Él se volvió para ayudarla a subir al carruaje, pero Teadora sacudió la cabeza.
– No, mi señor; caminemos entre nuestro pueblo.
La sonrisa de aprobación de Alejandro la animó.
– Eres la mujer más inteligente que jamás he conocido,
Adora. Te adueñarás inmediatamente del corazón del pueblo.
Le asió la mano y avanzaron juntos.
Un murmullo expectante empezó a surgir de las multitudes que flanqueaban la avenida principal de Mesembria, el Camino del Conquistador. Precedidos por una compañía de la guardia real, Alejandro y Teadora anduvieron a pie hacia su palacio, ante el asombrado entusiasmo de su pueblo. Una linda joven levantó un bebé rollizo y de rosadas mejillas e hizo que saludase con la manita a la pareja. Adora tomó el bebé de la sorprendida madre.
– ¿Cómo se llama? -preguntó.
– Z…Zoé, Al…Alteza.
– ¡Así se llamaba mi madre! Que tu Zoé crezca y sea tan buena y amorosa como fue mi madre. -Adora besó la cabeza suave de la criatura-. ¡Qué Dios te bendiga, pequeña Zoé!
Devolvió la niña a su pasmada madre.
El pueblo de Mesembria lanzó vítores de aprobación cuando sus gobernantes prosiguieron la marcha alrededor de la ciudad hacia su palacio de la orilla del mar. Se detuvieron muchas veces para hablar con los ciudadanos. Alejandro se sorprendió al ver que Adora hurgaba en el bolsillo de su capa y ofrecía almendras azucaradas a los niños. Había viejos desdentados que sonreían ampliamente, deseándoles larga vida y muchos hijos. Adora se ruborizó, para satisfacción de los viejos. Las manos encallecidas de los trabajadores y las manos suaves de las jóvenes matronas se alargaban para tocarla.
Al cabo de una hora, el capitán de la guardia les convenció de que subiesen al carruaje. Era casi imposible seguir avanzando. Ahora podía verlos más gente y las aclamaciones se hicieron más intensas. Formaban una magnífica pareja: Alejandro, rubio y de ojos azules, lucía los colores azul y plata de su casa, con el gran sello de zafiro de Mesembria sobre el pecho; Adora, vestida de terciopelo blanco y oro, brillantes los ojos violetas, llevaba una pequeña diadema de oro en la oscura cabeza y se había peinado sueltos los largos cabellos.
Al fin llegaron a las puertas del nuevo palacio, donde los recibieron Basilio, representantes de las familias nobles de Mesembria y oficiales de los gremios de la ciudad. La pareja real se apeó del carruaje y el chambelán les entregó gravemente las llaves de oro de la puerta.
– El Palacio del Delfín Alegre, mi señor déspota. Del pueblo fiel y amante de vuestra ciudad. Os deseamos, a vos y a nuestra señora reina, larga vida, buena salud, muchos hijos vigorosos y hermosas hijas. ¡Que los sucesores de Alejandro y Teadora nos gobiernen durante mil años! -clamó, y el pueblo lo aprobó ruidosamente.
Alejandro inclinó la cabeza ante los representantes. -Damos las gracias a todos. Comunicad a toda la ciudad que estamos muy complacidos y siempre agradeceremos la generosidad de aquellos a quienes gobernamos.
»Mostraremos nuestra gratitud devolviendo su antigua gloria a la ciudad. Ningún ciudadano de Mesembria volverá a pasar hambre o a encontrarse sin hogar. No se cobrarán impuestos durante un año. Se abrirán escuelas para todos los niños, ¡incluso para las niñas! Esta ciudad florecerá de nuevo. ¡Os doy mi palabra real!
La puerta del palacio se abrió de par en par detrás de él, y Adora dijo, con voz vibrante:
– ¡Venid! Venid y tomad una copa de vino con mi señor y conmigo. ¡Celebrad con nosotros una nueva Edad de Oro para la ciudad de Mesembria!
De nuevo sintió la aprobación de Alejandro. Asidos de la mano, precedieron a sus invitados a través del jardín del palacio y hasta la terraza. En ella habían instalado mesas y esperaban criados con comida y bebida. Durante toda la tarde se sucedieron los brindis, hasta que se marcharon al fin los últimos invitados.
Incapaces de creer que se habían quedado realmente solos. Alejandro y Teadora se miraron satisfechos.
