Trygve asintió.
¿Irás con Brad, o quieres que pase a recogerte? Creo que es por la tarde, así que nuestros hijos pueden acompañarnos.
Será más soportable si no vamos solos.
– A él también le asustaba.
Page suspiró, pensando en el llanto y el horror sin paliativos que presenciarían.
Rezó para no tener que pasar por lo mismo con Allie.
– No sé si Brad irá, pero lo dudo.
– Brad Clarke detestaba los entierros, y Page sabía que, a diferencia de Trygve, no se había mordido la lengua a la hora de achacar a Phillip toda la culpa del accidente.
Siempre había eludido aquellas ceremonias y, en su actual situación, era muy improbable que hiciera el sacrificio por ella-.
Yo no podría sobreponerme a una pérdida tan brutal -masculló, y trató de desecharlo de su mente.
Volvió a mirar a Thorensen con los ojos llorosos-.
Ni siquiera sé cómo abordar esto.
Me siento como si toda mi vida se desmoronase, y sólo han transcurrido dos días.
¿Qué hay que hacer? ¿Cómo aprendes a convivir con algo así sin dejar que tu mundo se derrumbe? Las lágrimas afluyeron mientras hablaba.
Trygve era su amigo, una especie de hermano mayor.
– Supongo que no puedes evitarlo.
Hay que ver cómo se derrumba y luego recoger los pedazos.
– Es posible -dijo Page tristemente, pensando en Brad.
¿Cómo se lo ha tomado Brad? -preguntó Thorensen-.
Debió de ser terrible enterarse en Cleveland.
Por un instante Page estuvo tentada de contarle la verdad, pero le pareció mezquino.
Se limitó a menear la cabeza y guardar silencio.
Finalmente dijo: -Ha reaccionado muy mal.
Está excitado, pusilánime e irascible.
Culpa a Phillip del suceso.
Pero, de algún modo, me lo reprocha también a mí por no haber adivinado los planes de Allie.
No lo ha dicho explícitamente, pero la acusación flota en el ambiente.
– Era un medio como otro de zafarse de su propia culpa.
A Brad Clarke le reconfortaba tener algo que echar en cara a su mujer-.
Lo peor -añadió Page entre sollozoses que no se equivoca.
Yo soy la única culpable.
Si hubiera estado más atenta, si hubiera sido más sagaz y la hubiera sondeado, o no la hubiese creído, esto no habría sucedido.
Lloró con lágrimas de agotamiento y de emoción.
Thorensen le pasó el brazo por el hombro.
– No debes abandonarte a esos pensamientos.
No había motivo para sospechar de nuestras hijas.
Nunca antes habían hecho una travesura semejante, y no podemos ser el eterno sargento.
Confiarnos en ellas, lo cual no es ningún crimen, como tampoco lo fue su pequeño embuste.
Casi todos los chicos de su edad hacen lo mismo.
Lo criminal ha sido el resultado, pero ¿quién podía preverlo? -Brad cree que yo.
– Y Dana me ha achacado a mí lo mismo.
Pero es pura palabrería.
Necesitan descargar su dolor y nosotros somos sus chivos expiatorios.
No te lo tomes muy a pecho.
Brad está trastornado.
No sabe ni qué decir ni contra quién despotricar.
– Seguramente -convino Page, y recordó algunas estadísticas que había leído sobre cómo los accidentes y las muertes infantiles solían destruir a las parejas.
Si había ya una grieta, se abría de par en par.
Por lo visto, la grieta de ellos dos debía de ser tan ancha como el Cañón del Colorado-.
La verdad -dijo al fin tímidamente, con una sinceridad que sorprendió a Trygvees que Brad y yo atravesamos un mal momento.
No sabía por qué se lo contaba, pero tenía que desfogarse con alguien.
Nunca en su vida se había sentido tan sola ni tan desdichada, y no conocía a ninguna otra persona con quien confiarse.
Sabía que tendría que llamar a su madre cualquier día, pero todavía no estaba preparada.
Necesitaba tiempo para adaptarse a la nueva situación antes de localizarla en Nueva York y ponerla en antecedentes.
