– Pregunté entonces a qué se referían. No podía imaginar a mi marido quejándose de la vida cuando la vida había sido un manojo de promesas para él. Recordaba sus cruceros H.S., sus continuos viajes, sus innumerables proyectos siempre realizados con éxito… Era absurdo oírle decir a mi cuñada que Rogelio «había sufrido» cuando todavía nada hacía prever su sufrimiento.
Y el temblor de las manos le crece, le sube a los brazos, le llega hasta la garganta. Carraspea y mira hacia el hueco que ha dejado la señora gorda:
– Entonces tomó la palabra el tío Lorenzo: era el cabeza de familia -aclara-. Me expuso, sin rodeos, que Rogelio había muerto sin testar. Bien: lo aceptaba. Dije: «Eso no tiene importancia.» Yo ignoraba las leyes. Además aunque no las hubiera ignorado, jamás hubiese podido imaginar que, habiendo sido su mujer, pudieran dejarme en la estacada… Pero entonces el sillón rojo volvió hablar: «Celebro que pienses así, porque, de ahora en adelante, tú no pertene-cerás a la familia…», dijo.
El rostro de Germán se ensombrece. También él respira hondo. También él esconde las manos.
– De pronto lo vi todo claro -sigue diciendo Marina-. Lo que aquella gente estaba intentando justificar, era mi exclusión del clan Cebrianístico. De hecho yo sobraba y necesitaban echar mano de una excusa para sacudirme.
Se detiene. Se encoge de hombros. Esboza una mueca condescendiente y continúa explicando:
– El juez tomó la palabra. Me dijo con aire sentencioso: «Se ha nombrado un consejo de familia para administrar los bienes de sus hijos. Entrarán en posesión de una considerable fortuna el día que cumplan la mayoría de edad.» Y terminó preguntando: «Supongo, doña Marina, que no tendrá usted nada que objetar.»
No había objetado. Cuando se recibe una bofetada, tampoco se objeta. Se sufre. Se siente el ardor en las mejillas y se repliega uno en sí mismo. En torno a Marina todo se había vuelto oscuro: negro como los trajes de aquellas gentes.
– A pesar de todo, no podía comprender la causa directa de aquel atropello, de aquel odio evidente… No era lógico suponer que aquella medida había sido adoptada por culpa de un descuido de Rogelio. Era lo mismo que si estuvieran faltando a su memoria… -cierra los ojos, mueve la cabeza, se olvida de que Germán está frente a ella. Dice luego-: Debía de haber algo más, algo que se me iba de las manos… Todo lo evidenciaba: el modo que habían tenido de acorralarme, la dureza de aquellas expresiones, la frialdad con que me habían planteado el problema… Al parecer lo tenían todo previsto, todo organizado… Adiviné que aquella maniobra había sido planeada mucho antes de que Rogelio muriese…
Marina comprende que la voz se le quiebra. Debe dominarla. No puede dejarse llevar por aquel maldito recuerdo. No debe sentir compasión de sí misma. Se dice que no es bueno compadecerse. En seguida se apodera de uno la inestabilidad y el desaliento, y la personalidad se resquebraja.
– ¿Por qué no te defendiste? -pregunta él.
– Lo intenté. Pero fue peor, mucho peor.
Marina duda: teme que lo que va a decir resulte demasiado patético. Hay que cuidar el planteamiento. La forma de exponer las situaciones suele influir en los resultados. Por eso medita, toma aliento. Dice luego con voz ecuánime:
– Rosario comenzó a acusarme directamente, delante de todos, sin la menor piedad, sin un gramo de escrúpulos. Me dijo cosas horribles. Cosas que no me atrevería a repetirte, Germán. Llegó a proclamar que si Rogelio había contraído el cáncer, había sido por los disgustos que yo le había dado… Le faltó poco para acusarme de asesinato.
– Estaba loca.
– Si la soberbia es una forma de locura, efectivamente, lo estaba. Era una soberbia llena de odio la suya. Una soberbia llena de acusaciones: seguramente las llevaba en el estuche desde hacía muchos años…
La voz de Marina se quiebra otra vez. Tose. La esclerótica se le irrita. Piensa: «No debo llorar.» Por nada del mundo debe caer en esa tentación. Deja de mirar a Germán. Mira al techo.
– Resumiendo: aseguró que yo era una mujerzuela, que había estado engañando a Ro-gelio año tras año…
Germán no replica. No se mueve. Sin duda imagina que lo que Marina le relata es una pesadilla, algo que, cuando despierte, va a resultar falso.
Dice de pronto:
– Pero eso es monstruoso…
Y no se atreve a preguntar.
– En efecto -dice ella, ya sosegada-. Fue monstruoso. Pero había un fondo de verdad en lo que Rosario afirmaba.
– ¿A qué te refieres?
Marina tarda unos segundos en responder. Son unos segundos eternos.
– ¿No lo comprendes?
No, Germán no comprende. O tal vez no quiera comprender. Y Marina piensa que deberá decírselo sin preámbulos. Crudamente:
– Rosario me lanzó a la cara que yo había estado engañando a mi marido contigo.
19
El viento parece arreciar. Los ventanales tiemblan ligeramente y la superficie del mar se encabrita.
Germán se ha llevado una mano a la frente. Produce la impresión de que la cabeza va a estallarle. No mira a Marina; piensa.
– Rosario lo sabía todo -sigue diciendo ella-. Conocía nuestra despedida en el apea-dero, nuestros paseos a caballo, nuestros encuentros en Montjuíc, nuestra salida en Niza… No guardó nada para sí misma: lo escupió todo, sin regatear detalles: ampliándolos, volcándolos sobre el auditorio como si volcase un cubo de basura… Incluso llegó a decir que si Bruna me había pegado, era porque yo coqueteaba contigo…
– ¡Dios! No es posible, no es posible…
Lo dice entre dientes, los ojos cerrados, la mano todavía en la frente.
– Era inútil llevarle la contraria. No podía. Todos, incluido el juez, le daban la razón, todos la coreaban con silencios comprensivos.
– ¡Dios! -Vuelve a decir Germán-. No es posible…
Y de nuevo Tina está entre ellos. Con su sonrisa de ratita, con sus ademanes ingenuos: «¿Estorbo?» Y Marina la recuerda tal como la había visto al llegar de Francia: «No te preocu-pes: yo calmaré a Rosario…» Y su ayuda. Su imprescindible y eficaz ayuda. Y el rebrote de confianza: «La carta… ¿Por qué no lees la carta, Marina…?
– Tina jamás me perdonó que Rogelio la apartara de su lado. Creía que yo tenía la culpa de su alejamiento. Ella también ignoraba que mi marido estaba sentenciado. ¿Comprendes?
Germán reacciona. No admite aquel atropello.
– De cualquier forma: tú debiste defenderte. La verdad estaba por encima de cualquier venganza, de cualquier calumnia, de cualquier maldad.
– No -contesta ella-, no lo estaba.
Esquiva el rostro de Germán. Se vuelve hacia el ventanal. Ya no hay niebla: hay viento, hay nubes amenazando tormenta, hay un mar encabritado, casi furioso.
– Volverá a llover-dice.
Germán se inquieta. Tiende la mano a Marina. La palma extendida.
– Te lo ruego: sigue contando lo que ocurrió después. No omitas detalles. Dímelo todo, Marina. Quiero saberlo todo.
– ¿Estás seguro?
– Completamente seguro.
Marina procura bromear de nuevo. Es preciso restar importancia a lo que va a decirle.
– Tu pajolera curiosidad…
– No -se defiende él-, ahora ya no es curiosidad…
– De acuerdo -dice ella-, pero recuerda que tú lo has querido. Yo jamás te lo hubiera dicho…
Pide otro cigarrillo. Hay momentos en que las manos estorban. No se sabe qué hacer con ellas. Por eso es necesario darles una actividad, para que no «delaten», para que no se sientan ociosas ni avergonzadas de ser manos.
– Va a resultarte doloroso.
Pero Germán no se inmuta. Aguarda. Y Marina vuelve a introducirse en el vértigo de aquellos días.
Había sido precisamente aquel proceso lo que había partido su vida en dos mitades inservibles: «Como una tijera de hojas desunidas», se dice. Y vuelve a temer por Germán. Al fin se decide:
– Cuando Rosario hubo terminado de hablar, pensé: «Debo aclarar la situación. No me queda otro remedio.» Y me defendí. Me defendí de la única manera que podía hacerlo, afron-tando la verdad. También yo creía que la verdad era suficiente argumento para dejar las cosas en su punto. Hice una confesión sincera: no adopté aires de víctima. Reconocí mi culpa y acepté sin reservas la atracción que entonces había sentido por ti.