Выбрать главу

– Admitirás que fui un primo. ¡Hubiera sido tan fácil convertirte en mi amante!

Marina deja de sonreír. La palabra la hiere. La ensucia. No se aviene con su ética, ni siquiera en los labios de Germán.

– Y después, ¿qué? Mi carga de remordimientos hubiera sido insostenible.

– Sin embargo, tus remordimientos se esfumaron en cuanto encontraste a otro hombre.

Marina se pone en pie. La acusación ha vencido su aguante. Todo en ella es pura indignación. Mira el reloj: desea vivamente que rompa a sonar. Pero el reloj, siempre inoportuno, permanece mudo.

– ¿Qué sabes tú? -dice muy bajito-. No tienes derecho…

Germán rectifica. Se acerca a ella y roza su codo.

– Tienes razón -dice compungido-. Perdóname, Marina. Siento haberte ofendido. Efectivamente; no tengo derecho.

Se acerca luego a la mesa del fondo y coge un vaso vacío. Lo levanta y pregunta:

– ¿Me invitas a un whisky?

7

En aquella época nadie tomaba whisky. Era difícil conseguir botellas sin falsificar. La mayoría de las reuniones se animaban con martinis: «Muy seco, Marina: dos gotas de vermut blanco y el resto ginebra con mucho hielo para no aguarlo.»

Y los días transcurrían deliciosamente frívolos, sujetos a los cánones sociales de los años cuarenta, estériles pero con apariencia importante: sujetos al recuerdo de una guerra dema-siado reciente, para que la paz fuese completa.

Todos querían ser «algo» en aquella paz, todos querían recuperar de algún modo las trascendencias perdidas. Todos procuraban sustituir con globos hinchados de aire lo que a-quella guerra les había hurtado.

Existía un afán grande en hundir al héroe y enaltecer al antihéroe. La gente estaba cansada de heroísmos. En el fondo era aquel empeño antiheróico lo que les permitía olvidar los tres años de horror, que, al fin, habían sido enterrados en la historia.

Había pasado un año y medio desde que Bruna y Germán recalaran en la costa y doce meses exactos desde que Marina, sentada en la butaca roja del salón, le oyera decir a Germán que, en adelante, no iba a poder prescindir de ella.

Todo, exteriormente, continuaba iguaclass="underline" los viajes de Rogelio, las llegadas a Barcelona de Bruna, los encuentros furtivos de Marina y Germán… Todo proseguía suavemente, como prosiguen las estaciones: sin diferencias notables.

No obstante, aquel invierno no fue «riguroso» como lo había sido el anterior. La nieve apuntó sólo en los Pirineos y el jardín carecía de estalactitas.

Tal vez por aquel motivo Germán y Marina ya no pasaran las veladas junto a la chi-menea encendida, como tenían por costumbre. El frío era menos intenso y la soledad de ambos menos frecuente.

Además de aquel cambio, había otros. Modificaciones apenas perceptibles que ad-quirieron relieve más tarde, mucho más tarde. Por ejemplo: la presencia de Tina.

Era imposible pasar un día sin escuchar su voz o tenerla delante. «¿Estorbo?» Irrumpía siempre con esa pregunta. Como si supiera que, efectivamente, estorbaba. Pero su ama-bilidad (ese tipo de amabilidad irresistible, propia de la gente que precisa hacerse perdonar algo) volvía aséptico cualquier malestar provocado por ella.

Luego, el creciente y progresivo mal humor de Rogelio.

Era un mal humor cada vez más acentuado, inexplicable e hiriente. Surgía por la menor causa, sin motivo definido.

Se hubiera dicho que lo provocaba lo más inesperado: una alabanza mal encajada, un reproche cariñoso, un movimiento inconsciente… Cualquier cosa podía irritarlo y convertirlo en un fiscal acusador.

Sobre todo cuando Tina estaba delante. Marina había pensado más de una vez: «Rogelio la odia.» Y le parecía que aquel odio era injusto. Al fin y al cabo, Tina era su mejor amiga.

– ¿Con agua?

– No, gracias; sin hielo y sin agua.

Marina tiende el vaso a Germán y vuelve a la chimenea. Una llama azul silba furtiva entre el grueso de humo que envuelve la leña. Coge las tenazas y mueve las brasas. La llama azul se esparce, amarillea y recobra su calidad de fuego normal.

De pronto Marina rompe a reír. La mano de Bruna vuelve a estar ahí, en ese fuego. Hasta hace muy poco, todavía la temía. Todavía cuando recordaba aquel episodio, sentía al-go de vergüenza. Pero ahora tiene la certeza de que también esa vergüenza va a desaparecer.

– ¿De qué te ríes?

– Me acuerdo de tantas cosas… -dice ella. Y continúa riendo con carcajadas sinceras y menudas.

La risa contagia a Germán. Probablemente el whisky comienza a surtir efecto.

– Apuesto a que te ríes de mí.

– No -rectifica ella todavía risueña-, me río de lo que pasó aquella noche, en casa de Teresa… Ya sabes a qué me refiero.

– Fue vergonzoso -dice él-. Muy propio de Bruna.

– Jamás he vivido una escena tan ridícula como aquélla.

– Lamentablemente ridícula -confirma él.

Marina recobra su seriedad. Frunce el entrecejo. Pregunta como si solamente pensara:

– ¿Sabes tú por qué lo hizo?

Habla cara al fuego, como si la mano quemada pudiera contestarle. Antes de que Germán responda, Marina prosigue:

– Durante mucho tiempo creí que lo había hecho para vindicar de algún modo tu incli-nación hacia mí… Y, hasta cierto punto, me parecía justo. Yo no sabía lo que estaba pasando.

Ni siquiera lo supo cuando Rogelio, en cierta ocasión, le había dicho: «Estoy hasta la coronilla de los histerismos de Bruna.»

Efectivamente: algo había cambiado en aquel año y medio de trato. Por eso Germán y Marina ya no se veían en lugares frecuentados por todo el mundo. Ambos sabían que Roge-lio intentaba distanciarse del matrimonio Alcántara. Ambos intuían que Bruna, paulatina-mente, se estaba convirtiendo en una rémora para sus encuentros.

Así había comenzado la etapa de sus entrevistas furtivas. Aquellas entrevistas que Germán calificaba de infantiles.

– Bruna estaba desquiciada -dice Germán-. Cuando Rogelio empezó a cansarse de e-lla, no pudo soportar que tú y yo continuáramos tratándonos.

– De cualquier forma -dice Marina-, resulta fascinante descubrir poco a poco lo que siempre nos pareció oscuro… ¿Cómo podía yo imaginar que lo que ocurrió aquella noche en casa de Teresa tuviera que ver con Rogelio?

Por la mañana Germán y Marina se habían visto en el rompeolas. Entonces el rompeolas era un lugar inhóspito. Nadie, salvo algún pescador recalcitrante, se atrevía a desafiar el frío del puerto. Luego habían ido al parque. Tampoco aquel lugar era excesivamente frecuentado. Después habían subido al Montjuic: desde allí miraron la ciudad, el futuro, el pasado… Entraron en el restaurante vacío. Marina decía: «Da pena verlo tan aletargado… Cuando llega el verano, Miramar se llena…»

Y pasaron la tarde como dos novios castos, solos junto a una mesa aislada: desbrozan-do, recordando, elaborando recuerdos para cuando él ya no estuviera allí, proyectando entrevistas nuevas, en otros lugares, en otras horas…

Y al regresar iban alegres: nada importaba que sobre los perfiles de los tejados se fuera volcando una luz triste. Ambos sabían que tras unas horas de separación, volverían a encontrarse en los salones de Teresa, a la vista de todos, como si fueran unos invitados cualesquiera, como si ninguno de los dos llevase grabadas en la mente las horas transcurridas a solas ante un mar encabritado, unos árboles secos y un restaurante vacío.

– Al principio, cuando recordaba la escena de aquella noche pensaba: «Nunca podré superarla…» Después empecé a acostumbrarme. También un giboso se acostumbra a su giba.

Se acerca a la mesa y escancia whisky en otro vaso. Sorbe un trago y continúa: