Выбрать главу

– Iré. ¿En qué comisaría estás?

Abajo, en la calle, un gato corrió a esconderse debajo de un coche. ¿De qué huía? Calentar el agua, camisa, café, periódico de ayer, lavado de dientes. En el ascensor le saludó su imagen, un cuerpo recio bajo el traje claro, el pelo a punto de estar largo, la mirada en stand-by, un mínimo destello al fondo, un piloto de luz que mantenía vigilante.

Tenía que resolver algunos asuntos y no llegó a la comisaría hasta pasadas las diez. Como conocía al oficial de policía, bajó con él a los calabozos. Cuatro detenidos más acompañaban al chico en una habitación de paredes anaranjadas. En lugar de camas o sillas, unos salientes en los muros a modo de bancos; al fondo, lavabo y retrete apenas protegidos por un tabique de media altura. Un hedor tenue pero penetrante parecía brotar del suelo. La luz fluorescente, muy débil; en la puerta, un ventanuco. Demasiado calor.

Le dejaron a solas con el chico en la sala de interrogatorios.

– Tú dirás.

– Fue una estupidez. Había entrado en Red Eléctrica y probé a mandar órdenes de generación de corriente, midiendo la tensión en las tomas del cuarto con un multímetro. Funcionaba. Tenía que haberlo dejado ahí pero al día siguiente volví a probar.

– ¿Por qué? ¿Qué buscabas?

– Mi multímetro indicaba que no había habido ninguna bajada de tensión sobre el valor inicial. Me confié. Si desde control nadie compensaba esa subida momentánea significaba que no habían reparado en ella.

El chico levantó los hombros muy deprisa.

No me has contestado.

No buscaba nada, ejercitar los dedos. Tú sabes cómo es esto.

¿Qué te han dicho? -preguntó el abogado.

– Hay una denuncia de Red Eléctrica. Según ellos, el fiscal podría pedir siete años de cárcel. ¿Es verdad?

– No, no. ¿Dónde estabas cuando entraste?

– En casa. El multímetro estaba averiado, si no nunca habría cometido este error.

El chico volvió a levantar los hombros, levemente, no parecía un tic sino una seña, como las treinta al punto del mus. Luego miró hacia la puerta.

– ¿Estás cansado? -le preguntó.

– Sí, bastante.

– Hablaremos cuando salgas, entonces. Espero conseguir que te dejen en libertad con cargos.

– Gracias.

– No te hagas ilusiones. Pasarán varias horas hasta que puedas irte. ¿Quieres que llame a alguien?

– No.

– ¿A tu trabajo? ¿A tus padres?

– No, gracias.

Soltaron al chico a las nueve de la noche. El abogado salía de su trabajo en ese momento. Habló con él por el móvil, parecía sereno. El juicio no sería hasta dentro de varias semanas o quizá meses, quedaron en verse pasados unos días.

Luego el abogado buscó un locutorio en un barrio lejos del suyo. El dueño estaba mirando una película en la pantalla. El abogado sacó del bolsillo de la chaqueta un live cedé hecho a medida. Aquel era su mejor momento. Desde que conoció al chico no había dejado de saltar vallas electrónicas, fronteras que él imaginaba negras con el código escrito en luz verde. Disponía de tiempo y esfuerzo, y eso le había permitido ir subiendo de nivel sin detenerse. Nadie sabía que le gustaba. Nadie esperaba nada de él, los dueños de esos locutorios no retenían su cara porque nunca volvía.

El chico había sido su mentor. Llegó a él tras haber entrado en varios foros pidiendo ayuda. Para defender a un c liente acusado ele un delito informático necesitaba entender qué había hecho exactamente. Le enseñaron, logró que el cliente fuera absuelto y ya no quiso dejar ese mundo. Empezó desde cero, siguiendo paso a paso las indicaciones del libro El entorno de programación UNIX. Después vinieron los ezines y luego los retos que le proponía el chaval. No buscaba trucos sino hacer las cosas entendiendo cómo se hacían. A pesar de ser de letras, aprendió a encontrar la vulnerabilidad, a atravesarla como una puerta disimulada en la pared. Aunque nunca dejó de sentirse un extraño en la escena. Esos chicos, los demás, habían cruzado la adolescencia jugando en máquinas que ahora parecían prehistóricas pero que tenían el encanto de haber sido pioneras. Cerrados tras la puerta de su cuarto, de noche, oyendo de vez en cuando el módem como un sonar submarino, llegaron a sentirse pequeños dioses con acceso a centrales remotas donde se controlaba el poder, el ejército, el conocimiento. Él les sacaba casi quince años. En su casa nunca hubo ordenadores, ni unos padres que supieran lo que eran, ni un cuarto propio. Y además él era un simulador, no pertenecía a ningún sitio; por eso fingió abandonar.

