El se echó a reír, se la sentó sobre las rodillas y le besó la irritada boca.
– Tampoco quiero yo estar separado de ti, hermosa. Pero tengo que marcharme y no podemos estar los dos fuera de nuestra ciudad al mismo tiempo.
Los ojos violetas se rebelaron.
– ¿Por qué?
– ¿Y si estuvieses embarazada? ¿Y si vinieses conmigo y se hundiese el barco? Mesembria se quedaría sin un Heracles por primera vez en cinco siglos.
– Mesembria sería más pobre sin la familia Heracles -respondió lógicamente ella-. Lo admito. Pero sobreviviría. Además, acabo de tener la regla y, por consiguiente, no estoy embarazada y tú lo sabes muy bien.
– Ay, hermosa, tenemos esta noche y el día de mañana ante nosotros. -Sus manos empezaron a moverse, provocativas.
– ¡No! -Ella se levantó de un salto-. ¡No soy una yegua! El sitio de la esposa es junto a su marido. Quiero ir contigo,^ ¡e iré! El suspiró.
– Te estás comportando como una chiquilla, Adora.
– Y tú, mi señor marido, con toda tu cháchara acerca de las dinastías, pareces un asno cada vez más engreído. No estoy embarazada, y la probabilidad de que conciba en los siguientes dos días es nula. En cambio, si dejas que vaya contigo, tal vez volveremos de Trebisonda, no sólo con un acuerdo comercial, sino también con la esperanza de un heredero. ¿O acaso tienes alguna agradable criatura que espera ansiosamente tu llegada en Trebisonda?
– ¡Teadora!
– ¡Alejandro!
La indignación y la resolución aumentaban su belleza, y a punto estuvo él de sucumbir. Pero un hombre tiene que ser dueño de su propia casa. Con una rapidez que la sorprendió completamente, la agarró, la puso sobre sus rodillas y, después de subirle la túnica, le azotó el trasero. Ella chilló, más de cólera que de dolor.
– Si te comportas como una chiquilla, debes ser tratada como tal -dijo severamente él, propinándole una última palmada.
Y la levantó de nuevo.
– Nunca te lo perdonaré -gimió ella.
– Sí que me lo perdonarás -respondió él, con tranquilidad irritante, y torció la boca en una sonrisa maliciosa al inclinarse para besarla.
Ella apretó fuertemente los labios. Alejandro insistió, riendo, mordisqueándole la boca, mientras los ojos de Adora echaban chispas. Después él se detuvo y dijo a media voz:
– Teadora, ¡mi dulce Adora! ¡Te amo!
– ¡Maldito seas, Alejandro! -replicó ella, con voz ronca, y le enlazó el cuello con los brazos-. Primero me pegas y después quieres hacerme el amor. Había oído hablar de hombres como tú, ¡y no sé si los apruebo!
El empezó a reír.
– ¿Dónde diablos has aprendido estas cosas, Adora?
– Las mujeres del harén de Orján podían estar encerradas, pero sabían mucho y tenían poco que hacer, salvo hablar.
– Es deber del marido corregir y castigar a su esposa -la pinchó él.
– No si después quiere hacer el amor con ella -lo zahirió
Adora a su vez.
Aquella noche, Alejandro le hizo el amor lentamente y con una pasión tan controlada que ella le gritó varias veces que acabase de una vez. Nunca lo había visto tan pausado. Empleaba su cuerpo como un instrumento de precisión, con gran delicadeza y con una habilidad que la dejaba sin resuello y pidiendo más.
Él movió lentamente la cabeza sobre su cuerpo, besándola suavemente, hasta llegar al lugar secreto. Adora gimió y sacudió violentamente la cabeza. El levantó la suya, de cabellos de oro.
– ¿Te acuerdas de la primera vez, hermosa? ¿De la primera vez que te amé de esta manera?
– Sí… ¡Sí!
Él le sonrió cariñosamente.
– Has aprendido un poco, ¿no?
– ¡Sí!
– Eres como un suave vino dulce -dijo Alejandro, y saltó encima de ella.
Adora se retorció debajo de él, suplicantes los ojos amatista, y él la penetró suavemente.
– ¡Oh, Alejandro! -jadeó ella, recibiéndole de buen grado.
Y por primera vez empleó un antiguo arte sexual que le habían enseñado en el harén de su primer marido. Contrajo los músculos vaginales, suavemente al principio y aumentando después la presión al acelerarse el ritmo. El gimió, agradablemente sorprendido, y le murmuró al oído:
– ¡Dios mío! ¡Eres una bruja! Detente… ¡o no tendrás tiempo de alcanzar la cima de tu propia montaña!
