– Me dijiste que había reaccionado como un caballero.
– Te mentí -dice Marina-. La reacción de Rogelio fue lastimosa.
– ¿Por qué lo ocultaste? ¿Qué razón había para engañarme?
Marina esboza un mohín casi desdeñoso. Piensa, no sin malestar, que tal vez aquella ocultación fue ya, entonces, una especie de autodefensa, un modo de descartar posibilidades remotas, que de vez en cuando asomaban en el subconsciente y que nunca llegaban a defi-nirse, tal vez porque le hubieran dolido demasiado.
– Me dije que los detalles carecían de importancia, que lo mejor era «ir al grano». La reacción de Rogelio me dio mucho que pensar. Por primera vez comprendí la sordidez de aquella situación nuestra: no bastaba actuar limpiamente; era evidente que también la apariencia debía ser limpia.
– ¿Te habló de mí?
– No -responde Marina-, me atacó por otro flanco.
Marina vuelve a escanciar whisky en su vaso, luego lo mira: le divierte observar el olea-je en miniatura que provoca la oscilación de su mano.
– Aquella noche, después de lo ocurrido con Bruna, Tina me acompañó a casa. Por el camino no desperdiciaba ocasión de rebajar a tu mujer y ensalzar mi entereza.
Marina se lleva el vaso a los labios. Traga sin sed, como si cumpliera un rito.
– Todo se le iba en repetir que Bruna era una indeseable, una histérica y una borracha… Ya no se acordaba de que si Bruna me había pegado, había sido por defenderla a ella.
El oleaje del vaso aumenta y Marina lo sostiene con las dos manos.
– Ahora comprendo que aquella forma de hablar era una especie de ensayo, una preparación de lo que vino después. Tina necesitaba «descartarse» del asunto: convertir el episodio en algo exclusivamente mío.
Así, con el vaso sostenido por las dos manos, vuelve a beber.
– Rogelio todavía no se había acostado -dice luego-. Pero yo estaba tan nerviosa que ni siquiera le pregunté la causa. Después recordé que si no había ido a casa de Teresa era porque deseaba dormir. Pero tampoco aquella anomalía llegó á chocarme. Ya té he dicho antes que en aquella época yo estaba ciega, completamente ciega.
Germán recoge esa ceguera en silencio. No comenta. Sin darse cuenta adopta la actitud de otros tiempos, como si Marina no lo supiera ya todo.
– Al vernos juntas, Rogelio pareció extrañarse. Pero cuando yo quise explicarle la causa, Tina me tomó la delantera. Empezó a hablar, como tenía por costumbre; sentenciando, plan-teándolo todo subjetivamente, juzgando de antemano y haciendo hincapié en lo que Rogelio debía asimilar.
– ¿Qué dijo?
– Recuerdo con precisión algunas frases: «Bruna y Marina andaban a la greña cuando yo entré en el cuarto…» «Teresa me había advertido: "Se están tirando los trastos a la cabeza; por favor, Tina, ve a poner orden…".»
– ¿Por qué no rectificaste?
– En aquellos momentos yo confiaba en Tina. Pensaba: «Se está equivocando, pero no se da cuenta…» Era difícil rectificar. Además jamás hubiera creído que obraba de mala fe.
– ¿Y Rogelio? ¿Qué hacía Rogelio?
– Por primera vez en su vida parecía escucharla atentamente.
– ¿Y tú no comprendiste?
– Imposible. Tina era una hermana para mí. Pensaba: «Verdaderamente Rogelio tiene razón cuando afirma que Tina no despunta por inteligente…» Pero nada más. No estaba capacitada para descubrir su táctica. Resulta difícil averiguar la verdadera naturaleza de nuestro mal cuando todo se alía para ocultarlo. Casi estoy por decir que lo que yo suponía «falta de inteligencia», llegaba a conmoverme, como si sus errores, lejos de perjudicarme, la perjudicaran a ella.
Marina adopta un aire despreocupado: lo hace para defenderse del recuerdo de Tina. Ahora ya no es la mano de Bruna lo que la turba. Es la elocuencia de Tina, hablando como un papagayo, atolondradamente comunicativa, desviando la realidad hacia un Rogelio atento, un Rogelio desconocido.
– Es ridículo decirlo, pero casi me halagaba que Rogelio pendiera de su palabra. ¡Había yo luchado mucho para que Tina y él congeniaran! Me tranquilizaba pensando: «Cuando se vaya, pondré las cosas en su punto.» Rogelio no era tonto. Rogelio sabría comprender que el relato de Tina era pura fantasía, pura entelequia.
La mano que sostiene su vaso vuelve a temblar y Marina finge moverlo para que Germán no adivine ese temblor.
– Pero no dio lugar. Fue imposible. Tina lo había convencido plenamente.
– ¿Y tú no sospechaste?
– Durante la explicación de Tina, tuve presentimientos oscuros que acaso duraban una fracción de segundo… Fueron centelleos vagos, escurridizos, que no conseguía asir… Venían a ráfagas breves: El retraso de Tina… El pretexto del cansancio de Rogelio… La acusación de Bruna, el insulto brutal que le había dedicado a Tina… Todo estaba a punto de unificarse, pero en seguida se distendía… No llegué a relacionar conceptos.
Se detiene, sujeta de nuevo el vaso con las dos manos y prosigue:
– Lo grave fue cuando, al referirse al insulto de Bruna, Tina dio a entender claramente que iba dirigido a mí.
Deja el vaso en la mesa, coge un cigarrillo y lo enciende. Y, al instante se arrepiente de haberlo encendido, porque el temblor de la mano resulta más difícil de velar con un pitillo entre los dedos.
– Es indudable -prosigue Marina- que las bajezas del ser humano tienen a veces la facultad de ampliar el cerco de las posibilidades. Aquella noche Tina ensanchó el suyo hasta el tope. No se trata ya de ser inteligente o no serlo. Se trata de algo ajeno a la inteligencia, al-go que a veces los tontos poseen en grado elevado…
Y ríe otra vez, encogiendo los hombros en cada espasmo.
– Ahora que ya lo sé todo, me parece imposible que incluso aquel supuesto error de Ti-na me dejara en la oquedad más absoluta. Llena de perplejidad, volví a pensar: «Tina es re-matadamente tonta.» No me cabía en la cabeza que en ella pudiera existir algo más que tontería…
Fuma nerviosa, la mano cada vez más agitada.
– Hubo un momento en que sin duda estuve a punto de comprenderlo «todo» de golpe; fue cuando Rogelio empezó a tararear. Rogelio sólo tarareaba cuando pretendía disimular algo… Y nunca se arrancaba con una melodía concreta. Eran tarareos difusos, popurríes, me-lodías inventadas. Pero mi perplejidad no me dejaba adentrarme en la sospecha. Así que no llegué a enterarme de la verdad hasta que Rogelio hubo muerto.
Germán no replica. Tampoco rebate.
– Tina se quedó en casa hasta las tres de la madrugada. Recuerdo muy bien la hora porque Rogelio insistió: «A estas horas una mujer no puede andar sola por la calle…» y, naturalmente, se ofreció a acompañarla.
Sonríe. Quiere mostrarse a sí misma que puede hablar de todo aquello sin dolor.
– No voy a negarte que cuando la vi marchar sentí un gran alivio. Me dije: «Es una buena amiga, pero hoy no ha sabido estar a la altura de las circunstancias…» Todo antes que claudicar ante los hechos establecidos. Cuando se es joven, existe una gran tendencia a juzgar las cosas de un modo general y escueto. La juventud es rotunda, poco dúcticlass="underline" existen los tontos y los listos, los pobres y los ricos, los amigos y los enemigos… No cabe la posibilidad de una medianía, de «un sí, pero». Te digo esto porque, en aquella época, yo consideraba la amistad como algo sagrado, un hecho irreversible, incapaz de un pero. Tenía de la amistad un concepto rígido, enquistado a unos principios que nada ni nadie podía modificar.
Mira su cigarrillo. La mano casi ya no tiembla.
– Imaginaba que un amigo, por el hecho de serlo, jamás podía convertirse en enemigo sin dejar de ser amigo… No me cabía en la cabeza que pudieran existir amistades enemigas, o traiciones leales, o mentiras verdaderas… Yo no sabía que podía haber amistades verdaderas por simple interés… Para saber estas cosas es necesario llegar a la edad en que hemos llegado tú y yo.