También ella había sentido algo parecido sin separarse de Rogelio. Sólo que nadie, ni si-quiera Tina, podía darse cuenta de lo que la estaba minando. Desde que el velo había sido descorrido, Marina ya no se confiaba a ella como había hecho siempre. Intuía de un modo vago que Tina no jugaba limpio. Ignoraba la causa, pero conocía el efecto. Y aquello era sufi-ciente para mantenerla distante.
– Pero la vida suele tender trampas -sigue diciendo Germán-. Y aquella noche, en Montecarlo, la trampa fuiste tú.
Paradójicamente aquel encuentro no había sido premeditado. Ninguno de los dos había imaginado que podía producirse. Sin embargo, se produjo. Había sido un encuentro-estallido. Una colisión inevitable. Dos olas chocando. Dos fuerzas cósmicas frente a frente. Un «no es posible» transformado, de pronto, en lo más posible del mundo.
– Estábamos en el Sea Club, ¿recuerdas? Y de golpe te vi en el otro extremo del come-dor, rodeada de gente: llevabas un traje rosa y tenías la piel tostada…
Marina recuerda. Recuerda que Rogelio debía llegar dos días más tarde de su crucero H. S. (hombres solos). Recuerda que Tina, aquella Tina invariablemente puntual, acababa de presentarse aquel mismo día en el hotel. «¿Sabes algo de Rogelio?», había preguntado fin-giendo ignorancia. Y Marina le había dicho; «Llegará pasado mañana», como si Tina no conociese la fecha y el famoso crucero H. S. no hubiera sido un subterfugio para estar juntos.
– Llevaba varios días en la Costa Azul -explica ella-, Rogelio me había citado allí…
– Creo que Tina estaba sentada a tu lado…
Miran sus platos, todavía vacíos, su whisky a medio terminar, los cigarrillos apagados en el mismo cenicero.
– ¿Qué pensaste? -pregunta ella.
– Era difícil pensar. Tenía la impresión de que todo cuanto nos rodeaba estaba hecho de cartón. Solamente existíamos tú y yo otra vez. Lo demás eran cabezas sin rostro, globos flo-tantes. ¿Y tú? ¿Qué pensaste tú?
– Recordé de pronto lo que me había dicho Rogelio: «Si tú me dejas en paz, yo no voy a inmiscuirme en tu vida privada…» Sí, creo que pensé eso… Pero tú no estabas solo. Tenías a aquella mujer al lado.
Y la constante volvía: se colaba poco a poco entre las voces, la música y las cabezas. Y la noche se aclaraba, y el mundo de estrellas que asomaba tras el entoldado parecía agrandarse, fundirse al mar, convertirlo en una enorme balsa de promesas.
– Me resultaba imposible dejar de mirarte -dice él-. No podía comprender cómo después de tanto tiempo, tú continuaras siendo exactamente la misma.»
– No lo era: tenía diez años más.
– El tiempo no existía… al menos aquella noche.
Tina le había susurrado al oído: «¿Te has fijado cómo te mira Germán?» Pero no hacía falta que Tina le advirtiese aquello. Desde que se había sentado a la mesa, aquella mirada era lo único que percibía claramente.
– Cuando al marcharte pasaste por delante de mi mesa, recuerdo que me levanté para saludarte, pero tú no te detuviste. Sólo me dijiste adiós con la mano…
– Ibas acompañado -se excusa ella-. No me pareció prudente.
Marina observa al camarero, que se acerca a ellos.
– Creo que nos traen el pollo -comenta fríamente.
14
El camarero muestra la fuente, protocolario. Luego desmenuza el pollo. Coloca el plato a la señora. Coloca el plato al señor.
– Medios pollitos tiernos como la mantequilla -indica por si no lo saben-. Criados como los antiguos…
Tienen la piel tostada y crujiente. Y despiden un aroma cálido que despierta el apetito.
El camarero es diligente. Sirve la ensalada, escancia el vino, llena los vasos grandes con agua sin cloro y pregunta:
– ¿Desean algo más los señores?
Luego se va. Los deja con el pollo, con el vino, con la ensalada y con sus recuerdos inte-rrumpidos.
