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Marina se detiene; pasa su mano por la frente y el humo de su cigarrillo se estanca unos instantes en el mechón que le cae por la sien.

– En el fondo, esos errores o esas ignorancias son el tributo que los jóvenes deben pagar a la vida… ¿No lo crees así? Tina había sido amiga mía desde la infancia. Lo que yo no sabía es que, ya desde entonces, se había aferrado a mí por conveniencia. Es muy posible que ni siquiera ella lo supiera. Yo, en definitiva, era el eslabón que la unía a los otros, la sociedad que ella siempre había codiciado… Empezó despertando mi pena: no tenía padres, vivía con un tutor que no la quería. Necesitaba cariño y nadie se lo daba. Como estudiante era poco brillante; tenía fama de retrasada mental. Fue aquella pena lo que me incitó a acogerla. Desde muy niñas me propuse compartir con ella todo lo que me pertenecía: trajes, zapatos, casa, diversiones, secretos… Así crecimos, así nos educamos y así construimos aquella absurda alianza que dio en llamarse amistad.

Marina toma aliento. Nota la boca seca y sorbe el último trago de su vaso.

– Hasta que un día, tal vez mal acostumbrada, decidió compartir conmigo a Rogelio…

La ocurrencia provoca una risa convencional en los dos. Germán pregunta:

– ¿Qué ha sido de ella?

– Continúa vegetando. Ha engordado mucho. Probablemente si la vieras no la recono-cerías.

– ¿Y entre vosotras? ¿Qué hubo entre vosotras?

– Silencio… Un prolongado y elocuente silencio. Dejamos de tratarnos, pero no hubo violencia.

Las manos de Marina ya no tiemblan y puede sostener el cigarrillo con arrogancia.

– Sin embargo -añade ella mirando el suelo-, creo que ahora, después de tanto tiem-po, nada impediría que volviéramos a ser amigas…

Germán arquea las cejas. Probablemente no entiende la pasividad de Marina.

– No te extrañe -aclara ella-. No me refiero a la amistad de antes, ilusa, convencional y sublime… Eso se experimenta en la infancia, cuando imitamos la vida, o en la juventud, cuando empezamos a vivirla… Pero a mi edad, eso de la «amistad» tiene una dimensión muy distinta.

Marina sonríe, la ironía le brota en todas sus palabras:

– Para que la amistad sea verdaderamente meritoria, para que tenga una razón de ser, es necesario que venga arropada por un gran espíritu de sacrificio. Lo contrario implica egoísmo, y el egoísmo, según dicen todos, no encaja con la amistad… -Y la ironía le crece, se instala en su sonrisa, la ensancha como si fuera risa-. Yo me pregunto: ¿Qué mérito puede haber entre dos personas que no tienen nada que perdonarse y que, además, se encuentran a gusto juntas? La nuestra, a partir de ahora, sería «una amistad sacrificada», como mandan las reglas, y, por lo tanto, mucho más autentica que antes. -La sonrisa decae, se vuelve mueca y la ironía se va convirtiendo en despecho-. Porque tratar a Tina, ahora, verla y soportar sus sandeces, supondría un esfuerzo grande, Germán, muy grande.

– Dices que ella se unió a ti por conveniencia. ¿Y tú, Marina? ¿Por qué fuiste amiga de ella?

– Lo he pensado mucho… Tampoco yo era demasiado altruista. No estoy muy segura, pero creo que yo era amiga de Tina por el placer de protegerla. En el fondo, también ese sentimiento era egoísta. En realidad, todos somos amigos de alguien por algo. – Germán cambia de posición. Probablemente piensa que en todo lo que Marina está diciendo hay algo demagógico y amargo, algo con raíces más hondas que las de un simple perdón. Quizás intuye que ese tipo de valores humanos carece de interés para ella y que si ha perdonado a Tina es porque, al perdonarla, la ha sentenciado a muerte.

– Bruna fue más inteligente que yo: no cabe duda. Ella comprendió en seguida lo que había entre Rogelio y Tina.

Renace un silencio profundo. El pasado vuelve a estar entre ellos: «Igual que un cadáver violado», piensa Marina.

