puesto.