—Si me tiene usted el menor aprecio, el menor cariño —respondió Sanin—, vuélvase enseguida a su casa o al almacén de Klüber, no diga nada a nadie, y espere usted mi regreso.
—¡Su regreso! —dijo Emilio con voz parecida a un gemido—. Pero, ¿y si usted...?
—Emilio —interrumpió Sanin, señalándole el cochero con la vista—; ¡tenga usted cuidado! Emilio, se lo suplico, váyase a casa. Óigame, amigo mío. Dice usted que me quiere; pues bien, váyase, se lo ruego.
Y le alargó la mano. Precipitóse Emilio hacia él sollozando, apretó aquella mano contra sus labios, y apartándose del camino, huyó a campo traviesa en dirección a Francfort.
—¡Noble corazón también! murmuró Pantaleone.
Pero Sanin le miró con aire de reconvención. El viejo se arrinconó en el ángulo del coche, comprendiendo su falta. Además, su asombro iba creciendo por minutos: ¿era verdaderamente él quien iba a ser testigo de un duelo, quien había encargado los caballos, tomado todas las disposiciones y abandonado su apacible morada antes de las seis de la mañana? A la vez, empezaban a dolerle los gotosos pies.
Sanin se creyó en el deber de consolarle, halló precisamente lo que convenía decirle.
—¿Dónde está su antiguo valor respetable signorCippatola? ¿L’antico valor?Irguióse il signorCippatola y sacudió las melenas.
—¿L’antico valor?—dijo con voz de bajo—. ¡Non é ancora spento, l’antico valor!(Aún no se ha extinguido el antiguo valor.)
Tomó un aire digno, habló de su carrera, de la Ópera, de García, y llegó a Hanau con guapeza. ¡Lo que somos...! No hay nada en la tierra tan fuerte... ni tan débil como la palabra.
XXII
El bosquecillo que debía ser teatro del duelo se encontraba a un cuarto de milla de Hanau. Sanin y Pantaleone llegaron los primeros, como había dicho éste: dejaron el carruaje en un lindero del bosque y se dirigieron más allá, bajo la sombra de una espesura frondosa. Aguardaron como una hora...
Aquella espera no tuvo nada de penosa para Sanin; paseábamos de arriba abajo por el sendero, escuchando el canto de las aves, siguiendo con la vista el vuelo de las libélulas: y, como la mayoría los rusos en semejante circunstancia se esforzaba por no pensar absolutamente en nada. Sólo una vez hízose una triste reflexión al ver en su camino un tilo joven, roto acaso por la borrasca de la víspera. El árbol estaba muriéndose; todas sus hojas colgaban, marchitas ya... “¿Qué significa esto? ¿Un presagio?”. Esta idea cruzó por su mente como un relámpago fugaz; pero se puso a silbar una piececilla, y saltando por encima del mismo tilo, prosiguió su marcha. Pantaleone rezongaba, gañía, maldecía de los alemanes y se frotaba, cuándo las espaldas, cuándo las rodillas. Hasta bostezaba de agitación nerviosa, lo cual daba a su carita avellanada la expresión más graciosa del mundo. Al mirarle, costábale a Sanin no poco trabajo no soltar la carcajada.
Oyóse al fin un ruido de ruedas por el arenoso camino.
—¡Ya están aquí! —dijo Pantaleone, quien se enderezó, no sin un rápido temblor nervioso que se apresuró a disimular, diciendo: —¡Birr, vaya una mañanita fresca que hace!
Abundante rocío bañaba aún las hierbas y las hojas, pero penetraba ya el calor en el bosque.
Bien pronto aparecieron los dos oficiales, acompañados por un hombrecillo regordete, de rostro flemático, casi dormido; era un cirujano del ejército. Llevaba en la mano una jarra de barro llena de agua, para todo evento; de su hombro derecho colgaba una cartera llena de instrumentos quirúrgicos y de vendajes. Veíasele fácilmente que tenía la mayor costumbre de esas excursiones, que formulaba uno de los orígenes de sus ingresos; cada duelo le producía ocho ducados, que los combatientes pagaban a medias. El caballero von Richter llevaba la caja de pistolas; el caballero von Dónhorf hacía molinetes con un junquillo entre los dedos, sin duda para más chic.
—Pantaleone —dijo quedo Sanin al viejo—, sí... si soy muerto, que todo es posible; coja usted un papel que hay en el bolsillo izquierdo. Ese papel contiene una flor. Désele usted a la signoraGemma. ¿Oye usted? ¿Me lo promete usted?
El viejo le miró con tristeza, e hizo con la cabeza una señal afirmativa. Pero sabe Dios si había comprendido lo que le dijo Sanin. Los adversarios y sus testigos cruzaron el saludo de costumbre. El doctor no pestañeó, y sentóse en el césped bostezando, como si se dijese: “¿Qué necesidad tengo de desplegar una cortesía caballeresca?” El caballero von Richter propuso al caballero Tschibadolaque eligiera sitio. El señor Tschibadola, a quien costaba trabajo menear la lengua, respondió: “Caballero, hágalo usted, que yo lo examinaré... “. Hubiérase dicho que “el muro” volvía a empezar a derrumbarse dentro de él.
Von Richter puso manos a la obra. Encontró en el bosque una linda praderita salpicada de flores; contó los pasos, indicó los dos puntos extremos con dos varitas cortadas a escape, sacó del estuche las armas, se agachó para meter las balas; en una palabra, trabajó con todas sus fuerzas, enjugándose sin cesar con un pañuelito blanco el rostro bañado en sudor. Pantaleone, que no le abandonaba, tenía por el contrario aspecto de tiritar. Durante el curso de esos preparativos, los dos adversarios se mantenían apartados como dos colegiales en penitencia, que están de hocico con el profesor de estudios.
Llegó el momento decisivo... Como dice el poeta ruso:
Cada cual empuñó su pistola...
Pero, al llegar aquí, el caballero von Richter hizo notar a Pantaleone que, según las reglas del duelo, antes de pronunciar el fatal “Uno, dos, tres”, correspondíale a él, como testigo de más edad, dirigir a los combatientes la ostrera exhortación para tratar de reconciliarlos; aunque esta proposición nunca surte ningún efecto, ni tiene más importancia que la de una simple formalidad, sin embargo, al cumplir con ella el caballero Cippatola se descargaría de cierta responsabilidad. Por lo demás —añadió—, pronunciar esa perorata era deber de un testigo desinteresado ( un partheüscher zenge); pero, como no habían tenido tiempo de proporcionarse uno, él, el caballero von Richter, cedía con sumo gusto ese privilegio a su “honorable colega”. Pantaleone, que había conseguido ya ocultarse detrás de unas matas para no ver al oficial causante de todo el daño; comenzó por no entender ni una palabra del discurso del caballero von Richter, tanto más cuanto que éste hablaba con las narices; luego se estremeció de pronto, dio con rapidez dos pasos adelante, y dándose convulso un puñetazo en el pecho, gañó con voz ahogada, en su lenguaje altisonante:
—A la la la... ¡Che bestialitá! ¿Deux zeum’hommes comme ca que si battono perche? ¿Che diabolo? ¡Andate a casa!
—No consiento en ninguna reconciliación —se apresuró a decir Sanin.
—Y yo tampoco —añadió su adversario.
—Entonces, grite usted... ¡una, dos, tres! —dijo von Richter al trastornado Pantaleone.