Maribelle encarnaba a la madrastra malvada y Alexis era una de sus inútiles hijas.
Page, como siempre, se adjudicaba el papel de Cenicienta.
CAPITULO XII
El resto de la semana fue una repetición de lo mismo.
Page continuó pasando los días en el hospital mientras Andy estaba en la escuela, y sus parientes neoyorquinas hicieron la ronda de las boutiques y de los grandes almacenes de San Francisco.
Recorrieron Hermes, Chanel, Tiffany, Cartier, Saks, y arrasaron en I.
Magnim.
Se arreglaron el cabello en Mr.
Lee y almorzaron en Trader Vic, Postrio y el restaurante terraza de Neiman Marcus.
Algún que otro día, iniciaron la jornada con una visita de cinco minutos a Allie.
Tras el impacto de la primera mañana, Alexis dijo que se sentía de nuevo acatarrada y no quería ocasionarle complicaciones a Allyson, de manera que aguardaba en la recepción del hospital.
Pero su madre subía valientemente a la planta y, durante aquellos cinco minutos escasos, incluso cotorreaba con Page en la cabecera de la enferma.
Hablaba de sus planes inmediatos y trataba de persuadir a su hija de que las acompañase.
Y el fin de semana insistió en invitar a cenar a Page y Brad.
Page intentó decírselo a Brad en una de las raras conversaciones que mantuvieron.
Era ya viernes por la tarde y empezaba a preguntarse cuándo se marcharían Alexis y su madre, que tanto habían enrarecido la atmósfera desde su llegada.
Brad había aprovechado su presencia para desaparecer diariamente.
No había cenado en casa ni una sola noche, y solía llegar de madrugada para volver a irse muy de mañana, antes de que ellas se levantasen.
Hubo una noche en la que ni se presentó ni telefoneó.
– Quiere llevarnos a cenar a algún sitio -explicó Page, esforzándose en no perder los nervios y hacerle una escena a Clarke por la noche que había pasado fuera sin avisar-.
Para ser sincera, no sé si podré soportarlo.
– Esta vez ha venido más tratable -dijo él.
– ¿En serio? ¿Y tú cuándo lo has constatado -le espetó Page-, en los cuatro segundos que tardaste en acarrear sus maletas, o en los pocos minutos que les has dedicado desde entonces? ¿Cómo demonios sabes el humor que gastan? No te hemos visto el pelo desde el domingo.
– ¡Por Dios, Page, no te dispares! ¿Qué esperabas que hiciese, convertirme en la niñera de tu madre? Han venido para ver a Allie.
Las visitas a su hija era algo que Brad también espaciaba cada vez más, con la excusa de que estaba muy ocupado.
– No es a Allie a quien quieren ver -replicó Page con sarcasmo-, sino a Chanel, Hermes y Cartier.
En ese aspecto, su estancia ha sido muy fructífera.
– Quizá deberías haber ido con ellas -replicó él-, y ahora estarías de mejor talante.
Dios sabe que no te sentaría mal parecerte un poco a tu hermana.
Se arrepintió en el momento mismo en que pronunció aquellas palabras, pero ya no podía desdecirse.
Page rió con amargura.
– En el cuerpo de mi hermana no queda ni una sola fracción o parte original.
Si a todo lo que tú aspiras en la vida es a un maniquí de plástico hueco, te la regalo -le espetó Page, pues le había herido el comentario de Brad.
Llevaba tres semanas de guardia constante en el hospital y era consciente de su desaliño, mas no tenía tiempo, energías ni ganas de enmendarlo.
Consideraba su propio aspecto muy secundario.
Lo único que quería era que Allie saliera del coma.
Al fin, Brad convino en que irían a cenar juntos el sábado.
Fueron al centro de San Francisco, al Mason de Fairmont.
Page se había recogido el abundante cabello rubio hacia atrás, en una coleta, vestía un traje negro liso e iba sin maquillar.
Su cara era un vivo reflejo de la infelicidad y desolación que sentía.
