¿Te encuentras bien? -le preguntó Thorensen.
Page asintió, pero con un nuevo acceso de llanto-.
Sí, yo estoy igual.
Te llevaré a casa.
Ella volvió a asentir y le siguió hasta el coche, donde permanecieron largo rato en silencio.
Page no había reunido valor para abordar a los Chapman, así que los dos habían firmado en el libro que había a la puerta de la iglesia.
Luego leería en el periódico que se recibieron más de quinientos pésames.
– ¡Dios, ha sido muy duro! -exclamó al fin, intentando componerse un poco.
Trygve la miró, arrasado por sus propias emociones.
– Es espantoso.
No existe nada peor.
Espero no vivir lo bastante para ver morir a uno de mis hijos.
Se arrepintió de aquellas palabras, puesto que la vida de Allyson estaba aún en peligro, pero Page se hizo cargo.
Tampoco ella quería pasar por esa experiencia.
– He visto a la señora Hutchinson.
Es todo un detalle de su parte haber venido.
A los Chapman les habrá impresionado favorablemente.
Su gesto demuestra cuán solidaria es, cuán humana.
Ha sido una astuta jugada.
Pero ¡qué cinismo el mío! -se riñó Page a sí misma-.
A lo mejor actuaba de buena fe.
– Lo dudo.
Conozco a los políticos.
Créeme, es su marido quien le ha mandado que asista.
Quizá ella no tuvo la culpa del accidente y es totalmente inocente.
Pero nunca está de más vender buena imagen.
¿Y ése es el único motivo? -Page se sintió decepcionada.
– Probablemente.
No lo sé.
Sigo pensando que cometió algún descuido, que los chicos no fueron responsables del choque, aunque tal vez soy yo quien me empeño en creerlo.
– A los Chapman les ocurría otro tanto.
Thorensen encendió el motor y se dirigieron a casa de Page tras la lenta caravana que marchaba hacia la escuela, pero a mitad de camino ella recordó quë nëbía pasar por el hospital a recoger su camioneta.
Además, quería ver a Allie.
¿Te importaría dejarme allí? -preguntó, sonriendo con tristeza.
Había sido una tarde terrible.
Page había telefoneado varias veces al hospital para preguntar por Allyson, pero no se habían producido cambios desde la mañana.
– ¡En absoluto! Igualmente tenía intención de visitar a Chloe.
Hoy más que nunca debemos agradecer que estén vivas, cverdad? Page asintió con la cabeza, evocando lo que había dicho Brad en el fragor de su disputa, que no le interesaba una Allie imperfecta.
Y parecía creerlo en serio.
– Prefiero tener a Allie en cualquier estado antes que perderla.
Quizá me equivoque, pero es lo que siento.
Brad opina que, si ha de quedar incapacitada, más vale que muera.
– La suya es una visión elitista de la vida, un maniqueísmo en blanco y negro.
Estoy de acuerdo contigo, prefiero juntar los pedazos, antes que tener las manos vacías.
Page coincidía con Trygve en todo, pero curiosamente no en lo relativo a su matrimonio.
En ese terreno era más intransigente que él.
Claro que lo veían desde ópticas distintas.
– Mi marido no ha podido enfrentarse a todo esto.
Sale huyendo a la primera ocasión -dijo con voz serena, procurando no volver a excitarse.
– Hay muchas personas que no saben sobrellevar las desgracias.
– Sí, como Dana…
y como Brad.
¿Y por qué nosotros nos metemos hasta el cuello? ¿Somos unos valientes o sólo un par de tontos? -Seguramente una mezcla de ambos -repuso Thorensen con una risita irónica-.
Me temo que no tenemos otra alternativa.
Cuando los demás saltan por la borda, nos ponemos al timón.
– Dirigió a Page una mirada de franqueza.
Había pasado suficiente tiempo a su lado para hacerle una pregunta directa-: ¿No te saca de tus casillas? -Le intrigó la aparente predisposición de Page a aceptar un matrimonio que distaba mucho de ser modélico.