Pero no se arrepiente de haber hurgado en él. Hay momentos en que para enterrar definitivamente lo que duele, es preciso desangrar el cadáver, matarlo aún más, nacerle la autopsia.

Germán pregunta:

– Aquella noche, cuando Rogelio acompañó a Tina a su casa, ¿qué ocurrió después?

– Hubo una escena desagradable entre Rogelio y yo. Una escena que por una causa u otra venía repitiéndose con demasiada frecuencia. Rogelio llegó enfadado. Sin darme tiempo a reaccionar, se apresuró a decirme que, por mi culpa, él había quedado en ridículo una vez más…

– ¿Por qué? La culpa no era tuya.

– No lo era. Pero yo me sentía culpable. Aunque la razón de su censura fuera injusta, la censura en sí tenía una razón de ser… Tal vez por eso no me defendí como debí hacerlo… Es posible que Rogelio comprendiera mi estado de ánimo y extrajera ventaja de él. La verdad es que cuando alguien o algo me atacaba, jamás él se ponía de mi parte; al contrario, decía: «Tú te lo has buscado.» De ese modo me obligaba a sentirme en deuda con él. Tardé mucho en comprender que aquella forma de actuar era su defensa. No tenía otra.

– Pero aquella vez -insiste Germán- debiste poner las cosas en su punto…

– Lo intenté. Fue inútil. Rogelio no atendía a razones. Nunca toleraba que le llevasen la contraria. Lo habían educado con la convicción de que él jamás podía equivocarse. Hay ejemplares así, pequeños Torquemadas con el dedo apuntando continuamente a la hoguera.

Marina se detiene. Vuelve a recordar a Tina. Aquélla noche la hoguera había sido ella. Y Torquemada sólo pensaba en la hoguera.

– Supongo que Tina habría rematado su labor en el largo trayecto a su casa. Hacía pocos días, Rogelio me había dicho algo muy doloroso para mí: «Deberías acabar con tus di-chosos conciertos, Marina: te estás convirtiendo en el hazmerreír de nuestros amigos…» Has-ta entonces nunca se había atrevido a rozar ese tema. Él sabía que, para mí, la música era una parte importante de mi vida.

Cierra los ojos: la voz de Rogelio vuelve a estar en sus oídos. Incluso escucha el saliveo quejumbroso que arrastraban sus palabras.

Y recobra también el desamparo en que Rogelio la había sumido al usurparle, de un plumazo, su amor a la música.

Supo entonces que aquella frase era el preludio de muchas otras. Cuando Rogelio se atrevía a dar manotazos como el que acababa de dar, inmediatamente echaba mano de otras razones para sentirse seguro.

Aquel reproche no iba a quedar aislado. Vendrían más. Muchos más.

Marina podía intuirlos. Los volcaba casi siempre cuando se volvía enigmático. Luego venían las advertencias. Unas advertencias misteriosas. Y al final, caía siempre el reproche.

– Fue entonces cuando me confesó que Bruna me llamaba «La schubertina».

Germán aprieta las mandíbulas una contra la otra. Los veintisiete años que separan aquel episodio del momento actual, no han sido lo bastante eficaces para despojarlo de su indignación. Dice:

– Una crueldad innecesaria.

– Sin embargo, fundamental para los planes de Rogelio. Fue un modo de situar a Bruna entre mis hipotéticos enemigos. Una forma de liberarse de ella… ¿Comprendes?

Marina se encoge en el asiento. A pesar de su estatura, parece una mujer pequeña. Recuerda ahora que esa forma de sentarse también exasperaba a Rogelio.

Había infinidad de cosas que Rogelio no podía sufrir en ella.

– Ni que decir tiene que, al oír aquello, me quedé desarmada. No era sólo lo que decía… Era lo que callaba, lo que me daba a entender sin decírmelo… Tuve la impresión de que, tras aquella indirecta, había mil indirectas más, mil arcanos ciegos atentando contra cualquier ac-to de mi vida… No te rías, Germán… Rogelio conseguía atemorizarme por cosas así: vagas y punzantes. Le gustaba avasallarme con su razón cargada de sinrazones… Es muy posible que mi recelo lo agrandase todo. Pero también eso debía de formar parte de su plan.

Traga saliva y aclara la voz: