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La falta de Faure era, como mínimo, de omisión; había desatendido casi por completo sus responsabilidades como presidente de la OMP y nombrado a dedo a Brooks cuando se había jubilado el anterior general al mando. Brooks y Faure eran viejos aliados.

– Es probable que intenten cargarme a mí con la culpa de Brooks -dijo Faure-. Si el asunto sale ahora a la luz, es más que posible que el americano lo aproveche para arruinar mi candidatura a secretario general. -Christopher le iba a interrumpir, pero Faure levantó la mano para detenerle-. Ahora bien -continuó Faure-, sé que es urgente llegar al fondo de la cuestión, pero seguro que puede llevar a cabo su investigación sin necesidad de plantear el asunto ante el Consejo de Seguridad de forma inminente.

– Embajador -respondió Christopher-, todo lo que signifique desviarse de la vía directa conlleva una pérdida de tiempo que no nos podemos permitir. Aun cuando el Consejo de Seguridad apruebe de inmediato mi petición, serán necesarias entre seis y ocho semanas para realizar los cambios de personal y garantizar que el equipamiento y los suministros adecuados llegan a nuestras tropas en la frontera indopaquistaní.

– Comprenderá que por nada del mundo quiero detenerle en la toma de medidas que considera justas y necesarias -contestó Faure-. No es mi estilo. Y, además, en el caso de que fuera elegido como único candidato a secretario general y de que dicha candidatura fuera aprobada por la Asamblea General, bueno, nunca se sabe, pero es muy posible que fuera usted quien me sustituyera en el cargo de miembro permanente ante el Consejo de Seguridad. -Faure quería recalcar este punto, sólo por si Christopher no había caído en la posibilidad-. Nada más lejos de mi intención que ensombrecer nuestras relaciones en el futuro. Pero -Faure hizo una pausa- es tanto lo que hay en juego, tanto para nuestros intereses como para los del mundo entero, que yo le sugeriría que estudie todas las opciones posibles antes de cometer una imprudencia.

La respuesta de Christopher fue tajante, pero su tono no dejaba traslucir enfado alguno.

– Ya he explorado todas las opciones posibles.

– ¿Y opina que éste es el único modo de hacerlo?

– Sí.

A Faure le costaba cada vez más disimular su frustración.

– ¿Puede por lo menos esperar cuatro días? -urgió.

– No, no creo que pueda.

Faure miró a su jefe de gabinete y negó con la cabeza.

– Creo que está de acuerdo con el embajador americano -interpoló Poupardin-. Puede que ahora sea ciudadano italiano, pero nació en América. -Poupardin se dirigió entonces directamente a Christopher-: ¿Por qué si no habría de mostrarse tan inflexible?

– ¡Gerard! -dijo Faure con severidad, intentando meter en cintura a su jefe de gabinete.

– Le ruego que me disculpe, embajador -farfulló Poupardin con un gesto de pesar muy bien ensayado.

– Sí, espero que sepa perdonar a Gerard por tan desatinada salida -dijo Faure-. Pero ha de reconocer que en Europa muchos lo interpretarán de la misma manera.

Faure desesperaba. Poupardin había lanzado la acusación intencionadamente para que Faure pudiera llamarle la atención y formular a continuación la misma acusación sin riesgo de ser irreverente, puesto que el tema ya había salido a colación. Era una jugada efectiva, y no era la primera vez que se valían de ella.

– Considere lo siguiente -dijo Faure-. De aquí a una semana yo podría ser secretario general y usted, el nuevo representante permanente de Europa. El comportamiento del general Brooks es del todo reprochable, si efectivamente queda demostrado que es culpable de cuanto usted le acusa, pero su suspensión del cargo apenas tendrá impacto en el problema de forma inmediata. Usted mismo ha reconocido que tardará entre seis y ocho semanas en hacer efectivos los cambios necesarios. Y, seamos realistas, aun con todos esos cambios, es muy limitado el efecto que tendrá en la entrega de alimentos a los necesitados, que es, después de todo, lo que en el fondo deseamos todos. Ahora bien, si retrasa su intervención hasta que se haya realizado la votación, tiene mi palabra de que usaré toda la influencia y el poder del cargo de secretario general para acelerar los cambios que estima necesarios en la OMP y garantizar la adecuada distribución de alimentos, para que lleguen a quienes los necesitan.

