– No podemos permitir que eso ocurra -dijo.
– No, por supuesto que no. No ha llegado el momento. No, no creo que nadie sepa lo de Christopher. No todavía. Pero muchos, obviamente, están al corriente de que tú y yo sabemos algo.
– Sí -dijo Bernley recuperando su entusiasmo-. He recibido llamadas de personas y grupos de gente de los que jamás había oído hablar. Todos desean saber qué es lo que deben hacer.
– ¿Y qué les dices?
– Que se organicen, que incorporen nuevos adeptos, que extiendan la palabra de que la llegada de la Nueva Era está cerca. Y que sean pacientes.
– Buen consejo.
En el paseo, algo más adelante, se había detenido un hombre alto y delgado de pelo cano, con traje de corte europeo. Le flanqueaban otros dos de constitución corpulenta, que fácilmente le doblaban en peso. Los ojos de los dos hombretones se ocultaban detrás de sendas gafas de sol, pero el hombre delgado miraba hacia ellos directamente. De no haber estado tan ensimismados en su conversación, Milner y Bernley se habrían percatado de su presencia mucho antes. Entre los tres casi bloqueaban la totalidad de la acera. Su aspecto no era amenazante, pero exhibían un aire muy resuelto.
– ¿Subsecretario Milner? -preguntó el hombre delgado.
– Sí.
– ¿Señora Alice Bernley?
– Sí.
– Tengo una carta para ustedes -dijo el hombre al tiempo que entregaba un sobre a Bernley. Sólo había pronunciado un puñado de palabras, pero Milner, que había viajado por medio mundo, reconoció de inmediato aquel acento. Cualquiera habría detectado la cadencia francesa, pero había mucho más. Era más áspero, más gutural que el auténtico acento francés. Tenía mucho de alemán también. Resultaba evidente que aquel hombre era natural de Alsacia-Lorena, la región francesa que entre 1870 y 1945 cambió de manos cinco veces entre franceses y alemanes. Aunque no estaba seguro, Milner pensó que sólo podía haber un asunto que trajera a este hombre de Alsacia-Lorena al parque en el que estaban.
Bernley abrió el sobre y comenzó a leer la carta que extrajo de su interior.
– ¡Bob, mira! -dijo levantando la carta para facilitarle la lectura mientras ella continuaba leyendo.
Milner leyó. Era lo que sospechaba, pero resultaba trascendental no mostrarse demasiado ansioso. Las primeras impresiones pueden ser fatales.
– Por favor, traslade al remitente nuestro agradecimiento -dijo Milner tan pronto se hubo asegurado del contenido de la carta, aunque sin acabar de leerla del todo. Sabía que Alice se excitaba con facilidad y quería ser el primero en hablar.
– ¿Aceptan el paquete? -preguntó el hombre delgado.
– Sí -contestó Milner con serenidad.
– Sí, por supuesto que lo haremos -dijo Bernley en un tono mucho más animado-. Será un auténtico placer… -Por el rabillo del ojo captó la turbación de Milner y dejó caer la frase. Había reconocido de inmediato la mirada que éste ponía siempre que ella se sobreexcitaba. No es que él no compartiera su emoción, pero había ocasiones en las que no era prudente exhibirla.
– ¿Dónde desean que se haga la entrega?
Milner pensó con rapidez y contestó ofreciendo la dirección más obvia.
– En el Lucius Trust, en la plaza de Naciones Un… -Milner se detuvo en seco. Era absurdo que cruzara el Atlántico para luego enviarlo de regreso hasta su destino final-. No -dijo-. Envíen la entrega a la embajada de Italia en Tel Aviv.
– Necesitaremos que nos ayuden con los trámites de la aduana -dijo el hombre.
– Por supuesto -contestó Milner.
– La entrega se realizará aproximadamente dentro de una semana, si les parece conveniente.
– Sí, me parece bien -dijo Milner.
El hombre metió la mano en su bolsillo y extrajo un llavero de anilla con cuatro llaves.
– Van a necesitarlas -dijo sin más explicación-. Señora Bernley. Subsecretario Milner. -Asintió en señal de despedida, y sin más palabra, los tres hombres dieron media vuelta y se fueron. Milner examinó entonces la carta con más detenimiento.
