Durmió varias horas seguidas sin despertarse. Luego se puso a soñar que se batía otra vez en duelo, pero ahora con HerrKlüber por adversario, y que Pantaleone, empingorotado encima de un pinabete y en forma de guacamayo, repetía haciendo chascar su pico: Una... due... e tre. ¡Una... due... e tre!
¡Uno, dos, tres! oyó aún, pero tan claramente, que abrió los ojos y levantó la cabeza... Llamaban a la puerta.
—¡Adelante!
Era el camarero, quien le anunció que una dama deseaba con vivas instancias verle al momento.
“¡Gemma! “, pensó con prontitud.
Pero la dama no resultó ser Gemma, sino su madre, Frau Lenore. Apenas hubo entrado, se dejó caer en una silla y se puso a llorar.
—¿Qué tiene usted, mi buena y querida señora Roselli? —dijo Sanin sentándose a su lado y acariciándole con dulzura las manos—. ¿Qué hay? Sosiéguese usted, se lo suplico.
—¡Ah, HerrDemetrio, soy muy desgraciada, desgraciadísima!
—¿Desgraciada usted?
—¡Ah, sí! ¿Cómo había de figurármelo? De repente, como el trueno en un cielo sereno...
Apenas podía respirar.
—Pero ¿qué pasa? ¡Explíquese usted! ¿Quiere usted un vaso de agua?
—No, gracias.
FrauLenore se enjugó los ojos con el pañuelo y se puso a llorar más fuerte que nunca.
—Lo sé todo... ¡todo! Es decir... ¿cómo todo?
—¡Todo lo que hoy ha sucedido! Y la causa... ¡la conozco también! Se ha conducido usted como un hombre de honor... pero ¡qué desdichado concurso de circunstancias! ¡Razón tenía yo para no ver con buenos ojos ese paseo a Soden... sobrada razón! —(Fray Lenore no había manifestado nada semejante el día del paseo, pero ahora le parecía en realidad que “todo” lo había presentido)—. He venido en su busca porque es usted un hombre de honor, un amigo; aun cuando sólo hace cinco días que le vi por primera vez... Pero ¡estoy sola, sola en el mundo! Mi hija...
Las lágrimas ahogaron la voz de FrauLenore. Sanin no sabía qué pensar.
—¿Su hija de usted? —repitió.
—Mi hija Genuna... —(Estas palabras salieron como un gemido por debajo del pañuelo empapado en lágrimas)— Genuna me ha declarado hoy que no quiere casarse con M. Klüber, y que es preciso que yo se lo participe a él.
Sanin tuvo un ligero sobresalto: no se esperaba eso.
—No hablo de la vergüenza—continuó FrauLenora—, porque eso de que una prometida rehúse casarse con su futuro es una cosa que no se ha visto jamás; pero para nosotros ¡es la ruina, HerrDemetrio!
FrauLenore convirtió cuidadosamente su pañuelo en un pequeño, pequeñísimo tapón muy duro, como si quisiera encerrar en él todo su dolor.
—¿No podemos vivir de lo que nos produce la tienda, HerrDemetrio? Klüber es muy rico y se enriquecerá aún más. ¿Y por qué romper con él? ¿Porque no ha defendido a su novia? Admitamos que eso no esté bien hecho por su parte; pero, después de todo, es un paisano, no ha hecho estudios en la Universidad, y en su calidad de comerciante serio debía menospreciar esa calaverada tonta de un oficialillo desconocido. ¿Y qué ofensa ve usted en eso, HerrDemetrio?
—Dispense usted, FrauLenore, pero a quien condena usted es a mí...
—A usted no le condeno, no le condeno de ningún modo. ¡En usted eso es otro asunto! Usted es ruso, usted es un militar... Dispense usted, pero no lo soy, ni por asomos... Es usted un extranjero, un viajero, y le estoy muy agradecida —continuó FrauLenore sin escuchar a Sanin.
Estaba jadeante, abría y cerraba las manos; luego desplegó el pañuelo y se sonó; nada más que por la manera de expresar su dolor podía verse que no había nacido bajo el cielo del Norte. Y continuó:
—¿Cómo realizaría HerrKlüber sus negocios en la tienda si se batiese con los compradores? ¡Eso no puede imaginarse! ¿Y ahora es preciso que yo le despida? Pero, ¿de qué viviremos? En otro tiempo sólo nosotros hacíamos pasta de malvavisco y almendrado de alfónsigos, y venían a comprarnos mucho a casa; pero ahora, ¡todo el mundo hace pasta de malvavisco en la suya! Píenselo usted; se hablará bastante de su duelo en la ciudad... ¿Pueden ocultarse esas cosas? ¡Y ahí tiene usted roto el matrimonio! ¡Eso es un chasco, una verdadera campanada, un escándalo! Gemma es una excelente hija, me quiere mucho; pero es una terca, una republicana; desafía a la opinión de los demás. ¡Sólo usted puede persuadirla!
El asombro de Sanin aumentó.
—¿Yo, FrauLenore?
—Sí; sólo usted... Usted sólo. Por eso he venido a verle: no se me ha podido ocurrir nada mejor. ¡Es usted tan sabio, es usted un joven tan bueno! Ha tomado usted su defensa; creerá lo que usted le diga. “Debe” creerlo; porque usted ha arriesgado su vida por ella. ¡Persuádala usted, yo no puedo más! ¡Pruébele usted que sería la causa de la perdición de todos nosotros y de ella misma! ¡Y ha salvado usted a mi hijo; sálveme también a mi hija! Dios le ha enviado a usted aquí. Estoy dispuesta a pedírselo a usted de rodillas...
FrauLenore estaba ya media levantada del asiento para caer a los pies de Sanin. Éste la contuvo.
—¡FrauLenore! En nombre del cielo, ¿qué hace usted? Ella le agarró convulsivamente las manos, diciendo:
—¿Me lo promete usted?
—FrauLenore, fíjese usted: ¿a asunto de qué iría yo...?
—¿Me lo promete usted? ¿No quiere usted que me caiga muerta ante sus ojos, aquí mismo?
Sanin ya no sabía lo que le pasaba. Era la primera vez en su vida que tenía que habérselas con un carácter italiano sobreexcitado.
—¡Haré todo lo que usted quiera! —exclamó—. Hablaré a FraüleinGenuna... FrauLenore dio un grito de alegría.
—Pero, verdaderamente prosiguió Sanin—, no sé de ningún modo qué resultado...
—¡Ah, no se niegue usted, no se niegue usted! —dijo FrauLenore con voz suplicante—. ¡Ya me lo ha prometido usted! De seguro que resultará una cosa excelente. En todo caso, ¡yo no puedo hacer ya nada más! ¡No me obedece!
—¿Le ha declarado a usted de una manera positiva que se niega a casarse con HerrKlüber? preguntó Sanin después de un breve silencio.
—¡Oh, ha cortado la cuestión como con un cuchillo! ¡Es el vivo retrato de su padre! ¡No se anda con paños calientes!
—¿Ella? preguntó Sanin.
—Sí... sí... Pero, aparte de eso, es un ángel. Le atenderá a usted, hará lo que usted le diga. ¿Va usted a venir? ¿Ahora mismo? ¡Oh mi querido amigo ruso! —( FrauLenore se levantó bruscamente de la silla y agarró no menos bruscamente la cabeza de Sanin, sentado, delante de ella)—. ¡Reciba usted la bendición de una madre!... y deme usted un poco de agua.