Scott sacudió la cabeza y como no surtiera efecto sobre aquella visión, lo intentó restregándose los ojos.
– Scott, ven y ayuda a tu madre -oyó que le llamaba una voz femenina desde la cocina. Era su madre, Ilana Rosen. Al oír su voz sintió como si los recuerdos de su vida adulta se tornaran en un sueño. Intentó recordar lo que había estado pensando, pero su memoria se esfumaba a toda velocidad. Sólo podía retener un puñado de pequeños detalles deslavazados. Recordó que en el sueño sobre su futuro moría su abuelo y que él viajaba a Israel, que sus padres se trasladaban a Israel y que él acudía a las autoridades para contarles que ellos… Pero no recordaba qué pasaba luego… sí que sus padres fallecían… que había una guerra con Rusia… que… Scott desechó aquellos pensamientos como vestigios triviales de quien sueña despierto y se apresuró a echar una mano a su madre en la cocina.
– Tú padre y el abuelo no tardarán en llegar -dijo su madre al entrar él en la cocina-. Tenemos que darnos prisa con los preparativos para Pésaj. -Afuera empezaba a ponerse el sol, marcando el comienzo del sabbat de Pascua. Ilana Rosen intentaba descorchar una botella de vino tinto-: Anda, toma -dijo pasándosela a Scott-, a ver si puedes tú. -Scott asió la botella con firmeza y tiró con decisión. El corcho, ya flojo, salió entero-. ¡Fantástico! -exclamó Ilana con un aplauso-. Ahora llévalo a la mesa, pero ten cuidado de no derramar nada al servir los vasos.
Scott vertió el vino en los vasos de sus padres y el de su abuelo, llenó el suyo hasta la mitad, y luego, con mucho tiento, llenó la copa de Elías. Ésta era una copa de vino muy especial tallada en cristal de plomo, algo que siempre le había extrañado porque el cristal era completamente transparente y él no veía plomo por ninguna parte. Con todo, era una copa muy especial que sólo se sacaba para Pascua. Por un instante, a Scott le pareció recordar haber roto la copa al sacarla del armario cuando tenía quince años. Pero era una tontería, él sólo tenía once.
A su espalda oyó abrirse la puerta de la entrada y al girarse vio a su padre y su abuelo. Scott dejó lo que estaba haciendo, corrió hasta su abuelo y le abrazó con todas sus fuerzas. Pensó cuán maravilloso era volver a abrazar a su abuelo, y al hacerlo recordó parte de su ensoñación. Su abuelo había muerto. Aquel pensamiento hizo que sintiera un escalofrío. Pero no era más que un sueño. Y aún le embargó un enorme placer al sentirse estrechado entre sus brazos una vez más.
Poco después empezaron con la cena de Pascua o séder, respetando cada uno de los pasos que marca el Hagadá, que sirve como una especie de libro guía para la Pascua y que incluye descripciones, recitaciones y la letra de las canciones que se entonan a lo largo de la cena. Primero iba el brejat baner o encendido de velas. Luego el quidush, la primera copa, que es la copa de la bendición; el urjatz, que es el primero de los dos lavados rituales de manos; y el carpas, cuando se come el perejil después de sumergirlo en agua salada, símbolo de las lágrimas derramadas por el pueblo de Israel durante su esclavitud en Egipto y del agua salada del mar Rojo. A continuación iba el yajutz, que es cuando el padre toma la matzá del medio (de la pila de tres) envuelta en un lienzo blanco llamado ejad (que significa «unidad» o «uno»), lo parte en dos, devuelve una mitad al ejad y envuelve la segunda mitad en otra servilleta blanca. Más tarde, como indica la Hagadá, el padre oculta la segunda mitad de la matzá, llamada aficomén (que en griego significa «he llegado») en algún lugar de la mesa. El miembro más joven de la familia debe entonces buscarlo. Cuando lo encuentra, devuelve el aficomén a su padre, que lo redime a cambio de un presente o dinero. Ésta había sido siempre la parte del séder que más gustaba a Scott. Pero eso venía mucho más adelante en la cena.