«Consideramos que determinado objeto, en nuestro poder desde hace años, podría resultarles útil en la empresa que les ocupa. Si así lo desean, estaremos muy complacidos en entregarles dicho objeto para que lo empleen a su discreción.»
La carta pasaba a ofrecer a continuación los pormenores de la entrega del objeto y recalcaba las precauciones a tomar en su transporte y manejo, que el remitente daba por hecho conocerían ellos ya.
Bernley estaba en lo cierto, las piezas iban encajando.
– Sabía que se pondrían en contacto con nosotros -dijo Milner-. Era cuestión de tiempo.
Tiviarius, Israel
– Y bien, ¿de qué es de lo que querías que habláramos? -preguntó el rabino Eleazar Ben David a Scott Rosen mientras tomaba asiento en su butaca preferida. La luz en el despacho del rabino era algo tenue para el gusto de Scott; una de las bombillas estaba apagada y la única ventana de la habitación por la que podría haber entrado algo de luz natural permanecía oculta detrás de una librería abarrotada, que se extendía por el resto de las paredes. Aquélla era una biblioteca impresionante, con algunos de los libros en cada una de las tres lenguas que el rabino hablaba con soltura.
– Me preocupa Joel -empezó Scott.
– ¿Joel Felsberg? -le interrumpió el rabino Ben David.
– Sí -le confirmó Scott.
– No veo a Joel desde la última vez que fuimos los tres juntos a escuchar a la Sinfónica de Jerusalén. ¿Cómo está? ¿Le ocurre algo?
– Por eso estoy aquí. Ayer vino al Templo a buscarme. Llegó corriendo y agitando los brazos -exageró Scott- y gritaba: «¡Le he encontrado! ¡Le he encontrado!». Le pedí que se tranquilizara y luego le pregunté a qué se refería, y entonces me dijo que había visto al Mesías.
Al escuchar esto, el rabino levantó una ceja, pero su reacción transmitía más introspección que alarma. La expresión del rabino dio a Scott la impresión de que éste no le había estado escuchando.
– ¿Rabí? -le dijo buscando la confirmación de que éste le escuchaba.
– ¿El Mesías? -preguntó pasado un instante.
– Sí.
– Y ¿te dijo dónde lo había visto?
– En un sueño, pero está convencido de que fue algo más que eso. Supongo que cree que tuvo una visión o algo así.
– Hmm… -murmuró el rabino con el mismo aire pensativo. Permaneció en silencio unos segundos y luego preguntó-: ¿Podemos estar seguros de que no fue así?
– Sí. Absolutamente.
– ¿Por qué? -preguntó el rabino.
Scott frunció el ceño, molesto por tener que contestar.
– Sólo decirlo me incomoda -dijo. El rabino Ben David esperaba-. Al parecer, lo que vio en el sueño le ha convencido de que Jesús o «Yeshua», así le llamó, es el Mesías.
El rabino levantó esta vez las dos cejas y sacó hacia afuera el labio inferior. Estaba visiblemente sorprendido, pero no mostraba señas de disgusto. Scott había esperado una reacción más enérgica, por lo menos más rápida. El rabino parecía totalmente abstraído. Otro le habría preguntado en qué pensaba, pero no era el caso de Scott. Él nunca había mostrado interés hacia los demás, no abiertamente. Prefería una habitación llena de ordenadores que una llena de gente. Su sola presencia en el despacho del rabino, para expresar su preocupación por Joel Felsberg, era prueba de la profunda amistad que les unía.
– Bueno, entonces, ¿qué hago? -preguntó Scott gesticulando con las manos en un intento por atraer de nuevo la atención del rabino hacia el asunto que les ocupaba.
– ¿Qué haces con qué?
– Con Joel -dijo Scott sin dejar de mover las manos, esta vez a causa de su frustración.
– No creo que haya nada que puedas hacer. Si sólo ha sido un sueño, lo superará. Ten paciencia.
– ¿Qué quiere decir con eso de si sólo ha sido un sueño? -preguntó incrédulo.
El rabino se echó hacia adelante en su butaca.