El abogado salió del locutorio pasadas las dos. Ya habían cerrado el metro, pero no buscó un taxi sino que anduvo por las calles, conocía la oscuridad. Vigilantes jurados, guardias, escoltas, él trabajaba en el filo de la violencia física legal. Defender a esos hombres era su aportación al furioso inundo incomprensible. En cambio, la llamada del chico se le antojaba una interrupción, un tajo inoportuno dentro del tiempo. Aquella filosofía blanda que él mismo llegó a usar en sus alegatos, según la cual los hackers no eran sino chicos estudiosos aprendiendo a programar en sus habitaciones, nunca le convenció. Existían esos tipos, hackers modelo Heidi o hermana de la caridad que penetraban en un sistema informático sin permiso de acceso y dejaban un mensaje al administrador, explicándole los defectos de configuración y la forma en que habían conseguido entrar. Pero no eran hackers por dejar ese mensaje, sino por haber entrado sin autorización. Eso era también lo que él hacía cuando iba a los locutorios, entrar sin permiso en los sistemas, ser el intruso durante unas horas. En cambio, el chaval y sus amigos le recordaban demasiado a los universitarios de Yomango que decían robar como «protesta al sistema», y cuando desmagnetizaban una alarma se creían diferentes. ¿Por qué vuelves ahora, chico? ¿Ya no recuerdas que yo defiendo al segurata, al que te lleva al rellano de unas escaleras por donde no pasa nadie y te acojona y te registra y se juega su puesto si no te encuentra nada? No lo recuerdas o quizá no lo sabes. Tampoco os dije nunca que mi padre era un poli, como el que habrá tenido que lidiar con Red Eléctrica y con su superior y quemarse las pestañas leyendo la telemetría para saber quién coño eras tú.

El abogado atravesaba las calles recalentadas por los motores de aire acondicionado. Vio pasar a una mujer sola, andaba deprisa, el vestido ceñido, el ruido suave de unas sandalias planas contra el suelo. Pensó en su casa con dos cuartos vacíos, para invitados, para sus otras vidas. Cuartos disponibles como él mismo. Yo no soy nadie, chico, supongo que por eso me has llamado.

Enero

Después de tres reuniones, la vicepresidenta dispuso de media hora tranquila en su despacho, necesitaba leer multitud de papeles y documentos. Se le pasó por la cabeza buscar en Google el código que había copiado la noche anterior, o algo de información acerca de esos ordenadores llamados zombis, pero lo descartó. Si lo hacía quedaría constancia de su búsqueda y no deseaba compartir con nadie lo ocurrido, por el momento.

El ejercicio del poder se caracteriza, entre otras cosas, por un continuo ir y venir de secretos que hay que administrar.

Secretos retenidos, secretos para ir soltando muy lentamente, secretos compartidos por un núcleo mayor o más pequeño, secretos troceados. Hay que tenerlos en la cabeza recordando cuál es su radio de acción, quiénes saben, quiénes pueden llegar a saber, quiénes no deben conocerlos bajo ningún concepto.

En cuanto a su flecha, se trataba, por ahora, de un secreto solo suyo, y así quería mantenerlo. No tenía tantos. Por motivos de su cargo, tanto su salud como sus relaciones personales, gastos, negociaciones, viajes, indumentaria, planes, eran puestos en conocimiento de otras personas.

Durante la comida con algunos miembros de su equipo, La vicepresidenta se las ingenió para llevar la conversación al terreno de los ordenadores zombis sin llamar la atención. Pronto una persona hizo la pregunta que ella necesitaba: