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Von Richter se retiró. Pantaleone abrió la puerta del dormitorio y comunicó a Sanin el resultado de la entrevista, exclamando:

—¡Bravo ruso, bravo giovinotto, serás vencedor!

Pocos instantes después se encaminaban a la confitería Roselli.

Sanin tuvo la precaución de exigir a Pantaleone el más profundo secreto acerca del duelo. Como respuesta, el viejo alzó un dedo y repitió dos veces guiñando los ojos:

—Segretezza!

Se había rejuvenecido visiblemente y andaba con paso más firme. Todos aquellos sucesos extraordinarios, aunque poco agradables, le recordaban con viveza la época en que enviaba y recibía él mismo carteles de desafío, verdad es que en escena. Sabido es que los barítonos, en su papel, a menudo tienen ocasiones de hacer el gallito.

XIX

Emilio salió al encuentro de Sanin —le estaba acechando hacía más de una hora— y le dijo a escape, al oído, que su madre ignoraba todos los disgustos de la víspera y que era preciso no hablar de ellos; que a él le mandaban al almacén, pero que en vez de ir allá se escondería no importa dónde. Después de haber dado estas noticias en pocos segundos, se arrojó bruscamente al cuello de Sanin; le abrazó con entusiasmo y desapareció corriendo. Sanin encontró a Gemma en la tienda. Quería decirle ella alguna cosa, pero no pudo hablar. Temblábanle los labios ligeramente, y sus párpados oscilaban sobre los inciertos ojos. Para tranquilizarla, apresuróse él a asegurar que todo había terminado, que aquel asunto no era más que una chiquillada.

—¿No ha ido a verle a usted hoy nadie? preguntó ella. Estuvo un caballero, nos explicamos, y... hemos llegado al acuerdo más satisfactorio.

Gemma se volvió a ir detrás del mostrador.

“No me cree”, pensó Sanin... Sin embargo, pasó al aposento inmediato, donde encontró a FrauLenore.

Ésta ya no tenía jaqueca, pero se encontraba en una melancólica disposición de ánimo. Sonriéndole con cordialidad, le previno que se aburriría aquel día, pues no se hallaba capaz para ocuparse de él. Al sentarse junto a ella, notó que tenía rojos e hinchados los párpados.

—¿Qué tiene usted, Frau Lenore? ¿Ha llorado usted?

—¡Chito! —dijo, indicando por señas con la cabeza la estancia ‘donde se encontraba su hija—. ¡No diga usted eso... en voz alta!

—Pero, ¿por qué ha llegado usted?

—¡Ah, señor Sanin, yo misma no lo sé!

—¿No le ha dado a usted nadie ningún disgusto?

—¡Oh, no...! Me he sentido triste de pronto... He pensado en Giovanne Battista... ¡en mi juventud! ¡Qué pronto pasó todo eso! Me hago vieja, amigo mío, y no puedo acostumbrarme a esta idea. Me parece que soy siempre la misma de antes... y llega la vejez... ¡ya la tengo encima! Brotaron las lágrimas en los ojos de FrauLenore—. Me mira usted con extrañeza—, lo veo... ¡También usted se hará viejo, amigo mío, y verá cuán amargo es eso!

Sanin se esforzó por consolarla hablándole de sus hijos, en los cuales veía revivir su juventud. Hasta trató de embromarla, diciendo que buscaba el me dio de obligar a que le echasen piropos. Pero ella le impuso silencio con tono serio; y por primera vez adquirió él el convencimiento de que nada puede consolar ni distraer de la pena causada por la proximidad de la vejez; hay que esperar a que esa pena se calme por sí misma. Sanin propuso a FrauLenore jugar al tresette; no hubiera podido imaginar nada mejor. Consintió al punto y pareció aclararse su negro humor.

Sanin jugó con ella antes y después de la comida. También Pantaleone tomó parte en el juego. ¡Nunca le había caído tan abajo el copete sobre la frente, nunca se le había hundido tan adentro de la corbata la barbilla! Todos sus movimientos indicaban una importancia tan reconcentrada, que al mirarle preguntábase cualquiera:

“¿Qué secreto podrá ser el que con tanta firmeza guarda ese hombre?”

Pero segretezza, segretezza.

Durante todo el transcurso de aquel día se esforzó por manifestar a Sanin la más extremosa consideración; en la mesa le servía el primero, antes que a las damas, con aire solemne y resuelto; durante la partida de naipes, le cedió su vez y no se permitió obligarle a plantarse; por último, declaró en redondo, sin venir a pelo, que la nación rusa era la más magnánima, la más brava y la más atrevida del mundo. “¡Anda, viejo comido! “, dijo Sanin para sus adentros.

Si la disposición de ánimo de la señora Roselli le asombraba, no menos le sorprendía el modo de conducirse Gemma con él. Y no porque le evitase... antes por el contrario, nunca se sentaba muy lejos de él, y le oía hablar mirándole; sino que, decididamente, no quiso entablar con él conversación, y en cuanto Sanin le dirigía la palabra, levantábase ella con dulzura y se alejaba algunos instantes; volvía después y se colocaba en algún rincón, donde permanecía inmóvil como quien medita o, más bien, como quien duda. Por fin, la misma FrauLenore notó lo extraño de sus maneras y le preguntó en dos ocasiones qué tenía.

—No es nada —respondió Gemma—. Ya sabes que algunas veces soy así.

—Es verdad —dijo la madre.

De ese modo transcurrió aquel día, ni animado, ni lánguidamente, ni alegre, ni triste. Si Gemma se hubiese conducido de otro modo, ¿quién puede asegurar que Sanin no hubiese cedido a la tentación de fachendear un poco? Quizá se hubiera abandonado sencillamente a la tristeza, en el momento de una separación que podía ser eterna... Pero falto de posibilidad para hablar con Gemma, tuvo que limitarse antes de tomar café por la noche, a tocar acordes, en tono menor, durante un cuarto de hora, en el piano.

Emilio volvió tarde, y para evitar toda pregunta relativa a HerrKlüber se acostó en seguida. Llegó el momento de irse Sanin.

Al decir adiós a Gemma, acordóse de la separación de Lensky y Olga, en Eugenio Oneguín. Le apretó con mucha fuerza la mano y trató de verle de frente la cara: pero ella se volvió un poco y retiró los dedos.

XX

El cielo estaba del todo estrellado cuando salió Sanin. ¡Y qué de estrellas por todas partes, grandes, pequeñas, amarillas, azules, rojas, blancas, que centelleaban e irradiaban cruzando sus resplandores intermitentes! No había luna en el cielo; pero no por eso se veían menos bien los objetos en aquella semioscuridad transparente y sin sombras. Sanin llegó al cabo de la calle... No tenía gana de volverse tan temprano a la fonda, sentía la necesidad de tomar el aire. Volvió pies atrás, y antes de llegar a la casa donde estaba la confitería de Roselli, se abrió bruscamente una de las ventanas de la planta baja que daba a la calle. En el rectángulo oscuro que dibujaba (no había luz en el cuarto) apareció una forma femenina, y oyó que le llamaban: