– Tu silencio lo arregló todo -acaba diciendo él.
Ella no responde. Recuerda. Ve el sobre en sus manos; nítido, todavía joven, todavía sin arrugas. Y lo ve después convertido en pedacitos; el papel azul del forro aprisionando unas frases no leídas, vírgenes de curiosidad, completamente destrozadas.
Germán se lleva la mano a las gafas: las encaja, mira al suelo y dice la única frase que se le ocurre:
– Ahora lo comprendo: había otro hombre.
Marina no se defiende. Lo deja en la duda. Sabe que la acusación que Germán acaba de hacerle no es sincera. Tal vez entraña venganza. Probablemente, una forma de vindicar su vanidad maltrecha. Pero el silencio de Marina convierte la duda en certeza.
– Más de una vez pensé que había otro hombre. Pero no estaba seguro.
Marina continúa impasible. Dice con aire cansado:
– Piensa lo que se te antoje. Te doy permiso.
Se levanta él del asiento. Y ella se dice: «Ahora buscará un pretexto para marcharse.» Pero Germán sólo se acerca al ventanal a contemplar la calle.
– De todos modos, no deja de resultar sorprendente. Una reacción poco femenina. Por mucho que me despreciaras, existía la curiosidad. ¿O es que ni siquiera sentías curiosidad?
Marina contempla el cuerpo de Germán, alto, sólido, todavía lleno de vitalidad, todavía ágil y joven.
– No era necesario leer la carta para saber lo que me habías escrito.
– Tienes razón -admite él-. No merecía la pena.
– Seguramente me hacías reproches… Seguramente me echabas en cara todo lo que no había cumplido. ¿Me equivoco?
Y la espalda de Germán piensa, medita bien lo que va a contestar. Dice luego:
– Ya no lo recuerdo. ¡Hace tanto tiempo que la escribí! -Y se vuelve hacia ella; el rostro inundado de una sonrisa franca; los resquemores triturados. Dice guaseando-: La verdad es que las cartas que no merecen ser leídas, tampoco merecen ser recordadas.
Ahora es Marina la que se siente herida. Tal vez esperara que el resentimiento de Germán continuase. Acaso no le perdona que él la haya perdonado tan pronto.
– Sin embargo, había «un motivo». No me preguntes cuál es.
Pero Germán no quiere averiguar el motivo. Lo rechaza despectivamente como se rechazan las improvisaciones poco convincentes. Alza ¡a mano tranquilamente y detiene el motivo antes de que ella lo exponga:
– No es preciso que te justifiques. Siempre hay un motivo para todo. En fin de cuentas, ¿qué importa? Si he de serte franco, las cosas que sucedieron en aquella época dislocada han pasado a mejor vida. Apenas las recuerdo. Si tú no llegas a decirme que habías recibido mi carta, hubiera acabado creyendo que yo jamás la había escrito.
Su respuesta tiene la eficacia de un impacto. Va directo a la fibra más sensible de Marina, pero no se inmuta. Lo recibe sonriente. Sabe que todo depende de su sonrisa: «Nixon también sonríe -piensa-; aunque los rusos lo odien y no le perdonen lo de China, no dejará de sonreír.» Y lucha por conservarla. Pase lo que pase, Germán no debe descubrir el enorme cansancio que la está invadiendo. Es un cansancio duro, muy parecido al de la mujer que sostenía al niño en el aeropuerto. Sólo que aquella mujer no lo disimulaba. Era demasiado joven para dominarlo. En eso Marina le lleva ventaja. Marina sabe disimular. Tiene edad suficiente para ello.
– ¿Sabes? Al principio tu silencio me volvía loco. Hubiera dado cualquier cosa por averiguar lo que estaba sucediendo. No entendía tu actitud. Era disparatada… Hasta que un día comprendí que debía emanciparme, que tu recuerdo debía ser barrido del modo que fuera… Lo conseguí en cuanto conocí a Vilana.
Y sus frases caen sobre Marina como una lluvia de piedras. Una lluvia compacta, dura y morosa. Pero Marina continúa sonriendo. Cada vez está más convencida de que por nada del mundo debe alterar su sonrisa.
– Afortunadamente existía Vilana -sigue diciendo él-. Ella, ya te lo he dicho antes, no se parecía a ti. Ella no estaba dispuesta a convertir mi sueño en una pesadilla.
– Sin embargo -se atreve a murmurar Marina--, tú calificaste lo nuestro de un bello sueño…
– Lo fue durante diez años. Un plazo largo, pero estúpido. ¿No lo crees así?
Marina inclina la cabeza: es un ademán vago que puede interpretarse de mil maneras.
– Realmente era estúpido -añade Germán-. ¿Te acuerdas de nuestras entrevistas? Furtivas, ocasionales, ridículamente infantiles. Yo te decía: «Cuando te miro, tengo la impre-sión de ser alguien.» Casi lograbas aplacar la vergüenza que sentía por ser el marido de Bruna… Te consideraba incapaz de traicionar, incapaz de defraudarme… Por eso te respetaba, Marina, por eso mantuve tu recuerdo entre algodones.
– Y ahora, claro está, sientes haberte equivocado.
– No lo sé. Me molesta haber perdido tanto tiempo. Pude conocer a Vilana antes del desengaño. Hubiera sido más práctico.
– La experiencia nunca sobra.
– Pero desgasta. No voy a negarte que llegué a Vilana muy desgastado, terriblemente agotado. Me sentía traicionado y no sabía exactamente por qué. Eso era tal vez lo peor: desconocer la causa. Verlo todo confuso. Mira -dice señalando la calle-, me sentía igual que uno de esos infelices que transitan desorientados entre la niebla.
– Afortunadamente todo pasó. No hay razón para andar hurgando cadáveres.
– Sí -dice él-, hay una razón. Saber. Saber de una vez qué clase de masoquismo era aquel asunto nuestro. Durante mucho tiempo creí que aquello era amor. ¿Podrías tú decirme lo que era?
– ¿Cómo puedo saberlo? También yo he olvidado. Cuando se llega a cierta edad es muy difícil analizar los sentimientos de la juventud.
– No era amor -insiste él-. Había demasiada dosis de orgullo en todo aquello para serlo. Era una satisfacción personal. Resultaba muy halagüeño haber vencido las circuns-tancias del modo que las habíamos vencido tú y yo. Era bonito poder decirnos a nosotros mismos: «Continuamos firmes a pesar de todo…» -deja escapar una carcajada breve, pero aguda-. Total, ¿para qué? Para que otro hombre, menos soñador y más práctico, se aprovechara de mi altruismo y recogiera lo que yo había salvaguardado con tanto cuidado… No deja de tener su miga.
Marina tampoco se defiende esta vez. Mira la alfombra ya rozada, demasiado vieja, demasiado usada. Es lo mismo que si contemplara su propia vejez en el suelo.
– Hay algo que nunca te he dicho -prosigue Germán-. Varias veces estuve a pique de contarte la verdad, abrirte los ojos y darte a entender que, en el fondo, tú y yo no éramos más que un par de marionetas en manos de Rogelio y de Bruna. Eso es lo que, en definitiva, éramos nosotros, Marina: un simple producto, una consecuencia premeditada, un resultado. Pero tuve miedo.
– ¿De qué?
– De convertirte en una mujer despechada. Yo no te quería despechada. Por eso opté por callar y dejarte en la ignorancia de lo que estaba ocurriendo. Tú confiabas en Rogelio: no desperdiciabas ocasión de ensalzarlo.
– Lo hacía para engañarme a mí misma. Necesitaba aquel engaño. Era demasiado triste darme cuenta de que al casarme con él, me había equivocado.
– Decías siempre: «Es un hombre frío, poco afectuoso, pero recto y consecuente, incapaz de mentir… Un hombre íntegro…»
– Eso creía -dice ella-. ¡Más de una vez debiste de burlarte de mí!
– No; al contrario: tu confianza en él me conmovía. Era admirable verte tan alejada de la realidad, tan aferrada a las virtudes de tu marido por simple apego a la lealtad.
– Me esforzaba en crear a un Rogelio a la medida de mis deseos. A veces incluso llegué a creer que existía. Por eso me encontraba siempre en inferioridad de condiciones… -respira hondo, dice luego-: De todos modos, te agradezco que no me quitaras la venda. Si hubiese averiguado la verdad, acaso las cosas hubieran tomado otro rumbo. El ser humano casi siempre actúa condicionado por los comportamientos ajenos. Poca gente tiene la persona-lidad suficiente para cumplir con el deber propio, prescindiendo de los demás.