– Al entrar he visto que estaba afuera hablando con el embajador Goodman.
– ¿Has podido oír sobre qué discutían?
– No, no quería resultar tan descarado.
– Bueno, seguro que no tiene la menor importancia.
– Probablemente, pero anoche también vieron a Goodman con el embajador Fahd.
Un destello de inquietud nubló la mirada de Faure.
– ¿Por qué no he sido informado de esto antes? -preguntó.
– Me acabo de enterar.
La expresión de Faure denotaba ensimismamiento más que preocupación.
– ¿Por qué no sales e intentas enterarte de qué están hablando? Si es necesario, te acercas y te unes a la conversación. Si notas que tu presencia les incomoda o ves que cambian de tema, vuelve enseguida y házmelo saber.
Poupardin se levantó para salir, pero demasiado tarde; en ese momento el embajador y Christopher entraban en la sala para ocupar sus respectivos lugares para la reunión. La embajadora Lee Yun-Mai de China abrió la sesión y unos momentos después daba paso al primer punto del orden del día, la elección del nuevo secretario general. Como era de esperar, los nominados eran el embajador de Estados Unidos Jackson Clark y el embajador de Francia Albert Faure. La votación se realizó, como era costumbre, a mano alzada. La embajadora Lee sometió primero a votación la candidatura del embajador Clark. Al instante, el embajador canadiense, representante de la región norteamericana, y el embajador ecuatoriano, representante de Suramérica, levantaron la mano. Todo se desenvolvía como Faure tenía planeado; casi podía saborear la victoria tan largamente esperada. Entonces, muy lentamente, y evitando que sus ojos se toparan con la atónita mirada de Faure, el saudí levantó la suya. Por el rabillo del ojo, Faure dirigió su atención a su jefe de gabinete, Gerard Poupardin. Incluso desde el otro extremo de la sala, la palabra que formularon sus labios quedó tan clara como un grito.
– Goodman -dijo conteniendo la respiración.
Faure murmuró un epíteto.
A la izquierda de Faure, la puerta de entrada al salón de plenos del Consejo de Seguridad se abrió de par en par y una mujer alta y rubia rondando los cuarenta se precipitó al interior. Impertérrita, la embajadora Lee apuntó el resultado de la votación, tres regiones apoyaban al embajador de Estados Unidos. Sin pausa, procedió a someter a votación la candidatura del embajador francés. Lo que Faure vio entonces no hizo más que acentuar su desánimo. Incluyendo la suya, sólo se levantaron en la sala cinco manos, los embajadores Kruszkegin, del Norte de Asia, y Lee, de China, habían decidido abstenerse. A diferencia del embajador Fahd, Kruszkegin miró directamente a Faure mientras Lee hacía el recuento. Poseído por la ira, Faure se volvió para mirar a Christopher, pero Christopher no estaba allí.
La mirada de Faure recorrió rápidamente la sala en busca de Christopher, pero sin éxito. Sus ojos se tornaron de nuevo hacia Poupardin, interrogándole sobre el paradero de Christopher. Poupardin señaló con el dedo. En un rincón de la amplia sala, Christopher hablaba con Jackie Hansen, que había entrado en plena votación con un mensaje urgente. La ira de Faure le pasó inadvertida o por lo menos no la reconoció como tal, tan concentrado estaba en escuchar a Jackie y en leer a toda velocidad el contenido del mensaje. Sin separar la mirada del papel, Christopher dirigió sus pasos con decisión hacia la embajadora Lee.
Al contrario de lo que Faure había deducido, la verdadera razón del cambio en la intención de voto era que los embajadores Fahd, Kruszkegin y Lee se habían enterado de las prerrogativas que Faure había prometido al embajador indio para conseguir su voto. A ninguno le interesaba tener un secretario general atrapado por el tipo de compromisos que Faure había contraído. Como resultado, Lee y Kruszkegin habían decidido abstenerse; Fahd, sin embargo, prefería devolver la confianza al americano, a quien había votado anteriormente. Faure nunca llegaría a enterarse de lo sucedido. Y lo que estaba a punto de acontecer no iba sino a convencerle del todo de que Christopher estaba detrás de cuanto acababa de ocurrir.
