No veía, en cambio, la situación física que producía tal fenómeno. No había habido nubes en muchos kilómetros de firmamento, y era difícil comprender cómo había podido caer nieve sin nubes. Por otra parte, era difícil comprender cómo podía existir suficiente radiación de enfriamiento si había nubes. Una breve nevada, posiblemente, seguida por un despeje rápido del cielo, explicaría por qué él y Beedee no habían reparado en la pequeña nevada. Este fenómeno habría formado parte de un sistema de exploración: un frente climático; y el por qué tal cosa podía haberse adelantado o retrocedido, o extinguirse dentro del radio de unos pocos kilómetros del último campamento, era también muy difícil de entender. No había habido una sola nube; lo único que ambos viajeros habían visto en el cielo, desde que los soles ya no se ponían, eran los globos.
Estos habían flotado en número creciente, a veces hacia la bahía, a veces adelantando a los viajeros hacia la cara fría. Las mareas, si los vientos eran realmente un fenómeno de las mareas, parecían favorecer el alejamiento de Argo.
Los globos parecían flotar cada día a menos altura. Unas cien horas antes, algunos sólo habían estado a pocas decenas de metros de altura; ahora, la mayoría rozaban prácticamente el suelo escarchado. Faivonen pensó que podría atrapar a una de tales cosas por sus raíces rastreras, tentáculos o lo que fuesen. Luego, se le ocurrió que también podía suceder a la inversa. Sin embargo, como de costumbre, se negó a inquietarse.
Sugiero, Beedee interrumpió sus pensamientos, que examinemos algunas grietas o chimeneas del acantilado. De esta manera, quizás consigamos más pruebas respecto a la naturaleza de esta extraña depresión calurosa.
De acuerdo, accedió el hombre. Mientras yo subo, tú podrías escrutar todo el valle en busca de vida animal. Estamos faltos de carne, y no puedo vivir indefinidamente sólo de «queso». Es posible que esta helada haya alejado a los animales, o los haya impulsado a hibernarse o algo por el estilo.
Buena idea — concedió el diamante. Sería una lástima regresar, ahora que los datos empiezan a fluir con mas abundancia. Puedo predecir que, en los próximos diez kilómetros, este valle duplicará al menos su anchura.
Puedo continuar sin comida si tienes razón, pero antes hay que explorar la chimenea.
La chimenea en cuestión era una hendidura clásica, que desde un metro se ensanchaba hasta dos en la pared del acantilado. Parecía empezar en el punto donde la roca se elevaba en vertical; probablemente continuaba también hacia abajo, pero esta parte quedaba oculta por los cascotes que formaban la base redondeada de la pared. Era necesario trepar más de cien metros para estudiar lo que deseaban.
La subida costó unos cuantos minutos. Las numerosas rocas salientes que servían de peldaños estaban desgastadas, seguramente por el polvo o la arena acarreada por el viento, pero se hallaban encajadas con tanta firmeza que no ofrecían peligro alguno.
Crujiendo los cristales de escarcha bajo sus pies, Faivonen emprendió la ascensión en zigzag sobre la roca desnuda. Desde aquel sitio logró seguir por un repecho de arenisca erosionada, que se dirigía directamente a la chimenea.
El examen fue breve; la grieta estaba casi sólidamente rellena por la escarcha.
No hay enfriamiento de radiación — afirmó Faivonen categóricamente.
De acuerdo asintió Beedee.
Ya sabes qué lo hizo — era una declaración, no una pregunta. Creo que tengo una solución única para este aspecto del problema.
Y yo debería ser capaz de encontrar la misma. Sí. Posees ya todos los datos.
Faivonen meditó profundamente mientras descendía al valle, pero no halló ninguna solución, ni única ni siquiera válida. Finalmente, le obligó a olvidarse del problema el creciente apetito que tenía.
¿Viste algunos animales mientras estábamos allí arriba? — le preguntó al diamante.
Ninguno, nada que se moviera por el valle. No lo mencioné porque dijiste que avanzarías al menos otros diez kilómetros por el valle.
Gracias. ¿Cuáles crees que son las probabilidades de hallar animales en esta zona helada?
No poseo información para formular un cálculo aproximado.
¿Podrían sobrevivir esos animales en las condiciones que tú juzgas fueron la causa de la helada?
No, al menos por medio de ninguna maquinaria fisiológica entre las encontradas.
Técnicas como la hibernación entrañarían factores bioquímicos poco claros para un examen algo burdo, claro.
¿Sobreviviría yo en esas condiciones?
— No.
— Pero podrías advertirme a tiempo para huir de ellas.
— Creo que sí. Claro que hay variantes…
— Ya sé que hay variantes, maldito seas. ¿Quieres meterme en donde tenga que atrapar dos docenas de globos para que me ayuden a escapar?
— Dos docenas no bastarían, y tal vez tuvieses dificultades para conseguir su colaboración…
— Basta. Sabes de sobra cuándo soy un imaginativo.
— Nunca estoy seguro de ello. Era mucho más fácil juzgar a tu esposa…
— Calla.
Faivonen anduvo en silencio dos o tres kilómetros. Al cabo de cinco minutos, comprendió que Beedee había realizado un trabajo competente al cambiar de tema, y que él todavía ignoraba qué riesgos corría, pero no veía la necesidad de insistir sobre aquel asunto, y estaba seguro de que el diamante no querría correr ningún peligro con su transporte. Poco a poco se sosegó, hasta el punto de prestar atención a su misión.
La escarcha se fundía por el lado más próximo del valle, bajo el brillo fulgurante de los soles gemelos, un resplandor reducido por el hecho de que uno de ellos eclipsaba al otro. Argo, el verdadero manantial calorífero de su satélite, estaba demasiado bajo para ayudar en algo, aunque un ligero recodo del valle no hubiese bloqueado su radiación del suelo del valle, a varias decenas de kilómetros de distancia.
Cuando finalmente volvió a hablar con Beedee, no fue respecto a los riesgos personales.
¿Cuánta información útil crees que podemos conseguir recorriendo cien kilómetros más? Suponiendo que esto sea posible, claro — preguntó Faivonen —. Ya tenemos una idea acertada de la geología local sin necesidad de excavar, y aún mejor respecto a la ecología y la biología. Naturalmente, cualquier información adicional siempre servirá, en esto estoy de acuerdo contigo, aún cuando no te haya atosigado para obtener más detalles precisos. Pero dime, por favor, ¿no hemos llegado ya al punto en que es necesario regresar y comunicar todo lo que hemos averiguado?
En estos aspectos, tal vez sí, fue la respuesta —. Mas la meteorología sigue inquietándome. Tenemos que aprender más cosas referentes a las mareas atmosféricas, que creo controlan todo lo que sucede en este valle. Si puedo examinarlas en detalle, opino que podemos saber mucho más respecto a la fisiografía del lado frío de Medea, mucho más de lo que podría aprenderse en muchos centenares de días terrestres en Medea, trazando su mapa… si lográsemos llegar allí. Considero vital que continuemos avanzando por algún sitio.
— Sin pensar en los riesgos.
— No, claro. Yo haré lo que pueda para mantenerte informado sobre todo lo que pueda devolvernos sanos y salvos a la colonia, aunque, igual que tú, comprendo que una exploración entraña riesgos. Al fin y al cabo, sí bien estaba seguro de que buscarías a tu esposa y, precisamente por esto, me encontrarías, no estoy tan seguro de que alguien te buscase en esta parte del satélite.