– ¿Qué usas tú?
– Nada -dijo Noola.
– ¿Nunca?
– Nunca.
Ethel se daba cuenta de lo duro que le resultaba a Noola pronunciar esas dos palabras, de modo que no la presionó. Pero Noola añadió por su cuenta:
– Después de un hijo, un chico, gracias a Dios, me sequé. Costa quería más, estaba siempre empujando y empujando. Pero eso fue todo lo que Dios quiso darme.
– Pero tú eres feliz -le dijo Ethel -. Teddy es un muchacho muy bueno.
Habían llegado a otro semáforo en rojo.
– Soy lo suficiente feliz -respondió Noola-. ¿Por qué debería ser más feliz? ¿Es que una mujer es feliz realmente alguna vez? Tengo a Costa. El es la historia de mi vida.
Ethel la abrazó antes de que la luz cambiara.
Un mediodía, cuando el calor apretaba más, Ethel vio a dos hombres caminando a la ventura por la playa de Mangrove Still, lanzando piedras planas sobre la superficie del agua grisácea. Ethel conocía los uniformes. Patrulla de costa.
Estaba tendida sobre el vientre y se había quitado la parte superior del biquini. Deliberadamente no se lo puso, colocando el libro un poco alto para que cubriera parte de su rostro, y fingiendo estar dormida. La pareja pasó a unos seis metros, y tratándose de jóvenes bien educados, no miraron a la mujer joven desnuda del pecho. Sin embargo, a una distancia decente, se sentaron y fingieron estar matando el tiempo. Ethel podía sentir su atención, aunque lujuriosa, no oficial. Después de estar veinte minutos fingiendo que no la observaban, se sacudieron la arena de sus chaquetas, se ajustaron las bandas que llevaban en las mangas para que las iniciales «SP» fuesen visibles, y se alejaron.
Deteniéndose en la primera cabina telefónica que pudo encontrar, Ethel llamó a «Las 3 Bes».
– Sí -dijo Costa-, dos chicos de la Marina, han venido, me han preguntado. Chicos finos, seguro. Les digo que estás fuera de la ciudad. ¿Dónde?, me preguntan. Tucson, Arizona, prueben allí, les digo. Quizás ella haya ido a ver a su familia.
Decían tener información cierta, le dijo Costa, de que ella vivía con su familia política. ¿Podían dejarse caer esa noche en su casa? No es que dudaran de su palabra, pero debían informar que habían estado allí. «¿Por qué no? -preguntó Costa-. Les daré café. ¡Noola! ¡Prepara café! Miren, señores, ¡conchas bonitas!»
Además de las conchas ellos compraron dos esponjas.
– Creo que ha llegado el momento -dijo Ethel-. Dile a Noola que si mira al fondo de mi armario encontrará mi maleta preparada para marchar. Dejaré el auto en el garaje de Koundoros. A lo mejor tú puedes avisar a Aleko para que me recoja allí y me lleve al aeropuerto de Tampa.
Ethel aborrecía tener que marchar. Por una serie de accidentes había encontrado la vida que creía perfecta; le molestaba aquella intrusión sin sentido de autoridad uniformada.
Cuando llegó Aleko en su «Chevy», Ethel sentía una rabia sorda.
Costa estaba en el asiento posterior. La ayudó a entrar.
– Agáchate, agáchate -le dijo, dramatizando el asunto.
Ethel hizo lo que se le ordenaba, pero de muy mala gana.
– ¿Qué te pasa, no te encuentras bien hoy? -le preguntó él. Ella no respondió.
Poco después, cuando ella seguía sin dar respuesta a sus intentos de conversación, Costa soltó una exclamación de:
– ¿Qué demonios te pasa hoy?
Cuando llegaron al cruce, todos se sentían más cómodos y Ethel respondió a las preguntas de Costa con una historia.
