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—No hay tiempo que perder, querido señor Ci... Cippa...

...tola —concluyó el viejo—. No le pido a usted más que una hora para reflexionar. Este asunto atañe a los intereses de la hija de mis bienhechores... ¡por eso es un deber, una obligación para mí el reflexionar...! Dentro de una hora, de tres cuartos de hora, conocerá usted mi resolución.

—Bueno, esperaré.

—Y ahora, ¿qué respuesta llevo a la signorinaGemma? Sanin cogió un pliego de papel y escribió:

—“No tenga usted miedo, mi querida amiga. Dentro de tres horas iré a verla, y todo se explicará. Le doy a usted las gracias con toda mi alma por el interés que me manifiesta”.

Y entregó esta esquela a Pantaleone.

Éste la puso con cuidado en el bolsillo interior de su paletot,y después de repetir otra vez: “¡Dentro de una hora!”, se dirigió a la puerta; pero bruscamente volvió pies atrás, corrió hacia Sanin, le agarró la mano y estrechándosela contra su buche, con los ojoslevantados al cielo, exclamó:

—¡Nobil giovinotto, gran cuore!¡Permita usted a un débil viejo ( a un vechiotto) estrecharle su valerosa mano! ( la vostra valorosa destra).

Dando enseguida algunos pasos de espalda, agitó ambos brazos y salió.

Sanin le siguió con la vista... después cogió un periódico y creyóse en el caso de leer. Pero por más que sus ojos se empeñaban en recorrer las líneas, no comprendió nada de lo que leía.

XVIII

Al cabo de una hora, el mozo entregó a Sanin una tarjeta, vieja, mugrienta, que decía:

PANTALEONE CIPPATOLA DE VARESE.

Cantante di Camera de S. A. R. il Duca di Modena

Y Pantaleone en persona entró siguiendo los pasos del camarero. Habíase cambiado de ropa de pies a cabeza. Llevaba un frac negro con las costuras de color de ala de mosca, y un chaleco de piqué blanco, sobre el cual una cadena dorada hacía eses. Un pesado sello de comerina bajaba hasta sus pantalones ajustados; de antigua moda, “de puente”. Tenía en la mano derecha un sombrero negro de pelo de conejo, y en la mano izquierda un par de grandes guantes de gamuza. La corbata aún era más ancha y más alta que de costumbre, y en su almidonada chorrera brillaba un alfiler adornado con un ojo de gato. El índice de la mano derecha ostentaba un anillo formado por dos manos enlazadas alrededor de un corazón echando llamas. Toda la persona del viejo exhalaba olor a baúl, olor de alcanfor y almizcle; y la preocupación, la solemnidad de su porte, hubiera chocado hasta a un espectador indiferente. Sanin se levantó y salió a su encuentro.

—Seré su testigo —dijo Pantaleone en francés, e inclinó todo el cuerpo hacia adelante, después de lo cual puso los pies en la primera posición, como un maestro de baile—. Vengo a tomar sus instrucciones. ¿Desea usted batirse sin cuartel?

—¿Por qué sin cuartel, mi querido Pantaleone? ¡Por nada del mundo retiraría las expresiones que ayer proferí, pero no soy un bebedor de sangre!

—“Por lo demás, aguarde usted; pronto va a venir el testigo de mi adversario, y se entenderá usted con él. Quede usted convencido de que nunca olvidaré este servicio, por el cual le doy las gracias con todo mi corazón.

—¡El honor ante todo! —respondió Pantaleone, y se arrellanó en una butaca sin esperar a que Sanin le rogara que se sentase—. ¡Si ese ferrofluto spiccebubbio, ese hortera de Klüber no sabe comprender el primero de sus deberes, o si tiene miedo, tanto peor para él...! ¡Alma vil!, eso es todo. En cuanto a las condiciones del duelo, soy testigo de usted y sus intereses son sagrados para mí. Cuando vivía yo en Padua, había allí un regimiento de dragones blancos y estaba relacionado con varios oficiales... Todo su código me es familiar; y a menudo he hablado de estos asuntos con el compatriota de usted, el príncipeTarbusski... ¿Vendrá pronto ese testigo?

—Le espero de un momento a otro... y aquí viene ya —añadió, mirando por la ventana.

Pantaleone se levantó, miró la hora que era en su reloj, se arregló las melenas, y se dio prisa a meterse dentro del zapato una cinta que le salía por abajo del pantalón. Entró el subteniente, siempre tan encendido y tan turbado.

Sanin presentó uno a otro los testigos:

—Von Richter, subteniente... El señor Cippatola, artista...

El subteniente experimentó alguna sorpresa al ver al viejo..., ¡Qué hubiera dicho si alguien le hubiese cuchicheado al oído que “el artista” en cuestión practicaba también el arte culinario...! Pero Pantaleone tenía tal aire de prosopopeya, que un duelo parecía ser para él una cosa habitual y corriente. En aquella circunstancia, los recuerdos de carrera teatral vinieron probablemente en su auxilio, y representó el papel de testigo precisamente como un papel. El subteniente y él guardaron silencio un instante.

—¡Vamos, empecemos! dijo a la postre Pantaleone, jugando al descuido con su sello de comerina.

—¡Comencemos! —respondió el subteniente—. Pero... la presencia de uno de los adversarios...

—Señores, dejo a ustedes —exclamó Sanin, saludándoles, entró en su dormitorio y cerró la puerta.

Echóse en la cama y se puso a pensar en Gemma... Pero la conversación de los testigos, a pesar de estar cerrada la puerta, llegaba a sus oídos. Empleaban el idioma francés, destrozándolo ambos sin compasión, cada cual a su antojo. Pantaleone hablaba de los dragones de Padua y de il principeTarbusski; el subteniente había vuelto a lo de las exghises léchéres(ligeras excusas) y los goups te bisdolet á l’amiáple(pistoletazos de amigo). Pero el viejo no quiso oír hablar de ningún género de exghises. Con gran espanto de Sanin, se puso de pronto a hablar de una joven señorita... oune zeune damigella innoncenta qu’ella sola dans soun peti doa vale pinque toutt le zouffüssié del mondo. Yvarias veces repitió con animación: ¡E ouna onta, ouna onta! (es una vergüenza). Al principio, el subteniente no prestó a ello ninguna atención; pero después oyóse la voz del joven, haciendo observar, temblando de cólera, que no había venido a oír sentencias morales...

—A la edad de usted siempre es útil oír cosas justas —exclamó Pantaleone.

La discusión se hizo tempestuosa varias veces entre los señores testigos. Al cabo de una hora de disputas, convinieron en las condiciones siguientes: el barón von Dónhof y el señor Sanin se encontrarían al día siguiente, a las diez de la mañana, en un bosquecillo cerca de Hanau; tirarían a veinte pasos, teniendo cada uno derecho a hacer dos disparos, a una señal dada por los testigos. Serviríanse de pistolas ordinarias.