– Entonces, ve -suspiró ella, resignada-. Pero vuelve pronto.
– No estaré tanto tiempo como la última vez, hermosa. Sólo el suficiente para ir a Trebisonda, festejar a los mercaderes y volver a Mesembria. Un mes como máximo, si los vientos son favorables.
– Llévate a Zenón, Alejandro. Desde que encontraron a aquella pobrecita sirvienta en la puerta trasera de palacio, cruelmente asesinada, ha estado muy nervioso. Tal vez el viaje por mar lo tranquilice.
Alejandro asintió con la cabeza.
– No puedo comprender por qué hizo alguien una cosa tan horrible a una persona tan poco importante. El asesinato es una cosa, pero la terrible manera en que fue mutilada y cegada la muchacha… Fue algo repugnante. Creo que lo que asustó tanto a Zenón fue el hecho de que la muchacha se llamase Ana, como su mujer. Sí. Me lo llevaré conmigo. Tal vez cuando volvamos se habrán calmado sus nervios.
Aquella noche hicieron el amor con ternura y lentamente. Cuando llegó la mañana, Adora fue con su marido al cuarto de su hija y observó cómo Alejandro se despedía de la pequeña. El padre mordisqueó los dedos de los pies de la criatura, provocando una risa de regocijo. Después la levantó y preguntó:
– ¿Y qué le va a traer el poderoso déspota de Mesembria a la más linda de las niñas, su princesa Ariadna? ¿Tal vez un cuenco de porcelana de Catay, lleno de raros tulipanes persas del color de tus ojos? ¿O una copa de oro, tallada, rebosante de perlas indias del tono de tu piel?
– ¡Da! -rió encantada la pequeña.
Después susurró suavemente a su padre. A Adora se le contrajo el corazón al ver las dos cabezas, igualmente doradas, apretadas juntas. Lo único que Ariadna tenía de ella era el color de los ojitos. Todo lo demás, incluida la expresión de aquellos ojos, era de Alejandro.
Este besó cariñosamente a su hija y la devolvió a su niñera. Marido y mujer salieron y se dirigieron al lugar donde esperaba la falúa.
– Despidámonos aquí, hermosa. Si vinieses al barco conmigo, tal vez no te dejaría marchar.
– ¡Deja que vaya esta vez! -suplicó impulsivamente ella-. Si no volviésemos, Mesembria tiene ya una Heracles para gobernar.
– Pero es una heredera, hermosa, no un heredero. Tienes que quedarte para proteger a nuestra hija. Si yo no volviese, ¿confiarías su destino a personas extrañas?
– No -respondió ella con tristeza-, pero prométeme que, después de este viaje, no volverás nunca a dejarme sola.
– Te lo prometo, hermosa -respondió él. Se inclinó y buscó sus labios. Ella le rodeó el cuello con los brazos y pegó el cuerpo al de su marido. Mientras se besaban, ella sintió que unas lágrimas humedecían y le escocían los ojos cerrados. El se dio cuenta y la besó en los párpados-. No, hermosa, no llores. Estaré en casa antes de que te des cuenta de mi ausencia.
Entonces se desprendió de los brazos de Adora y saltó a la falúa. Ésta se apartó del muelle del palacio, en dirección a la galera que esperaba en el puerto.
Aquella tarde, Ariadna estuvo febril e inquieta. Adora, Ana y la niñera se turnaron junto a la cuna de la pequeña toda la noche. A la mañana siguiente, la cara y el cuerpo de la princesita estaban cubiertos de manchas rojas, y la niña gemía lastimeramente. Se tapaba los ojos con los pequeños puños para resguardarlos de la luz del sol. Acudieron los médicos, con sus largas túnicas negras, para reconocer a la niña y examinar su orín.
– ¿Viruela? -murmuró Adora, temerosa.
– No, señora. Podéis estar segura de que no es viruela, sino simplemente una dolencia infantil de la que seguramente se recuperará Ariadna.
– ¿Seguramente? ¿No tenéis la certeza?
– En ocasiones, Alteza, los niños fallecen de esta clase de fiebres, pero son los hijos de los pobres, no criaturas bien cuidadas como ésta. Es muy raro que un niño de la clase privilegiada muera de esta enfermedad. Mantened la habitación a oscuras, pues la luz daña los ojos en esta dolencia. Cuidad de que la princesa tome mucho líquido. Dentro de pocos días, se habrá recuperado.
Pero no fue así, Ariadna no parecía responder al tratamiento prescrito. Se debilitó demasiado para poder mamar, y Adora tuvo que extraer la leche de sus pechos e introducirla a cucharadas en la boca de su hija. Ariadna engullía parte de la leche, pero gran cantidad de ella se le escurría por la comisura de los labios. Adora no se apartaba un momento del lado de la pequeña.
Entonces Ariadna al fin mostró alguna mejoría y Ana pudo convencer a Adora de que fuese a descansar. Ésta, agotada, durmió veinticuatro horas seguidas.
Entonces empezó a trabajar frenéticamente. Pero, a pesar del arduo programa que se había fijado, todavía le costaba dormir por la noche. Se sentía sola en aquella cama tan grande sin Alejandro.
Transcurrió una semana. Y entonces, ocho días después de la partida de Alejandro hacia Trebisonda, el alba reveló el barco real que volvía a entrar en el puerto del palacio.
Ana sacudió a su dueña para despertarla.
– ¡Mi princesa! ¡Mi princesa! ¡El barco del príncipe ha regresado!
Adora se despertó al instante y saltó de la cama, esperando a duras penas la bata de seda verde que Ana le ayudó a ponerse. Descalza, con los largos cabellos oscuros ondeando detrás de ella, cruzó corriendo el jardín y bajó a la playa, en el momento en que llegaba el pequeño bote del barco. Iban tres personas en éclass="underline" un marinero que remaba, el capitán del barco y Zenón. El bote varó en la playa.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Adora-. ¿Dónde está mi señor Alejandro? ¿Por qué habéis regresado?
El capitán y Zenón saltaron del bote. Zenón estaba pálido y andaba encorvado. Parecía muy enfermo. El capitán tenía un aspecto sombrío.
Adora empezó a asustarse.
– ¿Dónde está mi señor Alejandro? -repitió.
Zenón empezó a llorar y cayó de rodillas a sus pies. Adora sintió vértigo. Miró al capitán. Éste tenía los ojos llenos de lágrimas.
– ¿Mi señor Alejandro…? -murmuró ella.
– Muerto. -La palabra brotó fría y dura-. ¡Ay, Dios mío, mi princesa! ¡Antes quisiera haber muerto yo que tener que daros esta noticia!
Teadora lo miró fijamente y, poco a poco, la terrible comprensión se reflejó en sus ojos. Zenón gemía a sus pies.
– ¿Muerto? -barbotó ella. Se volvió despacio y se derrumbó en la playa-. ¡No! ¡Muerto no! ¡Muerto no!
Sintiéndose mucho más viejo de lo que correspondía a su edad, el capitán levantó a la mujer. Adora estaba ahora inconsciente. La llevó al interior del palacio, confiándola a sus frenéticos servidores, y entonces dio la trágica noticia al chambelán.
Basilio convocó inmediatamente una reunión del consejo real. Los atónitos consejeros decidieron preguntar a su reina, cuando se recobrase, si quería seguir siendo su gobernante. Teadora Cantacuceno había demostrado a los mesembrianos que era realmente una de ellos, y ellos preferían, con mucho, un gobernante conocido, aunque fuese mujer, a un príncipe extranjero y desconocido.
La reina de Mesembria yacía inconsciente en la gran cama, atendida por sus mujeres. Convencida de que Adora no despertaría aún, Ana salió a hurtadillas de la habitación para enfrentarse a su marido. Allí pasaba algo más que lo que estaba a la vista. Conocía bien a Zenón. Su dolor era más que simple aflicción. Estaba tumbado en la cama de su habitación, mirando al techo con ojos ciegos. Ella cerró la puerta, se sentó junto a él y habló.
– ¿Qué has hecho, esposo mío? -preguntó en voz baja.
– ¡Tuve que hacerlo, Ana! Ella lo sabía todo sobre nuestra María. Me dijo que ordenaría tu ejecución, ¡y me describió cómo sería! Yo no podía dejar que aquello ocurriese. ¡Tenía que matarlo para ella!
– ¿Por quién, esposo mío? ¿Por quién hiciste una cosa tan horrible?
– Por la emperatriz Elena.