– ¿Serás feliz aquí? -preguntó él.
– Sí -respondió ella con suavidad-. Seré feliz siempre que estemos juntos.
– Quiero hacerte el amor -anunció pausadamente él, y entonces, miró desalentado a su alrededor y se lamentó-: ¡Pero ni siquiera sé dónde está nuestro dormitorio!
Teadora empezó a reír y él la imitó, y las fuertes carcajadas de Alejandro sofocaron la risa divertida de su esposa.
– ¡Ana! -llamó Adora, jadeando-. ¡Ana! -Y cuando apareció su doncella, consiguió decir-: Nuestro dormitorio. ¿Dónde está?
Los ojos negros de la mujer brillaron con intensa y alegre comprensión.
– Venid -dijo-. Precisamente venía a buscaros. Tengo vuestro baño preparado, mi princesa, y Zenón espera para atenderos, señor.
La siguieron al interior del palacio y a lo largo de un pasillo pintado con frescos de los antiguos juegos griegos. Las vigas del techo estaban talladas y doradas, y los suelos de mármol aparecían cubiertos de gruesas alfombras azules y rojas de Persia. Al final del pasillo se abría una puerta de doble hoja, marcada con el escudo de armas de Mesembria. Un Neptuno coronado, tridente en mano, surgía de las olas con una concha al fondo. Ana no aflojó el paso, y los soldados que montaban guardia a ambos lados de la puerta la abrieron de par en par.
Ana señaló.
– Las habitaciones de mi señor están a la derecha. Supongo que querrá bañarse para quitarse de la piel la sal del viaje por mar. Las habitaciones de mi señora están aquí, y un baño perfumado la espera.
Mordiéndose el labio para no reír, Adora miró resignada a su marido. Este encogió los hombros, le asió la mano y la besó.
– Hasta luego, hermosa -murmuró.
Ella asintió con la cabeza y siguió a Ana.
Una de las habitaciones de Teadora era un soleado salón con una gran chimenea de mármol, las columnas de cuyos lados eran tallas de jóvenes diosas desnudas. Las llamas saltarinas proyectaban sombras rojas y doradas sobre las estatuas, dándoles un aspecto seductor. De las paredes pendían los más hermosos tapices de seda que jamás hubiese visto Adora. Había doce de ellos, cada uno de los cuales representaba un episodio de la vida de Venus. El suelo de mármol estaba cubierto de gruesas alfombras. Cortinas de seda pendían en las ventanas, y los muebles eran una mezcla de los estilos bizantino y oriental. El azul celeste y el dorado eran los colores dominantes.
El dormitorio de Adora estaba pintado de rosa coral y de un color crema pálido con ligerísimos toques de oro. Tal como había prometido Alejandro, allí estaba el tocador idéntico al del barco. Pero, para regocijo de ella, la cama grande tenía también la forma de una enorme concha. Los pies eran de delfines dorados que se apoyaban en las curvadas colas para sostener la concha con el hocico. La cama estaba rematada con una corona de oro y resguardada por cortinas de gasa de color rosa coral. Esta habitación de cuento de hadas tenía vistas sobre el mar. Un escalofrío le recorrió el cuello al imaginarse a Alejandro y ella misma haciendo el amor en la maravillosa cama de aquella maravillosa habitación.
– Vuestro baño está aquí, mi princesa -le sobresaltó la voz de Ana.
Entraron en un cuarto embaldosado de azul, con una bañera hundida, donde esperaban varias jóvenes doncellas. Una hora después, Teadora se había bañado y quitado la sal de la piel y los cabellos. Luego se puso un caftán holgado de seda de pálido color de albaricoque y entró de nuevo en el salón, donde encontró la mesa de la cena preparada junto a las ventanas. El cielo había empezado a oscurecerse y la luna se alzaba, reflejándose en el mar en calma.
Alejandro la estaba esperando envuelto en un caftán de seda blanca. Los servidores habían desaparecido como por arte de magia.
– ¿Te importará hacer de camarera, mi amor?
– No. Quiero estar sola contigo. Llevamos horas sin poder estar juntos y lejos de la multitud. -Le sirvió una copa de dorado vino de Chipre y, después, riendo, le llenó el plato de ostras crudas, pechuga de capón y aceitunas negras-. Nuestro cocinero no es muy sutil. ¡Incluso el postre está hecho de huevos!