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Éste se zambulló precipitadamente detrás de los jarales; y desde el fondo de ese refugio, con la cara contraída, los ojos cerrados y volviendo la cabeza, gritó de lejos hasta desgañitarse:

—¡ Una... due... e tre!

Sanin tiró el primero y erró el tiro; oyóse el choque de su bala contra un árbol. El barón von Dónhorf disparó inmediatamente después, pero al aire y con deliberado propósito. Hubo un penoso momento de silencio. Nadie se movía. Pantaleone exhaló un débil gemido.

—¿Hay que continuar? —dijo por fin Dónhorf.

—¿Por qué ha disparado usted al aire? —preguntó Sanin.

—Eso es asunto mío.

—¿Tirará usted al aire la segunda vez?

—Acaso, pero no sé nada.

—Permitan, permitan ustedes, caballeros —dijo von Richter—. Los combatientes no tienen derecho a hablar entre sí; eso es de todo punto contrario a las reglas.

—Renuncio a mi segundo disparo —dijo Sanin, tirando la pistola a tierra.

—No quiero continuar ya el duelo —exclamó Dónhorf, arrojando también su arma—. Y ahora, concluido el lance, estoy pronto a confesar que obré mal anteayer.

Hizo un movimiento y alargó vacilante la mano a Sanin, quien se acercó con presteza y se la estrechó. Ambos jóvenes se miraron, sonriéndose y se pusieron encarnados.

—¡Bravi bravi!—exclamó de repente Pantaleone; y palmoteando como un loco salió de detrás de las malezas como un huracán.

El doctor, que estaba sentado sobre un tronco de árbol caído, se levantó en seguida, derramó el jarro de agua sobre el césped, y se dirigió con perezoso andar al lindero del bosque.

—El honor queda satisfecho; el duelo está terminado pomposamente von Richter.

—¡Fuori!vociferó Pantaleone, por un recuerdo de su antiguo oficio.

Al sentarse en su coche Sanin, después de cruzar un saludo de despedida con los caballeros oficiales preciso es confesar que sintió en todo su ser, ya que no satisfacción, a lo menos una vaga impresión de alivio consecutiva a una operación bien soportada. Pero otro sentimiento se mezclaba con éste: un sentimiento análogo a la vergüenza... El duelo en el cual acababa de representar un papel, prodújole el efecto de una farsa estudiantil, de una broma de guarnición, amañada de antemano. Sanin se acordó del flemático doctor y del modo que tuvo de sonreírse, o por lo menos de fruncir la nariz, al ver a los adversarios salir del bosque casi de bracero. ¡Y más tarde, cuando Pantaleone había pagado los cuatro ducados a aquel doctor...! Decididamente, más valía no pensar en ello.

Sí, Sanin estaba un poco confuso, un poco avergonzado... Por otra parte, ¿qué hubiera podido hacer? No podía dejar impune la impertinencia de aquel oficialete, hubiera sido rebajarse al nivel de HerrKlüber. Había protegido a Genuna, la había defendido... Sea; pero, a pesar de todo, no estaba satisfecho, sentíase confuso y hasta avergonzado.

Pantaleone, en cambio, iba en triunfo. Un inmenso orgullo le había invadido de repente. ¡Jamás general victorioso, al regreso de una batalla ganada, paseó en torno suyo miradas más altivas y más satisfechas! La conducta de Sanin durante el duelo le había llenado de entusiasmo. Hacía de él un héroe, sin querer oír sus amonestaciones ni aun sus ruegos. ¡Le comparaba con un monumento de mármol o de bronce, con la estatua del comendador en el Don Juan! En cuanto a sí mismo, confesaba haber sentido alguna turbación.

—Pero yo soy un artista, una naturaleza nerviosa —decía—, al paso que usted... ¡Usted es hijo de las nieves y de los peñascos de granito!

Sanin ya no sabía cómo calmar la excitación del artista.

Casi en el mismo sitio del camino donde dos horas antes habían encontrado a Emilio, nuestros viajeros le vieron salir de un salto de detrás de un árbol, gritando y triscando de gozo, agitando la gorra por encima de la cabeza. Corrió hacia el coche, y a pique de caerse debajo de las ruedas, sin aguardar a que parasen los caballos, saltó por encima de la portezuela, cayó sobre Sanin y se agarró a él exclamando:

—¿Está usted vivo? ¿No está usted herido? Perdóneme que no le obedeciera y que no haya vuelto a Francfort... ¡No podía! Le he esperado aquí. ¡Cuénteme usted lo sucedido! ¿Le ha muerto usted?

Pantaleone, radiante de satisfacción, le refirió con un flujo de palabras todos los detalles del duelo, y no perdió la ocasión de hablar del monumento de bronce y de la estatua del comendador. Hasta se levantó y separando las piernas para conservar el equilibrio, se cruzó de brazos, sacando el pecho y mirando desdeñosamente por encima del hombro, para representar con exactitud “el comendador Sanin”.

Emilio escuchaba arrobado, ya interrumpiendo el relato con una exclamación, ya levantándose de un modo brusco y arrojándose al cuello de su heroico amigo para abrazarle.

Las ruedas del carruaje resonaron en el empedrado de Francfort y concluyeron por detenerse delante de la fonda donde vivía Sanin. Seguido de sus dos compañeros de camino, había llegado al primer tramo de la escalera, cuando vio a una mujer cubierta con un velo salir con rapidez de un pequeño corredor oscuro; detúvose delante de él, pareció vacilar un instante, exhaló un largo suspiro, bajó corriendo la escalera y desapareció en la calle, con gran asombro del camarero, quien aseguró que “aquella dama esperaba desde hacía más de una hora la vuelta del señor extranjero”.

Por corta que fuese la aparición, Sanin tuvo tiempo de reconocer a Gemma: había conocido sus ojos bajo el tupido velo de gasa negra.

—¡Conque lo sabía FraüleinGemma! dijo, en alemán y con voz enojada, a Emilio y a Pantaleone, que le seguían paso a paso. Emilio se puso encarnado y se turbó

—Me vi en el caso de decírselo todo por fuerza tartamudeó—: ella lo había adivinado, y yo no pude... Pero, ahora ya no importa — añadió con viveza—; todo ha concluido lo mejor posible, y ella le ha visto a usted sano y salvo.

Sanin se volvió a un lado.

—¡Qué parlanchines son ustedes! —dijo con mal humor, entrando en su cuarto y sentándose.

—No se enfade usted, se lo ruego —dijo Emilio con voz suplicante.

—Pues bien, ¡pase! no me enfadaré. —(Sanin no tenía verdaderas ganas de incomodarse; y en último término, ¿podía desear con sinceridad que Gemma no supiese absolutamente nada?)—. Bueno, concluyan ustedes de abrazarme. Ahora, váyanse ustedes. Quiero quedarme sólo. Me voy a dormir: estoy fatigado.

—¡Excelente idea! —exclamó Pantaleone—. Necesita usted descanso. ¡Bien se lo merece usted, nobile signore! Vámonos de puntillas. Emilio, quedito, ¡Chiss...!

Al decir Sanin que tenía ganas de dormir, deseaba sencillamente desembarazarse de sus compañeros. Pero cuando se quedó solo, sintió realmente gran cansancio en todos los miembros; apenas había cerrado los ojos la noche anterior: Por eso, en cuanto se hubo echado en la cama, se durmió con un sueño profundo.

XXIII