– Me gustaba, sí. Y también los otros. – Ethel bebió, cerró los ojos y bebió otra vez.
Ed Laffey rió nerviosamente.
– ¿Qué otros?
Ethel no respondió.
– ¿Adonde irás ahora? A Florida, naturalmente.
– No, no creo que lo haga, por lo menos durante algún tiempo. Allí tengo una deuda que he de pagar, pero… No iré durante algún tiempo.
– Hablé con Teddy. Me llamó por teléfono y quería saber dónde estabas. Dijo que si aparecías lo llamara inmediatamente. ¿Quieres que lo llame?
– No.
Una semana más tarde, Ethel pudo convencerse de que no estaba embarazada.
Cuando visitó al ginecólogo, éste le dijo que algunas veces se tardaba algunos meses en escapar del poder de la pildora.
– Sigue intentándolo -le dijo a Ethel.
Pocos días después, Ethel se despedía de su padre y de Margaret en el avión que se iba a San Francisco y al Japón. Se despidió de su padre con un beso, y se mostró igualmente afectuosa con Margaret.
Ed se había convertido en un extraño a quien ella deseaba buena suerte.
Al día siguiente llamó a Martha por teléfono, concertaron una entrevista, llamó a un abogado por teléfono, concertaron una entrevista, fue al centro de la ciudad, y se entrevistó con ambos. Los dos ocultaron su sorpresa o su extrañeza, si es que la sintieron.
Ethel disponía de una semana para esperar sus días fértiles. Día tras día, estuvo viendo la disposición final del lugar de su infancia, se aseguró de que todo quedaba en perfecto orden, tal como Emma hubiera deseado, limpio y dispuesto para el Saguaro Garden Club.
A última hora de una tarde se presentó en la cabaña de Ernie, como solía hacer antiguamente, sin ser invitada ni esperada.
Encontró a Ernie terriblemente cambiado, con muestras de ansiedad e irritación en su rostro. ¿Y por qué? Quería a otra persona más de lo que ella le correspondía. Ernie continuó hablando y hablando, contando a Ethel sobre esa persona. Lo sinvergonzona que era, su promiscuidad, cómo podía adivinar él en dónde había estado o adonde tenía intención de ir, lo que estaba tramando hacer y con quién.
Esa muchacha estaba tratando a Ernie del mismo modo que él había tratado a todas las demás.
Al día siguiente -habían transcurrido dos semanas desde su llamada- Ethel decidió escribir a Teddy.
– Mi padre me dijo que habías llamado -escribió Ethel-. Si alguien quiere saber cuándo regresaré, diles que no lo sabes. Porque yo no lo sé. O di que de nuevo estoy haciendo uno de mis actos de desaparición. ¿De acuerdo? Regresaré cuando esté lista. Creo que es importante para uno hacer un autoexamen de vez en cuando, decidir lo que se desea ser, y no lo que se es, cómo se desea vivir, y no cómo se ha vivido, lo que se quiere para uno, y no lo que la gente desea para uno. En otras palabras, volver a tener interés en sí mismo.
– Creo que esto es lo que yo estoy haciendo.
Firmó con su nombre sin despedirse amorosamente.
Escribió una posdata.
Sugiero que tú hagas lo mismo. No soy la chica adecuada para ti. Quizá lo sea alguien como Dolores, a lo mejor tú tenías razón cuando se lo dijiste. Seguramente en donde estás encontrarás a alguien que se sentiría orgullosa de ser la esposa de un oficial y de pasar su vida cuidándolo.
Y otra.
Dile a Costa que lo recuerdo respetuosamente todos los días.
Despersonalizó a Ernie, e hizo el amor con él, fría y mecánicamente. Montó encima de él, lo introdujo en su cuerpo, y después, con el ritmo lento y regular de un pozo de petróleo, lo bombeó hasta dejarlo seco; esperó a que se cargara de nuevo y volvió a bombearlo hasta secarlo otra vez.
Cuando Ernie intentó invertir sus posiciones, Ethel no se lo permitió, separando las rodillas de tal modo que él no pudo darle la vuelta. Cuando Ernie se quejó de esto, ella le dijo que se callara y la jodierá.
Como Cambere y Arturo Uslar, Ernie estaría contento cuando ella se marchase.
Una mañana, mientras estaban en la cama, se presentó la amiguita de Ernie.
Ethel se quedó asombrada. La chica debía de tener diecisiete años, pero su aspecto era de trece, candido.
– ¿Quieres que me vaya yo o que se vaya ella? -preguntó.
– Mujerzuela -le dijo Ernie-. ¿Dónde has estado? -Parecía algo asustado.
– No es asunto tuyo.
Ernie saltó de la cama, y totalmente desnudo, la persiguió.
Ethel utilizó la puerta trasera para escapar. Lo último que vio fue la cara de Ernie, que sangraba a consecuencia de profundos arañazos.
A la mañana siguiente se dirigió al Banco en su «Mercedes» blanco, sacó todo su dinero, lo metió en su bolso, y llevó entonces el auto al representante de la «Mercedes» y le pidio que lo vendiera en nombre de ella.
Eso fue el final.
¡Adiós, Tucson! El avión ensanchó su vuelo en un cielo monótonamente azul, dejando atrás un enorme desmenuzamiento de roca rojiza y pardusca. Descendió cruzando las nubes compactas y blandas y aterrizó en medio de una intensa lluvia. Tampa.
Ethel estuvo pensando cómo saludaría a Teddy. Teddy formaba parte del proceso «podría ser cualquiera»; y si fuese posible, ella prefería que fuese con Teddy. No sabía si él querría ir ahora a la cama con ella, pero sospechaba que sí lo haría, y ella también, sin sentir ninguna culpa.
Su pequeño alojamiento en Bradenton le pareció agradable. No había nadie.
Cuando llegó a la dársena, la lluvia ya había cesado, pero por encima del agua se agitaba la neblina y de los aleros de la oficina caían gotas gruesas.
Al acercarse, Petros abrió la puerta de la oficina y sacó la cabeza. Estaba mirando un grupo de chicas adolescentes que corrían por uno de los embarcaderos, largos y estrechos. Tenían empapados sus vestidos. Habían estado corriendo bajo la lluvia.
– ¿Has notado alguna vez -preguntó Petros a Ethel- que las chicas corren más bajo la lluvia que los muchachos? -Le hablaba como si ella no hubiese estado ausente.
– Nunca he notado eso -respondió Ethel.
Petros la miró entonces.
– Estás más delgada -dijo-. ¿Cómo es eso?
– Desgaste -respondió Ethel.
– ¿Qué demonios es eso, una enfermedad? Vamos, entra.
Ethel vacilaba en el umbral de la puerta.
– Veo que has cogido otra secretaria.
– Has estado fuera tres meses. La despediré.
– Oh, no, no hagas eso.
– Ocúpate de tus asuntos. Yo me ocupo de los míos.
Había abierto una ventana en la pared detrás de su escritorio. Ahora, dando la vuelta a su sillón podía contemplar todo el panorama. Había mejorado desde que Ethel estaba fuera.
– ¿No lo has visto todavía?
– ¿A quién?
– Al jefazo. -Señaló.
Allí estaba Costa caminando por un muelle, tan fanfarrón como debió de ser en sus tiempos de buceador número uno de la comunidad griega. Ethel lo podía oír rugiendo instrucciones a un pequeño bote que estaba entrando con su auxiliar. Cuando el propietario lo hubo atado, Costa desató el nudo y lo rehízo correctamente, mientras daba instrucciones al principiante.
– Esto primero, caballero, por favor, entonces así, es fácil, de acuerdo, ¿se acordará?
– El Banco se quedó con «Las 3 Bes» -dijo Petros.
– ¿Se lo han quitado?
– Lamentándolo mucho, dicen ellos. En el consejo hay algunos griegos también. Costa pidió dinero prestado para algo, dando garantía al Banco con el almacén. Ahora no puede pagar el dinero. Así que le han cerrado. La tienda ha quedado ahí, con las puertas cerradas. ¡América, América!
– ¿Qué es eso que lleva en la cabeza?
– Le he comprado una gorra de capitán. Es mi nuevo jefe de muelle. Ese viejo trabaja como una muía. Es un tipo duro, te lo aseguro.
Costa la había visto. Le hizo una especie de saludo balcánico, llevando la parte plana de su mano a su gorra de capitán, y lanzando después la mano al aire. Echó a correr después hacia ella.