—¡Señor Demetrio!
Precipitóse hacia la ventana... Era Gemma, puesta de codos en el alféizar e inclinada adelante.
—Señor Demetrio dijo en voz baja—, durante todo el día he querido darle a usted una cosa...; pero no me he atrevido. Ahora, al verle a usted de una manera tan inesperada, he dicho para mí que probablemente estaba escrito...
Sin que su voluntad interviniese para nada en ello, Gemma se detuvo en esta palabra. Le impidió proseguir una cosa extraordinaria que ocurrió e n aquel momento.
En medio de una tranquilidad profunda y bajo un cielo completamente sin nubes, alzóse de pronto un ventarrón tan fuerte que la misma tierra tembló bajo sus pies; la tenue claridad de las estrellas estremecióse y onduló, la atmósfera pareció rodar sobre sí mismo. Un torbellino, no frío, sino cálido y casi ardiente descargó sobre los árboles y el tejado de la casa, chocó contra las fachadas de toda la calle, se llevó con rapidez el sombrero de Sanin, retorció y enmarañó los negros rizos del cabello de Gemma. Sanin tenía la cabeza al nivel de la repisa de la ventana; involuntariamente se encaramó a ella, y Gemma, cogiéndole con ambas manos por los hombros, cayó de pecho sobre el rostro de él. Todo aquel desorden, aquella batahola y aquel estruendo duraron apenas un minuto... Luego huyó tumultuosamente aquel torbellino, cual una bandada de enormes aves... y restablecióse la más profunda tranquilidad.
Sanin levantó la cabeza y vio encima de sí unos grandes ojos, tan magníficos y terribles, una cara tan pasmosamente hermosa con su expresión de turbación y de espanto, que sintió desmayársele el alma: oprimió contra los labios un fino rizo de cabellos que se había soltado hasta el pecho de ella, y no pudo decir más que dos palabras: —¡Oh, Gemma!
—¿Qué ha sucedido? ¿Un relámpago? —preguntó ésta, abriendo muchísimo los ojos y sin retirar los desnudos brazos de encima de los hombros de Sanin.
—¡Gemma! —repitió él.
Estremecióse ella, miró tras de sí a la estancia, y con rápido ademán, sacándose del corsé una rosa marchita, se la echó a Sanin. —Querría darle a usted esa flor... Sanin reconoció la rosa que había reconquistado la víspera... Pero la ventana se había cerrado ya, y no había ninguna forma blanca visible detrás de las vidrieras oscuras.
Sanin regresó a la fonda sin sombrero; ni siquiera notaba que se le había perdido.
XXI
No se durmió hasta el alba. Nada tiene esto de particular: con la racha de aquel cálido torbellino que tan repentinamente había pasado sobre ellos, había sentido también de repente, no que Gemma era hermosa y que la admiraba él, porque esto ya lo sabía, sino que estaba casi... que estaba, sin casi, enamorado. Aquel amor le había envuelto de pronto, como el torbellino de la víspera. ¡Y ahora ese duelo estúpido! Fúnebres presentimientos le asaltaron. Aun suponiendo que no quedase muerto, ¿qué podía ser de su amor hacia aquella joven prometida esposa de otro? Ese “otro” era poco de temer: conformes. Gemma podía amar a Sanin y quizá le amase ya... Pero, aun así, ¿qué podía resultar de todo aquello? ¡Qué importa! Cuando se trata de una hermosura semejante...
Dio algunas vueltas por el cuarto, se sentó delante de la mesa, cogió un pliego de papel, escribió algunas líneas y las borró enseguida. Parecíale que volvía a ver en aquella ventana a oscuras, bajo la claridad de las estrellas, la figura de Gemma, ondulante entre aquel cálido torbellino, que volvía a ver sus marmóreos brazos parecidos a los de las diosas del Olimpo; sentía su peso vivo encima de sus hombros... Enseguida cogió la rosa que ella le había echado y se figuró que sus pétalos, medio marchitos, exhalaban un aroma más sutil que el de las otras rosas.
—¿Y si fuese a quedar muerto o estropeado?
No volvió a la cama, sino que se durmió vestido sobre el diván. Alguien le tocó en el hombro.
Abrió los ojos y vio a Pantaleone.
—¡Duerme como Alejandro de Macedonia la víspera del combate de Babilonia! exclamó el viejo pobre hombre.
—¿Qué hora es? preguntó Sanin.
—Las siete menos cuarto... Desde aquí hay dos horas de carruaje hasta Hanau, y es preciso que lleguemos ahí los primeros: los rusos se anticipan siempre a sus enemigos. He alquilado el mejor coche de Francfort.
Sanin comenzó a arreglarse, y dijo: —¿Y las pistolas?
Ese ferrofuto tedescolas llevará, como también un cirujano. Pantaleone se las echaba de plantacheta, como la víspera. Pero cuando se hubo sentado en el coche con Sanin, cuando el cochero hizo restallar la fusta y los caballos partieron a galope, prodújose un cambio repentino en el ex cantante amigo de los dragones de Padua. Sintióse turbado, le entró miedo: diríase que algo se derrumbaba dentro de él, como un muro mal construido.
—Pero qué hacemos, gran Dios, Santísima Madonna! —exclamó de pronto con voz lacrimosa, tirándose de los pelos—. ¡Qué hago yo, viejo imbécil, viejo loco, frenético!
Sanin, asombrado al principio, echóse a reír; y cogiendo ligeramente por la cintura a Pantaleone, le recordó el proverbio: Cuando se ha echado el vino, hay que beberlo.
—Sí, sí —respondió el viejo—, participemos del cáliz, pero eso no impide que sea yo un insensato. ¡Sí, un insensato! Todo estaba tan tranquilo, tan agradable, y de pronto ¡patatrás, tralará!
—Como en un tullíde orquesta —añadió Sanin, con una risa forzada—. Pero usted no tiene la culpa.
—¡Ya lo sé que no tengo la culpa! ¡Pues no faltaba más! Sino que... aquel proceder incalificable... ¡Diavolo, diavolo!repitió suspirando y sacudiendo las melenas.
Y el coche rodaba, rodaba sin parar.
Hacía una magnífica mañana. Las calles de Francfort, que empezaban a animarse apenas, tenían un aspecto limpio y hospitalario; las ventanas de las casas brillaban y relucían como papel dorado; y no bien hubo salido el coche a las afueras, cuando del cielo, pálido aún, bajaron los trinos sonoros de las alondras. De pronto, por un recodo del camino apareció tras de un gran álamo blanco una forma humana, dio unos pasos adelante y se detuvo. Miró Sanin... ¡Santo Dios, era Emilio!
—¿Sabía, pues, alguna cosa? preguntó Sanin a Pantaleone.
—¡Cuándo le decía a usted que soy un loco! —exclamó desesperadamente y casi con un grito de dolor el infeliz italiano—. ¡Ese malhadado muchacho me dio tormento toda la noche; y, a la postre, esta mañana se lo he dicho todo!
—¡Vaya con su segretezza! pensó Sanin.
El carruaje había alcanzado a Emilio, pálido, tan pálido como el día de su desmayo, se acercó con paso incierto. Apenas podía tenerse de pie.
—¿Qué hace usted aquí? — le preguntó con severidad Sanin—. ¿Por qué no está usted en casa?
—Permítame... permítame que vaya con usted tartamudeó Emilio con voz trémula, juntando las manos y castañeteándole los dientes como en un acceso de calentura—. ¡No estorbaré! Pero ¡lléveme! ¡Oh, lléveme usted consigo!