Выбрать главу

Pero al oírlo había evocado repentinamente lo que Bruna le había dicho aquella noche en la casa de Teresa. Eran dos frases parecidas, muy parecidas. Dos hilos conectados. Pero tampoco aquella vez había recelado. Era imposible recelar.

– Fue necesario rogarle a Tina que distanciara sus visitas. Rogelio no disimulaba ya la aversión que, de repente, sentía por ella. Y Tina lo acusaba. Fue preciso buscar excusas. No mencioné a Rogelio. Le dije simplemente que el médico le había recetado reposo y que las visitas lo cansaban. Naturalmente, Tina jamás me perdonó aquel desaire.

A partir de aquel momento había comenzado el cambio de Rogelio. Era fácil percibir aquel cambio hasta en las cosas más insignificantes. Se hubiera dicho que todo en aquel hombre se renovaba.

– Rogelio no parecía el mismo. Algo en él se había modificado. Yo lo achacaba a su en-fermedad… No llegaba a comprender que, en realidad, era la ausencia de Tina lo que lo esta-ba cambiando. Ya no era el hombre altivo que durante tantos años me había hecho sufrir. De pronto comprendía yo que me necesitaba… Me pedía perdón por la menor cosa, me trataba con suavidad, me agradecía todo cuanto yo hacía por él.

Y la había desarmado. Era imposible no desarmarse ante aquel Rogelio nuevo, sumido en claudicaciones. Y fue como si la carta, aquella carta que todavía conservaba, se fuera con-taminando de aquel cambio.

– A pesar de todo era muy grato percibir el cambio de Rogelio. Casi me permitía ser feliz. Casi me permitía olvidarte… Era una sensación agridulce, algo así como la corteza del limón.

– Comprendo -dice Germán.

– No, no puedes comprender. Hay cosas incomprensibles. Cosas que los humanos no somos capaces de descifrar. Tampoco yo podré saber con exactitud qué clase de olvido era aquél. Ni cuál fue la causa de que Rogelio diera aquel viraje cuando la muerte lo amenazaba… Muchas veces me he preguntado por qué es preciso esperar la muerte para «ser distinto». ¿Por qué no procurar vivir siempre como si fuéramos a morir en seguida? Al fin y al cabo, la muerte es nuestra meta: todos somos unos muertos en potencia, todos empezamos a morir el día que nacemos… -suspira, recoge el mechón que le cae por la frente y termina diciendo-: De pronto, entre Rogelio y yo hubo algo que no había existido nunca. Algo que yo consideraba ya imposible, algo que, desde que me había casado con él, venía yo esperan-do prácticamente sin esperanza.

– ¿Fue entonces cuando rompiste la carta?

Marina asiente:

– Le dije a Tina: «Voy a destruirla.».La rompí delante de ella. Y luego la eché al fuego.

Sin dolor, sin la sensación de haber sacrificado algo importante. Así había empezado la verdadera lejanía de Germán: aceptando el presente, sin futuro, de un moribundo que, por primera vez, le brindaba un poco de amor.

– Y no me arrepentí -insiste Marina-. Destruí tu carta sin esfuerzo.

17

Germán le ofrece otro cigarrillo. Marina rehúsa: tiene la boca seca y bebe un poco de agua.

– Así pasamos tres años. Fueron largos y cortos: extraños, indescifrables. Hicimos innu-merables viajes; siempre con la misma finalidad: detener lo que no podía detenerse, salvar lo que se estaba acabando, inventar proyectos que nunca podrían cumplirse. La cuestión era no dejarse vencer: fingir energías, crear excusas para darles una razón de ser…

Germán esboza un rictus amargo. Es un gesto sombrío como el color del mar.

– Y yo sin sospechar nada…

Marina ve el perfil de Germán convertido en escorzo. El pómulo ligeramente enrojecido, la oreja aprisionada por el aro de las gafas.

– Fuimos a Suiza, a los Estados Unidos: Pascual Ordóñez, como médico, conocía luga-res especializados, tenía colegas eminentes… Fue una gran ayuda para nosotros.

Germán asiente. Pero no vuelve el rostro. Sigue mirando el mar serenamente, silencio-samente.

– La compañía de Pascual lograba levantar el ánimo a Rogelio. Ya sabes cómo ha sido siempre ese hombre: no tolera que los demás se aburran… Sacaba punta a todo y conseguía hacernos olvidar lo que iba resultando inolvidable.

– Entonces era eso…

Y rompe a reír. Con soplidos menudos, como si estuviera burlándose de sí mismo.

Y Marina vuelve a recordar la escena de la playa cuando Pascual había derramado el martini sobre su bañador.

– Fue un gran amigo -explica ella-. Un amigo excepcional. Y continuó siéndolo cuan-do Rogelio hubo muerto.

Germán ha dejado de ser un escorzo. Ahora es un rostro completo, abocado al suyo: unas gafas enteras frenando una mirada llena de preguntas.

Marina piensa: «Tal vez pueda evitarlo. Tal vez se vaya sin que me vea obligada a decírselo.»

– Verdaderamente resulta absurdo que el cambio de Rogelio surgiera precisamente cuando ya no había tiempo de rehacer nuestra vida.

Y se dice otra vez que las criaturas humanas no saben aprovechar la ventaja de vivir.

– ¿Será que no puede haber felicidad sin amenaza?

Germán no contesta. Probablemente piensa que Marina tiene razón. Pregunta luego:

– ¿Conocía Rogelio su gravedad?

– No lo sé. Ése es uno de los dilemas.

Recuerda los comentarios de Pascual Ordóñez: «Nada más fácil que engañar a un enfer-mo inteligente.» Aseguraba que todo era cuestión de abrumarlo con detalles técnicos; al ana-lizarlos, distraía su imaginación del verdadero problema. Sin embargo, Marina, más de una vez, había sospechado que Pascual se equivocaba.

– Su cambio no fue únicamente psicológico: fue también religioso -explica ella-. Era un cambio sospechoso… Me hacía suponer que no éramos nosotros los que estábamos enga-ñándole a él, sino él a nosotros.

Marina se pasa la mano por la frente. Aquella duda todavía la persigue y la atosiga. De esa duda dependen todas las demás.

– Hubiera dado un mundo por conocer la verdad -dice ella.

– ¿Qué verdad?

Marina contrae los párpados; fuerza las ideas, las exprime como ha hecho mil veces, pero siempre topa con el muro. Habla después como si Germán no estuviera delante, como si pensara en voz alta:

– Si Rogelio tenía la seguridad de que iba a morir… ¿por qué motivo lo dejó todo en el aire?

No quisiera haber dicho eso, pero no ha podido remediarlo. Recuerda que hace poco rato, Germán le ha hecho una pregunta parecida y ella la ha eludido con una explicación poco convincente relacionada con la probable superstición de ciertos hombres.

Germán no replica. No sabe qué argüir. Ignora lo que esa duda supone para Marina, pero probablemente sospecha lo mucho que le está doliendo.

– Por otro lado -sigue explicando ella-, era tan distinto… Ya nunca me miraba con desprecio, ya nunca me reprochaba nada… Y se resignaba: jamás he visto a un hombre más resignado que Rogelio en los últimos años de su vida. De pronto me hablaba de Dios. Yo di-ría que necesitaba a Dios desesperadamente.

Germán baja la cabeza y Marina ya no percibe el reflejo de sus gafas.

– Excuso decirte que, a partir de su cambio, empezó a perder amigos -se detiene, piensa, rectifica-. O tal vez fuera al revés: quizá fuera Rogelio el que se distanciara de ellos.

Germán vuelve a mirarla, pero tampoco esta vez la interrumpe.

– Lo cierto es que aquel Rogelio «nuevo» ya no gustaba, no satisfacía… Y nos quedamos prácticamente solos.

– ¿Te molestó ese cambio?

– No -dice ella-. Fue un gran descanso para mí. Hasta entonces aquellos amigos sólo habían servido para aturdido, para obligarlo a no pensar, para mantenerlo bamboleante en un mundo más bamboleante todavía.

Después Rogelio había buscado estabilidad: necesitaba aquella estabilidad para enfren-tarse consigo mismo. Por primera vez desde que se había casado con él, Marina le oía hablar de Dios como de algo más que una simple disciplina teórica.