– ¡Vaya! Eso hace una larga lista -comentó Peter-. La cocaína y los digitálicos los habría visto porque sé dónde mirar en la lectura y son necesarios en grandes dosis para conseguir lo que me has contado. Con respecto a los otros, no lo sé; pero seguiré buscando.
A continuación, Laurie le preguntó sobre Solomon Moskowitz y Antonio Nogueira, cuyas autopsias habían sido hechas unas semanas antes. Le contó que ambos casos eran idénticos al de McGillin. Utilizando su contraseña y el ordenador, Peter accedió al banco de datos del laboratorio. Ambas exploraciones habían resultado normales; pero, teniendo ya una idea de lo que buscaba, se ofreció a repetirlas.
– Una cosa más -le pidió Laurie cuando se disponía a marcharse-. Esta mañana me he ocupado de otro caso cuyas muestras están en camino. De nuevo, se parece curiosamente a los demás; lo cual me hace pensar que algo raro ocurre en el Manhattan General. Ya que no he podido encontrar ninguna patología, me temo que la responsabilidad de descubrir qué ha sido va a recaer en ti.
Peter le dijo que haría todo lo posible.
Tras su visita a Toxicología, Laurie había subido al despacho de George Fontworth para echar una mirada al expediente de Nogueira. George la sorprendió entregándole una copia con un resumen de lo más significativo. Por su parte, Kevin no se mostró tan entusiasta, aunque tampoco puso objeciones a que ella hiciera copias. De regreso a su despacho con todo el material, Laurie lo había repasado a fondo, rellenando las casillas del esquema a medida que iba avanzando.
Cogiendo la hoja con el esquema y haciendo girar su silla, Laurie esperó a que Riva acabara la conversación que mantenía con un médico local sobre el caso de atropello y fuga de aquella mañana.
– Echa un vistazo a esto -le dijo tendiendo la hoja a su compañera de despacho tan pronto como esta hubo colgado.
– Te veo muy trabajadora. Es una manera estupenda de organizar la información.
– Estoy fascinada por este rompecabezas -admitió Laurie-. Y también estoy decidida a resolverlo.
– Supongo que por eso te alegró tanto no hallar patologías en Morgan, porque significaba que tenías otro caso.
– ¡Exacto!
– Así pues, llegados a este punto, ¿qué opinas? -preguntó Riva-. Con tantos esfuerzos, deberías haberte hecho ya una idea.
– Y creo que la tengo. Me parece evidente que el mecanismo de la muerte fue fibrilación ventricular en los cuatro casos. La causa es otra historia, lo mismo que el tipo.
– Te escucho.
– ¿Estás segura de que quieres saberlo? Le comenté mis ideas a Jack y se mostró de lo más displicente.
– Ponme a prueba.
– De acuerdo. En pocas palabras, habiendo llegado a la conclusión de que el mecanismo de la muerte es fibrilación ventricular o muerte cardíaca, y puesto que los corazones aparecían estructuralmente normales, la muerte ha tenido que ser causada por alguna droga que produzca arritmia.
– Eso parece bastante razonable -dijo Riva-. ¿Y qué hay del tipo de muerte?
– Esa es la parte más interesante -contestó Laurie. Se inclinó hacia delante y bajó la voz como si temiera que alguien pudiera oírla-. Creo que se trata de un asesinato. En otras palabras, creo que me he tropezado con el trabajo de un asesino múltiple en el Manhattan General.
Riva empezó a decir algo, pero Laurie la interrumpió con un gesto de la mano y moderó el tono de voz.
– Cuando consiga los historiales clínicos podré completar el esquema, que contendrá los medicamentos del pre y del postoperatorio, y el agente anestésico. Entonces volveremos a hablar y me darás tu respuesta. Personalmente, no creo que esa información extra vaya a suponer ninguna diferencia. Me parece una coincidencia excesiva que en el espacio de unas pocas semanas se den cuatro casos de fibrilación ventricular que no pueda recuperarse con equipos de reanimación en cuatro sujetos jóvenes y sanos que acaban de salir de una operación en el mismo hospital y han seguido el mismo protocolo.
– Es un hospital muy grande, Laurie -comentó Riva, que no quería discutir.
Laurie dejó escapar un audible suspiro. Estaba tan sensible que había considerado el tono de Riva condescendiente y parecido al de Jack. Arrebató con brusquedad la hoja de manos de Riva.
– Se trata solamente de mi opinión -comentó esta al ver la reacción de su compañera.
– Y tienes derecho a opinar -replicó Laurie, haciendo girar su silla y dándole la espalda.
– No era mi intención molestarte -dijo Riva.
– No es culpa tuya -contestó Laurie sin volverse-. Últimamente estoy un poco irritable. -Se volvió y la miró-. Pero deja que te diga una cosa: lo que hizo que aquella serie de asesinatos en las instituciones sanitarias durara tanto tiempo fue que nadie sospechó.
– Creo que tienes razón -repuso Riva sonriendo, pero Laurie no le devolvió el gesto conciliador, sino que se dio la vuelta y descolgó el teléfono. Quizá compartir sus ideas con Jack y Riva no hubiera resultado como esperaba, pero el hecho de expresarlas en voz alta le había ayudado a enfocarlas y la había convencido aún más de que estaba en lo cierto. Las objeciones de sus amigos no habían alterado su opinión. En esos momentos se sentía todavía más convencida de su teoría del asesino múltiple. En ese sentido, comprendía que a pesar de que pudiera resultar prematuro por falta de pruebas definitivas, era responsabilidad suya que el Manhattan General fuera informado. Desgraciadamente, sabía por amarga experiencia que no le correspondía a ella tomar una decisión semejante, sino que debía de salir de Administración y pasar por Relaciones Públicas. En consecuencia marcó la extensión de Calvin Washington y pidió a Connie Egan, su secretaria, que le hiciera un hueco.
– El subdirector está a punto de salir para una comida con la Junta Consultiva -le avisó Connie-. Si quieres verlo te aconsejo que bajes enseguida. De lo contrario, tendrás que esperar a después de las cuatro y aun así dependerá de si vuelve, cosa que no puedo garantizar.
– Voy para allá -contestó Laurie colgando el auricular y poniéndose en pie.
– Buena suerte -le dijo Riva, que había escuchado la conversación.
– Gracias -contestó Laurie con escasa sinceridad y cogió el esquema.
– No te lleves un chasco si te encuentras que Calvin es todavía más escéptico que yo -le comentó Riva-. Puede que te arranque la cabeza por esa idea tuya de los asesinatos. Recuerda que tiene debilidad por el Manhattan General porque hizo allí sus prácticas en la época en que el hospital estaba vinculado a la universidad.
– Lo tendré en mente -gritó Laurie mientras se alejaba. Se sentía culpable por su actitud hacia Riva. Estar de tan malhumor no era propio de ella, pero no podía evitarlo.
Por miedo de no encontrar a Calvin decidió no perder tiempo. Cogió el ascensor y en menos de cinco minutos entraba en la zona de Administración. Había un grupo de gente sentada en un diván esperando para ver al jefe, cuya puerta se encontraba cerrada y vigilada por Gloria Sanford, su secretaria. Laurie recordaba haber estado sentada allí mientras esperaba que le echaran un rapapolvo por haber hecho lo que en ese momento pretendía evitar yendo a ver a Calvin. Cuando empezó, Laurie había sido mucho más tozuda y menos política.
– Puedes entrar -le dijo Connie cuando la vio acercarse.
La puerta de Calvin estaba entreabierta, y él se encontraba hablando por teléfono con las piernas apoyadas en una esquina del escritorio. Al entrar Laurie, le hizo gestos para que se sentara en una de las sillas que tenía delante. Ella contempló la familiar estancia. Tenía la mitad del tamaño de la de Bingham y no daba a la sala de reuniones; aun así, resultaba gigantesca comparada con el espacio que ella tenía que compartir con Riva. Las paredes estaban cubiertas con la habitual colección de diplomas y fotos con las autoridades de la ciudad.