Brad no se había dejado ver desde el accidente.
– Me pone furiosa -admitió Page sonriente-.
A la hora de comer hemos tenido un enfrentamiento por esa razón.
– Al menos eres humana.
Yo también me ponía como un basilisco cuando Dana se esfumaba en el momento en que más la necesitábamos los niños o yo.
– En mi caso, existen complicaciones de otra índole.
Trygve movió la cabeza, decidido a no indagar.
Pero finalmente no pudo contenerse.
¿Complicaciones graves? -Eso parece -contestó Page-.
Yo diría que terminales.
¿Y te han pillado por sorpresa? -La verdad es que sí.
He estado casada dieciséis años, y hasta hace tres días creía que mi matrimonio era perfecto.
– Estaban ya en las inmediaciones del hospital-.
He cometido un error.
Un error mayúsculo.
– Quizá no.
Es posible que estéis pasando una mala época.
De vez en cuando, todas las parejas tienen sus altibajos.
Ella reflexionó unos segundos, y negó con la cabeza.
– Había muchas facetas oscuras que yo desconocía.
Sin saberlo, me he estado engañando a mí misma durante largo tiempo.
Pero, ahora que lo sé, no podría disimular que todo va bien.
No es mi estilo.
Mi relación huele a podrido -explicó ácidamente.
– Recuerda lo que te he dicho antes, que algunas personas pierden la brújula cuando deben afrontar una crisis.
– Brad la perdió hace ya meses.
Pero le ha salido mal, porque le he pillado con la bragueta abierta.
Page torció la boca en una afectada sonrisa siniestra, y Trygve soltó una carcajada.
– Vaya, ha tenido mala suerte.
Page estaba anonadada por la naturalidad de aquel diálogo.
Se sentía capaz de contárselo todo a Trygve, incluso secretos que jamás habría revelado a su hermana, por supuesto, ni a Jane Gilson, que era una antigua amiga pero no una confidente.
Tras los rigores de sus inicios, nunca se había sincerado con nadie excepto con Brad, lo cual hacía su traición aún más abyecta.
Y ahora, para su asombro, a Trygve le contaba cosas que se habría resistido a confiarle a Brad aun antes de que estallara la guerra entre ambos.
Una vez en el hospital, se encaminaron hacia la UCI todavía alicaídos por el ambiente que había reinado en el sepelio, pero a ambos les alivió ver a sus hijas.
Chloe tenía algunos espasmos, aunque progresaba, y Allie continuaba igual.
Por el momento, su condición era estable.
Esta vez, Page se marchó antes que Trygve.
Volvió a casa hacia las cinco para recoger a Andy en la de Jane.
El niño había ido al entrenamiento de béisbol en el autocar de la escuela, y a esa hora debía estar ya de vuelta.
Page tenía muchas ganas de verle cuando aparcó el coche frente al garaje de Jane.
La tarde había sido un suplicio, y el sepelio de Phillip le helaba la sangre cada vez que recordaba los lloros de los jóvenes y el pesar de los padres.
Todos habían sollozado inconsolables al abandonar el templo, y el corazón de Page voló hacia ellos.
Mientras pulsaba el timbre de casa de Jane, todavía vibraban en sus oídos los cánticos del coro.
– Hola, ¿cómo estás? -Jane miró a su amiga y frunció el entrecejo-.
¿o no debería preguntártelo? Quizá Allyson había empeorado.
Page estaba consumida, pálida y patéticamente triste.
– No te apures -dijo con voz quebrada-.
Me ves así porque he ido al entierro de Phillip Chapman.
– ¿Y qué tal? -inquirió Jane, franqueándole la entrada.
– Tan deprimente como cabía esperar.
Había cuatrocientos jóvenes anegados en llanto, y la mitad de adultos.
– Es justo lo que necesitabas.
¿Te ha acompañado Brad? -No, me llevó Trygve Thorensen.
Hemos visto a la esposa del senador.
Estuvo muy en su papel, sacudida por el dolor en la medida justa.