Alexis, por el contrario, llevaba un modelo Givenchy de seda blanca que resaltaba su estilizada figura, con un profundo escote que exhibía generosamente los injertos de silicona.
– Estás arrebatadora -piropeó Brad a su cuñada, quien le respondió con una fría sonrisa.
A Alexis solamente le preocupaba su apariencia, cómo le caía la ropa y poca cosa más.
Su propio marido lo sabía.
En ella no latía una mujer, era tan sólo una silueta y un rostro perfecto, primorosamente decorado.
En la mesa, la madre insinuó la posibilidad de quedarse una semana más.
Page se puso histérica al oírla.
Había sido su criada durante siete días, preparándoles manzanillas, té, litros de Evian, fomentos calientes, fomentos fríos, desayunos, comidas, cenas, sábanas limpias y almohadas, e incluso había tenido que salir a una hora intempestiva para comprarle una manta eléctrica a su madre.
En contrapartida, ellas no contestaban al teléfono, no se servían ni siquiera un vaso de agua, no habían sido capaces de encender los televisores de sus cuartos, y ninguna de las dos sabía relacionarse con Andy.
Eran tan superfluas como siempre.
En una semana habían visto a Allie un total de tres veces que, cronometradas, no habrían sumado ni siquiera quince minutos.
Las predicciones que Page le hizo a Trygve se estaban cumpliendo al pie de la letra.
– Quiero que volváis a casa el lunes mismo -proclamó con voz firme.
Su madre se horrorizó.
¿Cómo vamos a dejarte sola con Allyson? -dijo.
Page guardó silencio.
Brad estuvo muy gentil con las dos y en especial con Alexis, que apenas abrió la boca.
Tan pronto como regresaron a casa y despidieron a la canguro, Clarke anunció a su mujer que él también se iba.
– ¿A las once de la noche? Page se llevó un sobresalto, pero no tenía motivo.
Brad no había pisado el hogar en varios días, según lo que parecía ser su nuevo estilo de vida.
En el plazo de tres semanas se había desmadejado todo el entretejido de su matrimonio.
Así pues, se contentó con mirarle y asentir.
– Lo lamento, Page -quiso justificarse Clarke-.
Vivo acorralado entre la espada y la pared.
– Sí -replicó ella, desabrochándose la cremallera del vestido-.
Así mismo está Allie.
– Lo de Allie no tiene nada que ver.
Sin embargo, ambos sabían que era el eje de todo.
El accidente les había hecho pedazos, y cada día resultaba más obvio que no se recompondrían.
Page se recluyó en el cuarto de baño.
Cuando salió, Brad ya se había marchado.
Se acostó y permaneció despierta largo tiempo.
Ültimamente padecía de insomnio.
Tuvo el impulso de llamar a Trygve, pero no le pareció oportuno.
No quería saltar de un hombre a otro.
Por la mañana, durante el desayuno, su madre le remachó cuán afortunada era de tener a Brad.
Page se bebió el café sin pronunciar palabra.
La otra insistió en que Brad se había revelado como un hombre de bien y un excelente marido.
Page fue a visitar a Allyson y dejó a Andy con sus invitadas, pese a las protestas de ambas porque no sabrían qué hacer si surgía algún contratiempo.
– ¿Y si necesita ir al baño? -preguntó su madre llena de pánico.
Era inconcebible que se sintiera tan indefensa después de tener dos hijas y haber estado casada con un médico.
– Está crecidito, mamá.
Se las arreglará solo.
Si te empeñas, incluso preparará la comida de los tres.
A Page le divertía pensar que su hijo de siete años tenía mejores aptitudes que ellas, y efectivamente así era.
Aquella tarde tuvo ocasión de hablar con Trygve y le dijo lo harta que estaba, harta y abatida.
Le resultaba muy penoso tener en casa a su madre y su hermana.
Ella misma percibía cómo, poco a poco, le iban desmoralizando.
– ¿Qué es lo que tanto te altera? -preguntó Thorensen.
Siempre que las mencionaba, Page podía pasar de la más fina ironía a una honda depresión.