Tras partir la matzá por la mitad se recitaba el Maguid, la historia de Moisés y la Pascua, y luego venían las Ma-nishtaná o cuatro preguntas. Como miembro más joven de la familia, Scott recitaba en su mejor hebreo cuatro preguntas sobre la Pascua, que le eran contestadas una a una por su padre. Luego se recitaban las diez plagas caídas sobre los egipcios. Esta parte siempre le había divertido a Scott, porque la Hagadá establece que, al pronunciar cada una de las plagas, los comensales deben introducir un dedo en su vino y echar una gota en el plato.
Todo se desarrollaba como los demás años hasta que la familia empezó a entonar una de las canciones tradicionales de Pascua llamada dayenu, que significa «hubiera sido suficiente». Se trata de un canto alegre en hebreo, que enumera algunas de las cosas que Dios hizo por el pueblo de Israel. A cada verso sigue el coro, que consiste en repetir la palabra dayenu. La traducción de la letra diría algo así como:
Si sólo nos hubiese rescatado de Egipto, y no hubiese castigado a los egipcios,
Dayenu (hubiera sido suficiente)
Si sólo hubiese castigado a los egipcios, y no hubiese destruido sus dioses,
Dayenu
Si sólo hubiese destruido sus dioses, y no hubiese castigado con la muerte a todos sus primogénitos,
Dayenu
Y así continúa la canción, afirmando en cada estrofa que si Dios sólo hubiese hecho lo que menciona el verso anterior y no las cosas que se añaden después, quienes cantan, que representan a todo el pueblo de Israel, habrían estado satisfechos.
Al llegar al último verso, que habla del Templo, el abuelo de Scott dejó de cantar de repente y gritó-: ¡No! -Scott le miró confuso-. No es verdad -dijo su abuelo-. ¡Dayenu es mentira! No hacemos sino engañarnos.
– ¡No hacemos sino engañarnos! -sancionaron los padres de Scott.
Esto no aparecía en la Hagadá. Tenía que haber un error. Y entonces, sin mediar un solo sonido, apareció de repente otro comensal en la mesa. El hombre se inclinó sobre la mesa desde enfrente de Scott y cogió el aficomén, todavía sin esconder, de donde descansaba junto al plato del padre de Scott. Ocupaba el sitio reservado para el profeta Elías. Scott le reconoció de inmediato, era el rabino Saul Cohen. Pero aquello no tenía sentido alguno. Scott no conocía a nadie llamado Saul Cohen, salvo… salvo, tal vez, de aquel sueño tan extraño. ¿Cómo era posible que estuviera allí, en su casa, sentado en el lugar reservado a Elías bebiendo de la copa del profeta; la copa especial que sus padres reservaban para el séder y de la que nadie podía beber?
– No nos engañemos más -dijo Cohen.
Era casi medianoche cuando Scott descubrió que de nuevo era un adulto y estaba en su casa de los suburbios de Jerusalén. Hacía horas que su sopa se había quedado fría y la única luz en la habitación era la de un reloj digital y la que se colaba desde una farola de la calle. Estaba agotado. Por un momento permaneció allí sentado. La creencia de que los sucesos de las últimas horas en el hogar de su infancia habían sido un sueño se disipó rápidamente. Junto a él, sobre la mesa, ocupando el lugar que había estado reservado a Elías en su sueño o visión, allí donde había visto a Cohen, reposaba una copa de vino casi vacía. Era la copa de Elías, la que él había roto en mil pedazos al sacarla del armario a los quince años. Aun en la penumbra reinante la reconoció. Scott se arrellanó en la silla y advirtió que el plato que antes descansaba bajo el cuenco de sopa yacía ahora boca abajo delante de él. Había algo debajo. Lo levantó y descubrió el aficomén, oculto allí para que él lo encontrara y se redimiera.