Christopher meditó sobre la oferta de Faure. Tenía su mérito. Finalmente cedió.

– ¡Excelente! -dijo Faure.

– Pero -añadió Christopher- a cambio quiero que me prometa que, sea cual sea el resultado final de la votación del lunes, me ayudará a que mi propuesta sea aprobada por el Consejo de Seguridad.

– Cuente con ello -prometió Faure.

Poupardin volvió a excusarse por su comentario y Christopher abandonó el despacho minutos después.

* * *

– Ese hombre puede ser peligroso -dijo Poupardin tan pronto Christopher se hubo ido-. ¿Qué habría hecho si se niega a retrasar su petición?

– Gerard, está escrito en las estrellas que yo haya de ser secretario general. Habría hecho lo que fuera necesario.

Poupardin sonrió, rodeó la butaca de Faure y empezó a masajearle los hombros.

– Parece que el apoyo de Robert Milner para mi elección en el Consejo de Seguridad va a salir más caro de lo que anticipamos en un primer momento -dijo Faure-. Habrá que vigilar de cerca a ese joven.

– ¿Telefoneo al general Brooks? -preguntó Poupardin.

Faure aspiró hondo y contuvo la respiración mientras pensaba.

– Sí, supongo que es lo correcto -dijo con un resoplido-. Dile que ya puede ir empezando a ordenar sus asuntos, y rápido, si quiere conservar el puesto. Pero no te demores demasiado con Brooks; tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos. Hay que sacarle un compromiso al embajador Gandhi e intentar debilitar el apoyo de Suramérica al embajador Clark. Debemos asumir que nuestro amigo el señor Goodman no esperará si al final hay que celebrar otra votación más.

* * *

La situación en la frontera indopaquistaní no mejoró en los cuatro días siguientes; los cargamentos de ayuda eran escasos y su distribución muy lenta, y el número de refugiados que intentaba cruzar la frontera continuaba aumentando. A fin de contener la riada, el gobierno indio había multiplicado por seis su presencia militar en la frontera. Llegaban noticias de abusos, torturas y ejecuciones sumarias de refugiados que cruzaban a la India. En respuesta al progresivo reforzamiento de tropas indias, el gobierno de Pakistán había incrementado a su vez el número de efectivos a lo largo de la frontera.

En Nueva York había llegado el día en que el Consejo de Seguridad intentaría de nuevo elegir al nuevo secretario general. También llegaba a su término el plazo que Christopher había prometido esperar para pedir el traspaso urgente de autoridad sobre la Organización Mundial de la Paz. En un rincón de la antesala del salón de plenos del Consejo de Seguridad, antes de la reunión, Christopher Goodman discutía con el embajador Gandhi sobre la situación en Pakistán. El día anterior, por la tarde, había mantenido un encuentro con el embajador paquistaní y el embajador saudí Fahd, representante de Oriente Próximo en el Consejo de Seguridad.

En el interior del salón de plenos, Albert Faure y Gerard Poupardin repasaban los preparativos de última hora. Desde el comienzo, cuatro días habían parecido más que suficientes para hacerse con el voto de la India. Pero el embajador Gandhi había postergado su decisión de apoyar a Faure hasta el final, para conseguir que se le garantizase la concesión de diversas prerrogativas.

– Ojalá pudiera estar más tranquilo con el voto de Gandhi -comentó Poupardin-. No sé si podemos fiarnos de él.

– Oh, no te preocupes por el indio -repuso Faure con serenidad-. Él sabe que nunca conseguirá de ningún otro las prerrogativas que yo le he prometido.