– Cuando yo tenía diez años, mi clase de la escuela fue enviada de vacaciones a una granja del Este. Nuestros maestros y nuestros padres pensaron que, por ser nosotros chicos del desierto, debíamos aprender sobre los árboles allí en donde crecen verdes. Aproximadamente a un kilómetro de donde nosotros estábamos, arriba en la colina, vivían un granjero y su familia. Cultivaban uvas Concord y manzanas Mclntosh y cerezas negras y los melocotones más deliciosos de carne dorada. Tenían también toda clase de animales, gallos feroces y lindas gallinitas blancas Leghorn, corderitos y un macho cabrío de muy mal genio, caballos de faena y de monta, cabras y un rebaño de vacas lecheras. Un día, toda la familia -el hombre era húngaro, polaco o algo parecido y tenía nueve hijos y cinco nietos-, todos ellos bajaron de la colina en procesión, trayendo una vaca. Sobre la cabeza del animal habían apilado flores y alrededor de su pescuezo ataron cintas en las que colgaron pequeños cascabeles. Bajaron lentamente pasando por nuestro lado, y era un auténtico espectáculo, aunque nosotros, demasiado pequeños, sólo teníamos una vaga idea de lo que se trataba. Todos reían, jugando con la vaca, bromeando entre ellos, los chicos haciendo guasa y las chicas ruborizándose pero ¡todos tan felices! Excepto la novia. Aquella vaca avanzaba por su camino, cumplidora de su deber, su barriga y tetas balanceándose de un lado a otro. No tenía otro remedio sino ir adonde ellos la llevaban. Bueno, ¿qué es lo que me preguntabas, papá?
– Eh, tú, Levendis -dijo Costa-. ¿Qué es lo que tú has oído desde ahí?
– No he oído nada. ¿De qué está hablando ella, de una vaca? ¿Y a quién le interesan las vacas?
– Ahora voy a contarte de otro animal que yo conozco -dijo Ethel-. Mi padre tiene una yegua. Se llama María pero la llaman The Bitch porque es muy difícil de manejar. No permite que nadie la monte, excepto mi padre. Pero observé que, aunque todos la llamaban The Bitch, la trataban con respeto. Tienen la mayor consideración con esa yegua y vigilan su dentadura y sus pequeñas pezuñas afiladas. Le dan el mejor establo de la cuadra y una silla de montar que lleva su nombre. No la entregarán a cualquier garañón viejo, no señor. Únicamente al mejor semental del Oeste. Ella debe saber eso; se le nota el orgullo en el porte. En sus ojos hay algo que otros caballos no tienen. Pues bien, todos me decían: no subas a esa yegua, mantente apartada de ella. Pero, ya me conoces: tenía que montar esa yegua para escupirles a la cara. Y tal como ellos me decían, la yegua me tiró. Pero le hablé entonces, y le ofrecí respeto y no un escarmiento, y le dije: «¡Tú eres mi hermana, Bitchl» Y la monté de nuevo y dimos un paseo formidable y yo supe que nadie, nunca, había atado un cencerro de latón alrededor del pescuezo de esa yegua y que nadie lo haría jamás. Así que, dime, qué preferirías ser, ¿la vaca o The Bitch'?
Costa bostezó.
– ¿Te aburro, papá? -preguntó Ethel.
– Algunas veces sí. Si los paramythia fuesen hechos auténticos, sería sencillo arreglar la vida.
– ¿Qué es lo que has dicho… para qué?
– Cuentos de hadas. Fábulas de Esopo. Nada. Tú no eres una vaca ni tampoco un caballo. Hay las leyes de la Naturaleza que forman parte de Dios y a Ella maldito si le importa si a ti te gustan o no. No te pide tu opinión. No espera que le des el visto bueno. Has de aceptarla como viene. Esa es tu situación.
Costa la acompañó hasta el avión.
14
Esperando en el aeropuerto a que aterrizara el avión de Ethel, Teddy pasó la mano por debajo del asiento del auto y encontró el pañuelo de papel que había visto tirar a Dolores. Un pliegue estaba manchado con lápiz de labios.
Miró el reloj eléctrico en el panel de controles que tenía un cuarto de hora adelantado para no llegar nunca tarde, y conectó el motor para poner en marcha el aire acondicionado. Teddy sudaba cuando se sentía culpable.
Ethel, compuesta y tranquila, lo besó alegremente y entró en el auto sin la ayuda de él. Se sentó en medio del asiento frontal, pero no se acercó en ningún momento. Camino de casa, dio un informe rutinario sobre la salud y disposición de sus padres y del estado del tiempo en Florida. Caluroso. Ethel no se mostraba hostil. Sólo reservada.