Christopher terminó de leer la nota y cruzó la sala directamente hasta la embajadora Lee. Tras entregarle el despacho, le susurró algo al oído y ella comenzó a leer. Mientras lo hacía, Christopher regresó a su lugar, donde permaneció de pie a la espera de que la presidencia le diera la palabra formalmente. Todos los ojos se concentraron en ella mientras leía. Cuando hubo concluido, dio un golpe con el mazo y declaró que no se había alcanzado un consenso; la elección del nuevo secretario general se posponía dos semanas más. A continuación dirigió su mirada a Christopher y habló de nuevo.
– La presidencia otorga la palabra al embajador de Italia.
– Señora presidenta -empezó Christopher dirigiéndose a la embajadora Lee-, como acaba de leer en el despacho del que le he hecho entrega, en el transcurso de la última hora un contingente de aproximadamente veintisiete mil soldados indios de infantería ha cruzado la frontera con Pakistán respondiendo, al parecer, a la continua afluencia masiva de refugiados paquistaníes que cruzan la frontera en busca de alimento. Todo apunta a que se dirigen hacia los tres campos de acogida de Naciones Unidas. En respuesta a la incursión, las fuerzas de la ONU al mando del teniente general Robert McCoid han atacado al ejército indio.
La sala entró en erupción. Los miembros de la prensa intentaron mejorar su posición para obtener primeros planos de Christopher mientras hablaba; varios miembros del personal abandonaron la sala apresuradamente. El embajador de Arabia Saudí, representante de Oriente Próximo, y el embajador de la India pidieron la palabra a la presidencia. Pero la embajadora Lee se negó a otorgársela y Christopher continuó su discurso.
– Por el momento, carecemos de información sobre bajas, pero las tropas indias desplazadas en la zona superan seis veces en número a las fuerzas de la ONU. El general McCoid ha ordenado el traslado de refuerzos al lugar, pero no se espera su llegada hasta dentro de varias horas y advierte que este movimiento de tropas debilitará la presencia de la ONU en otros puntos de la frontera.
Christopher completó su informe ante el Consejo de Seguridad y a continuación, en ejercicio de su derecho como miembro temporal, procedió a realizar su petición de retirar al general Brooks de su cargo y asumir con urgencia la autoridad sobre la OMP. Probablemente no hubiese cambiado las cosas haber realizado la petición cuatro días antes. Pero los últimos acontecimientos iban a complicar y dificultar aún más la solución de los problemas.
Cerca de Cafarnaún, Israel
Sin saber por qué, Scott Rosen tenía la certeza de encontrarse en el lugar que debía. Estaba sentado en una verde colina de la orilla norte del mar de Galilea, cerca de Cafarnaún, y aguardaba, aunque no estaba muy seguro el qué. Llevaba allí casi una hora sentado esperando, y el sol empezaba a ocultarse. A su alrededor, el terreno formaba un anfiteatro natural con unas propiedades acústicas que hacían posible que una persona situada en la ladera pudiera oír claramente a alguien emplazado al pie de la colina. Según los guías turísticos locales, aquél era el lugar donde Jesús había transmitido sus enseñanzas a sus seguidores.
Cuando llegó, había turistas paseando por las laderas. Pero la caída de la tarde le había dejado prácticamente a solas durante unos instantes. Ahora, hacía quince minutos que un flujo constante de personas, todas ellas hombres, había empezado a poblar la ladera. Pero no se trataba de turistas; no había cámaras, ni prismáticos, ni guías charlatanes. Es más, aunque eran ya cientos, miles, los allí reunidos, nadie pronunciaba palabra. Cada uno daba con el que creía era un buen sitio y se sentaba.
En pocos minutos, el goteo se convirtió en marea; ahora eran miles los que llegaban a cada minuto. Y aún no se oía ni una palabra. Scott reconoció a varios de entre ellos. Primero al rabino Eleazar Ben David, con el que días antes había conversado sobre Joel. Luego vio a Joel, con la mano y la muñeca enyesadas como resultado de su último encuentro. Joel escrutó la multitud de hombres que poblaba la colina en busca de Scott y esbozó una amplia sonrisa cuando lo encontró. Scott le devolvió una sonrisa vehemente, y Joel se sentó cerca. Ninguno pronunció palabra.