– Aquella noche, cuando llegué a mi hotel tenía la impresión de haber soñado -explica Marina-. No me importaba no volver a verte. Tu mirada me seguía…
– Yo, en cambio, necesitaba verte otra vez. No era fácil. Había que sortear muchos obstáculos. Además, ignoraba dónde te hospedabas. Huelga decir que aquella noche no pude pegar los ojos.
Tampoco Marina había dormido. Era un insomnio feliz. Un insomnio que anulaba los desprecios de Rogelio, que volvía la vida alegre.
– Me costó mucho encontrarte -prosigue Germán-. Recuerdo que llamé a todos los hoteles de Montecarlo. Nadie sabía darme razón. Después telefoneé al Negresco de Niza. Pregunté por Rogelio. Me dijeron que estaba navegando y que llegaría al día siguiente. Al fin di contigo.
El teléfono había sonado a las nueve de la mañana.
Y ella -recuerda ahora- había temido que la llamaran de España para darle una noti-cia adversa de sus hijos. No pensaba aún que pudiera ser Germán.
Pero la voz era inconfundible. Y la pregunta, directa: «¿Eres tú, Marina?» En efecto: era Marina. Marina con su nombre reafirmado, agrandado, rehabilitado. Marina sin la rémora de los desprecios, ni el horror al vacío, ni el mote de «schubertina» disminuyéndola. Era Marina: la del bañador manchado por el martini de Pascual Ordóñez, la del Adagio lamentoso, la de los paseos a caballo y la de la chimenea encendida… Aquella chimenea que obligaba a decir: «Sería hermoso envejecer juntos…»
Y luego fue Germán. Germán el de los silencios elocuentes, el de los recuerdos eternos, el del tren detenido en el apeadero… El Germán que repetía: «Por muchos años que pasen…»
Y los obstáculos se disipaban. Se diluían en cada afirmación y en cada pregunta. Había un hilo telefónico entre ellos. Un hilo poderoso que lo solucionaba todo y lo alisaba todo. Y había una esperanza gravitando entre ambos. Una de esas esperanzas indómitas que nada ni nadie puede someter ni anular. Y había una ausencia total de sentido de culpabilidad, porque cuando la vida se disfraza de felicidad, la culpabilidad se esfuma, se pierde en los recovecos de la conciencia.
– Tuve que echar mano de una mentira -explica él-; de algún modo debía justificar mi ausencia… Dije que me había encontrado con un cliente, que me había invitado a cenar y que no podía rehuir la invitación. -Y sus gafas recogen el recuerdo; casi lo reproducen.
– También yo me vi obligada a sortear a Tina -confiesa ella-. Por primera vez en mi vida dejé de sincerarme con ella. Intuía el peligro que suponía hablarle claro…
Se había citado en el restaurante, para evitar que los vieran en el hotel. Era un restaurante situado en lo alto de la colina (como el de ahora) y tenía un jardín colgante desde el cual se podía contemplar la ciudad iluminada, el mar salpicado de estrellas y el puerto inundado de luces.
Cuando Marina llegó Germán ya estaba allí, sentado a una mesa junto al precipicio. Y olía a naranjos, a parrilla encendida, a tabaco rubio…
– Fue una cena sin apetito -recuerda él-. ¡Teníamos tanto que hablar!
– Aquella noche te referí lo que me había propuesto Rogelio.
– Y yo pensé en seguida: «Tina ha influido», pero no te lo dije.
– ¿Por qué, Germán? ¿Por qué callaste también aquella noche?
– Ya te lo he dicho: no quería convertirte en una mujer despechada. Tenía la presunción de que vinieras a mí espontáneamente.
Germán trocea el pollo que le han servido; se acerca el primer bocado. Sabe a piel tos-tada, a pimienta y a grasa fundida.
También Marina está comiendo. Piensa: -Debo masticar con brío. Simular apetito…» Pero sabe que le va a costar mucho comer el pollo. En esos momentos tiene la impresión de que su estómago se ha cerrado. Mira la mesa de enfrente: ve a una señora gorda comiendo lo mismo, y envidia la voracidad que demuestra.