Dm. Sanin”.
Después de doblar y cerrar esta esquela, Sanin se dispuso a llamar al mozo y enviarle a llevarla... ¡No, eso no podía ser!... ¿Por conducto de Emilio?... Pero tampoco era posible ir a buscarle a su tienda, entre los demás dependientes. Además, había llegado la noche, y tal vez hubiera salido ya del comercio. Al hacer estas reflexiones, púsose Sanin el sombrero y salió. Dio vueltas a una esquina, después a otra; y ¡gozo indecible!, vio a Emilio delante de sí. Con la cartera debajo del brazo y un rollo de papeles en la mano, el joven entusiasta regresaba con rápido paso a su domicilio.
—¡Razón hay para decir que cada enamorado tiene su estrella! —dijo Sanin para sus adentros, y llamó a Emilio, quien se volvió e inmediatamente le echó los brazos al cuello.
Sin darle Sanin tiempo de regocijarse, le dio la carta y le explicó a quién cómo tenía que entregársela... Emilio le escuchaba con atención.
—¿Es preciso que nadie la vea? —preguntó, dando a su rostro una expresión misteriosa y significativa, como si dijese: “¡Comprendo la cosa!”
—Sí, mi querido amigo respondió Sanin, un poco confuso, dándole un golpecito cariñoso en la mejilla...— Y si hay respuesta... me la traerá usted, ¿no es así? Me quedo en casa.
—No se inquiete usted por eso —murmuró Emilio con aire alegre, saliendo a la carrera; y mientras corría, le hizo otra seña con la cabeza.
Sanin volvióse a la fonda, y, sin encender la luz, se echó en el diván, cruzó las ruanos detrás de la cabeza y se abandonó a esas impresiones del amor recién revelado, impresiones que es inútil describir: quien las ha sentido, conoce sus ansias y dulzuras; quien no las ha experimentado no las comprendería.
Abrióse la puerta, y apareció la cabeza de Emilio...
—¡La traigo! —dijo en voz baja—. ¡Aquí está la respuesta! Enseñaba y movía por encima de la cabeza un papelito doblado. Sanin saltó del diván y se lo arrancó de la mano. La pasión hablaba muy alto en él; no pensaba en la discreción, ni en las conveniencias, ni siquiera ante aquel niño, hermano de ella. Hubiera querido contenerse, tener vergüenza de conducirse así delante de él; pero no podía.
Aproximóse a la ventana, y a la luz de un farol que había en la calle delante de la casa, leyó las líneas siguientes:
“Le ruego, le suplico que no venga a casa, que no se presente en todo el día de mañana. Es preciso, absolutamente preciso, y entonces todo se resolverá. Sé que no me negará esto, porque...
Gemma”
Sanin leyó dos veces aquella carta. ¡Cuán bonita y atractiva le pareció su letra! Meditó un poco, dirigióse a Emilio (quien, para probar que era un joven reservado, estaba de cara a la pared, raspándola con las uñas) y le llamó en voz alta.
Emilio acudió al instante junto a Sanin, diciendo:
—¿Qué quiere usted?
—Escuche, mi querido amigo...
—Señor Demetrio — interrumpió con voz plañidera—, ¿por qué no me llama usted de tú?
Sanin se echó a reír.
—Bueno, conforme. Oye, mi querido amigo... (Emilio dio un brinquito de alegría); oye, allá abajo, ¿comprendes?, dirás allá abajoque todo se cumplirá escrupulosamente. —(Emilio se mordió los labios y meneó la cabeza con aire un poquillo grave.)— Y tú... ¿qué haces mañana?
—¿Qué hago yo? ¿Qué desea usted que haga?
—Si puedes, ven mañana por la mañana temprano, y nos iremos de paseo por los alrededores de Francfort, hasta la noche. ¿Quieres? Emilio dio otro brinco.
—¡Que si quiero! ¿Hay nada más agradable en el mundo? Pasearme con usted... ¡eso es encantador! Vendré, con seguridad.
—¿Y si no te lo permiten?
—Me lo permitirán.
—Oye... no digas allá abajo que te he rogado que vengas por todo el día.
—¿Por qué decirlo? Me iré sin permiso. ¡Valiente apuro!
Emilio abrazó a Sanin con todas sus fuerzas y se marchó corriendo.
Sanin se paseó mucho tiempo por el cuarto y se acostó tarde. Abandonábase a esas impresiones penosas y dulces, a esa ansiedad regocijada que precede a una era nueva. Además, Sanin estaba satisfechísimo de su idea de haber invitado a Emilio a pasear con él el día inmediato se parecía mucho a su hermana.
“Emilio me recordará a Gemma” —dijo para sí.
Pero lo que más le asombraba era pensar que la víspera no era el mismo que ese día. Parecíale haber amado siempre a Gemma, y haberla amado precisamente como aquel día la amaba.
XXVI
Al día siguiente, llevando a Tartaglia en traílla, dirigióse Emilio a casa de Sanin. Si hubiese sido de pura raza alemana, no hubiera estado más puntual. En casa había armado un embolismo, diciendo que iría a pasear con Sanin hasta la hora de almorzar, y que después se presentaría en el almacén.
Mientras que Sanin se vestía, Emilio, no sin vacilar mucho, intentó sacar conversación acerca de Gemma y de su ruptura con Herr Klüber. Pero Sanin, por única respuesta, se limitó a guardar un silencio austero; y queriendo Emilio demostrar que comprendía por qué no debiera ni mentarse ese grave asunto, no hizo la menor alusión a él, tomando de rato en rato un aire reconcentrado y hasta serio.
Después de tomar el café, ambos amigos naturalmente, a pie, se dirigieron hacia Hausen, aldehuela poco lejana de Francfort y rodeada de bosques. Toda la cordillera de Taumus veíase desde allí cual si hubiese estado al alcance de la mano. El tiempo era magnífico: brillaba el sol y difundía su calor, pero sin quemar; un viento fresco rumoreaba alegre entre el verde follaje; las sombras de algunas nubecillas que se cernían en lo alto del cielo corrían sobre la tierra como manchitas redondas, con un movimiento uniforme y rápido. Bien pronto halláronse los jóvenes fuera de la ciudad, y anduvieron con paso firme y alegre por la carretera esmeradamente barrida. Al entrar en el bosque, dieron mil vueltas por él; después almorzaron fuerte en una posada de aldea. Enseguida subieron por la montaña, admirando el paisaje; echaron a rodar pedruscos por la pendiente, haciendo palmas al verlos rebotar como conejos, con saltos extravagantes y cómicos, hasta que un transeúnte, invisible para ellos, les dirigía desde el camino de abajo denuestos con voz fuerte y sonora. Tumbáronse encima de un musgo corto y seco, de un color amarillo violáceo; bebieron cerveza en otro figón, después, corrieron y saltaron a cual más. Descubrieron un eco y le dieron conversación; cantaron, gritaron, lucharon, rompieron ramas de árboles, adornaron los sombreros con guirnaldas de helecho, y hasta acabaron por bailar.