Era más de lo que ahora mismo podía asumir.
De hecho, todo era excesivo salvo sus estancias en el hospital, las visitas a Allie y las conversaciones con Trygve.
– Brad…
– empezó, pero no encontró palabras.
– No es preciso que me lo expliques, Page.
– Thorensen intentó allanarle el camino-.
No hay nadie que no zozobre ante una cosa así.
Hace sólo un minuto pensaba que mi unión con Dana se habría ido a pique si no estuviera ya rota.
Todavía no podía creer que, después de su llamada, Dana no hubiera regresado de inmediato a Norteamérica.
Le había acusado a él de negligencia, pero ni siquiera se le ocurrió volar hasta San Francisco para ver a su hija.
Sólo expresó el deseo de que se recuperase pronto y pudiera reunirse con ella en Europa durante las vacaciones de verano.
Definitivamente, no era una mujer digna de admiración y menos aún una madre aceptable.
Casi se asombró de haber estado diecinueve años casado con ella.
Algunas veces, cuando reflexionaba sobre el pasado, se sentía como un idiota, pero no era menos cierto que últimamente la había aguantado sólo para evitar el disgusto a sus hijos.
– Nuestro problema no tiene nada que ver con el accidente.
– Page se esforzó en abrirse-.
El azar ha querido que estallara ahora, en medio de todo este drama -dijo lacónicamente, pero quedó patente que sus disidencias conyugales la habían marcado.
“Quizá Brad tiene una amante", pensó Trygve, que era un experto en amoríos ilegítimos y sus efectos sobre el matrimonio.
Pero no acababa de entenderlo.
Clarke no le parecía el clásico marido infiel.
– En plena crisis no pueden formarse juicios.
¿Por qué no? ¿Crees que no sé discernir la realidad? ¿Y si resulta que, en todos estos años, nada ha sido tal y como yo creía? ¿Y si mi vida se ha basado en una mentira? -Ya despejarás esas incógnitas más adelante.
Pero no las analices ahora.
Ninguno de los dos estáis en condiciones de actuar con ecuanimidad.
¿Cómo lo sabes? -preguntó Page.
Tenía mucho en que pensar, y en cierto sentido el hospital era el sitio ideal para ello.
– Tengo una amplia experiencia en relaciones difíciles y apariencias engañosas.
Créeme, sé de lo que hablo.
Y sé tam bién que ahora todo se os ha vuelto del revés.
No podéis exigiros responsabilidades por lo que digáis o hagáis, ni por las reacciones de cada uno.
Fíjate en ti misma, extenuada, debilitada.
– Sí, supongo que tienes razón.
Yo estoy muy desorientada tras dos días sin dormir y sin probar un plato decente.
He vivido con Brad desde los veintitrés años.
Siempre pisé fuerte, creyendo que nuestra unión era perfecta, y de repente me he asomado al abismo.
No sé qué pensar, ni quién es el hombre con el que me casé.
A mi alrededor todo se confunde.
– Y había sucedido en cuestión de días, de horas, de minutos.
Tu hija ha salvado la vida a duras penas.
Estás completamente traumatizada.
¿Quién no lo estaría? Pues bien, recuerda que Brad, yo mismo e incluso nuestros otros hijos nos encontramos en el mismo caso.
¿Te fiarías de tus reflejos, de tus impulsos? ¡Caramba, si no me atrevo ni a comprar en el supermercado! Soy capaz de pedir alpiste para el perro.
Tienes que darte un respiro, Page.
Procura no pensar en nada.
Vive sólo el presente.
– Recuerda lo que te he dicho antes -reiteró Trygve-.
No hagas juicios en medio de una crisis.
– Lo intentaré -prometió ella con voz queda, sorprendida de su predisposición a contarle a Trygve tantos pormenores de su vida.
Pero la deslealtad de Brad la había sacudido visceralmente, y sentía una necesidad apremiante de sincerarse con alguien.
Y Trygve le inspiraba confianza.
No habría podido decir por qué, pero le gustaba de un modo intuitivo.
– Ignoraba que ejercieses de consejero matrimonial -dijo Page con una sonrisa, y él soltó una carcajada.