Ahora dominaba ella, y este sentimiento de poder le resultaba delicioso.
– ¿Me amarás sólo una vez esta noche, mi señor? -Y lo estrechó con fuerza, casi dolorosamente. Él gritó y, sollozando de alivio, expulsó la torturada simiente-. ¡Amado mío! -murmuró Adora, acunándole cariñosamente la cabeza sobre los senos.
Yacieron inmóviles durante un rato y, entonces, ella sintió que Alejandro se excitaba de nuevo.
– Vamos, hermosa -dijo Alejandro, con voz de nuevo firme-. Tengo que gozar de mi dulce venganza.
Y se movió tan rápidamente que ella no pudo sujetarlo y sintió, una tras otra, oleadas de placer. Entonces empezó a subir con él a la cima de aquella montaña que los dos conocían tan bien. Nada importaba, salvo la dulce y ardiente intensidad entre ellos. Adora no podía más, pero él la obligó a seguir hasta que, de pronto, se sintió caer en una vorágine dorada hasta una suave paz perfecta.
Cuando al fin recobró el sentido, se encontró en el cálido y seguro círculo de los brazos de su marido. Levantó la cabeza y miró los bellos ojos de aguamarinas. Él sonrió.
– Nos hemos amado bien, hermosa, ¿no es verdad?
– Sí -respondió ella-. Siempre es bueno entre nosotros.
– Tal como te prometí -la pinchó él.
– Vanidoso -contraatacó débilmente ella. Y después, en un tono más serio, dijo simplemente-: Nunca había sido tan feliz, Alejandro. ¡Te amo tanto!
– ¡Y yo a ti, hermosa! Sin ti, no habría un lugar para mí en el mundo. Eres mi corazón, el aire que respiro.
Suspirando satisfecha, Adora apoyó la cabeza en la curva del brazo de él y se quedó dormida.
Alejandro sonrió, mirándola. Era tan adorable que su corazón se contrajo dolorosamente con el conocimiento de lo que tenía que hacer. Poco a poco, cerró los ojos y se durmió.
Cuando Adora se despertó, varias horas más tarde, la luz del amanecer inundaba su dormitorio. Alejandro se había ido. Pero muchas veces se levantaba antes que ella. Llamó a Ana, le ordenó que preparase el baño y pasó una hora de ocio bañándose. Después, mientras Ana le ayudaba a ponerse la túnica, preguntó:
– Ana, ¿desayunará conmigo mi señor?
– No, mi señora -y la sirviente se volvió rápidamente.
– ¡Ana! ¿Qué sucede?
– ¿Sobre qué, mi señora?
La mujer se mostraba deliberadamente evasiva.
– ¿Dónde está mi señor Alejandro? -preguntó llanamente Adora.
Ana suspiró. Tomando a su señora de la mano, la condujo a la terraza y señaló hacia el mar.
– Aquel punto de allá a lo lejos, mi princesa, es el barco del señor Alejandro. Zarpó antes del amanecer.
– ¡Jesús! -exclamó furiosa Adora-. ¿Cómo ha podido? ¡Prometió que yo podría ir también!
– ¿Lo prometió?
Ana estaba perpleja.
– Bueno -dijo evasivamente Adora-, creí que lo daba por hecho.
– Dejó esto para vos, mi princesa.
Adora cogió el pergamino enrollado. Rompió el sello y leyó «Perdóname, hermosa, pero una noche más como la última y no habría podido dejarte. ¿Y qué habría sido entonces de nuestra bella ciudad? Volveré dentro de dos meses. Cada minuto lejos de ti será como un día entero, y cada día, como una eternidad. Es para mí un castigo mucho peor que el que tú podrías imponerme por este engaño. Gobierna bien durante mi ausencia. Y no olvides nunca, mi Adora, que te amo. Alejandro.»
El pergamino quedó colgando de su mano. De pronto, Adora se echó a reír. Después, con la misma rapidez, lloró y maldijo a Alejandro. Viendo la mirada de espanto de Ana, le explicó:
– No temas por mi cordura, mi buena Ana. Estoy bien. Sencillamente, mi señor me ha superado en la partida de ajedrez que estamos jugando continuamente. Debo aceptarlo de buen grado, aunque preferiría tomar un barco e ir tras él.