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Tartaglia tomaba parte en todas esas diversiones en cuanto cabía en su poder y en su inteligencia. Verdad es que no tiró piedras, pero se precipitaba dando volteretas en pos de las que lanzaban los jóvenes; aulló mientras éstos cantaban, y hasta bebió cerveza, aunque con una repugnancia visible. Esta última ciencia le había sido inculcada por un estudiante que con anterioridad había sido su dueño. Por lo demás, no obedecía a Emilio éste no era su amo Pantaleone—; y cuando el mocito le decía que “hablase” o que “estornudase”, limitábase a menear el rabo y hacer un cucurucho de su lengua.

También hablaron entre sí los jóvenes. Al comienzo del paseo, Sanin, en calidad de mayor y, por consiguiente, más apto para razonar, había comenzado un discurso acerca del fatum, acerca del destino del hombre y de lo que lo constituye; pero bien pronto la conversación tomó un giro menos serio. Emilio se puso a interrogar a su amigo y protector sobre los destinos de Rusia; le preguntó cómo se batían en duelo en ese país, si eran guapas las mujeres, cuánto tiempo sería preciso para aprender el idioma ruso, qué impresiones había sentido cuando el oficial le apuntó. A su vez. Sanin interrogó a Emilio respecto a su padre, a su madre, a los asuntos de su familia, librándose bien siempre de pronunciar el nombre de Gemma y no pensando más que en ella. Propiamente hablando no era en ella en lo que pensaba sino en el día siguiente, en aquel mañana misterioso que debía traerle una ventura indecible, inaudita. Parecíale ver flotar ante su vista un cortinaje fino y ligero, y detrás de esa cortina sentía la presencia de un rostro juvenil, inmóvil, divino rostro de labios tiernamente risueños y párpados severamente caídos —severidad fingida—. ¡Ese rostro no era el de Genuna, sino el de la misma felicidad! Pero al fin ha llegado su hora; córrese la cortina, se entreabren los labios, los párpados se levantan; la divinidad le ha visto, ¡y llega un deslumbramiento y una claridad semejante a las del sol, una embriaguez y una dicha sin límites y sin fin! Pensaba en ese mañana y su alma se moría de gozo, en medio de la creciente angustia de la espera.

Esa espera, esa impaciencia, no eran penosas para él; acompañaban todos sus movimientos, pero sin estorbarlos; no le impidieron comer perfectamente con Emilio en su tercer mesón. Sólo de vez en cuando, como fugaz relámpago, cruzaba esa idea por su mente: ¡si alguien lo supiese! Esto no le impidió jugar al paso con Emilio, después de comer, en una verde pradera... ¡Y cuál no fue el asombro, la confusión de Sanin, cuando, advertido por los ladridos furiosos de Tartaglia, en el momento en que con las piernas, graciosamente separadas, pasaba como un ave por encima de la espalda de Emilio, doblado por la cintura, vio de pronto delante de él, en el extremo de la pradera, a dos oficiales, en quienes reconoció a su vez enemigo de la víspera, el caballero von Dunhof, y su testigo el caballero von Richter! Se habían puesto cada uno un cuadradito de cristal delante de los ojos, yle miraban sonriéndose...

Al caer de pie Sanin, se apresuró a ponerse el paletotque se había quitado, dijo con presteza dos palabras a Emilio, quien se puso a escape la chaqueta, y se alejaron con paso rápido.

Regresaron a Francfort al atardecer.

—Me regañarán —dijo Emilio al despedirse de Sanin—; pero lo mismo me da... ¡He pasado un día tan bueno, tan bueno!

De regreso en la fonda, Sanin encontró en ella una carta de Gemma, dándole cita para el día siguiente, a las siete de la mañana, en uno de los jardines públicos que por todas partes rodean a Francfort.

¡Qué brinco le dio el corazón! ¡Cómo se aplaudía por haberla obedecido sin vacilar! ¡Ah, santo Dios!

¿Qué le prometía ese día de mañana, inaudito, único, imposible, no imaginable? O más bien, ¿qué no le prometía?

Devoraba con los ojos la carta de Gemma. El largo perfil curvo de la G, letra inicial de su nombre, le recordaba los lindos dedos, la mano de la joven... Se dijo a sí mismo que aún no había acercado nunca esa mano a sus labios...

“Digan lo que quieran —pensó—; las italianas son castas y severas... ¡pero Gemma es otra cosa más! Es una emperatriz... una diosa... un mármol puro y virginal... Pero un día llegará... Y ese día está próximo...

Aquella noche no hubo en todo Francfort un hombre más feliz que él. Durmió, pero hubiera podido decir, como el poeta:

Es cierto que estoy dormido,

Mas vela mi corazón...

Palpitábale el corazón tan ligero como bate las alas una mariposa puesta sobre una flor y bañada por el sol.

XXVII

Sanin estuvo de pie a las cinco de la mañana; a las seis estaba vestido, a las seis y media se paseaba por el jardín público, frente al cenadorcito de que Gemma le hablaba en su esquela.

La mañana era tranquila, tibia y húmeda. A veces hubiérase jurado que llovía; pero extendiendo la mano advertíase el error, y sólo mirándose la ropa se podía notar la existencia de finas gotas semejantes a menudas perlas de vidrio; aun así, aquella humedad no duró largo tiempo. En cuanto al viento, como si nunca lo hubiese habido en el mundo. Los sonidos parecían extenderse en todas direcciones a la vez. Un ligero vapor blanquecino flotaba en lontananza, y el aire estaba saturado de aromas de las resedas y de las flores de acacia blanca.

En las calles no estaban abiertas aún las tiendas; sin embargo, había ya transeúntes, y a intervalos oíase el rodar de un coche aislado... En el parque, ni un solo paseante; un jardinero rastrillaba con dejadez una senda, y una anciana decrépita cruzaba cojeando la calle de árboles. Sanin no podía un solo instante tomar por Gemma a aquella horrible vieja; sin embargo, le palpitó el corazón, y siguió atentamente con la vista aquella forma oscura que se alejaba.

Dieron las siete en el reloj de la torre.

Sanin se detuvo. “¡Si no viniese!” Tuvo como un escalofrío. Un instante después le repitió el escalofrío, pero esta vez por otra causa... Sanin oía detrás de sí un paso menudo y el roce de una falta... Se volvió: era ella.

Gemma le seguía por el estrecho sendero. Llevaba un abriguito gris y un sombrerito de color oscuro. Miró a Sanin, volvió la cabeza y se le adelantó con rapidez.

—¡Gemma! —dijo él, con voz apenas perceptible.

Hizo ella una imperceptible señal con la cabeza, y continuó adelante. Siguióla él.

Respiraba con anhelo, las piernas se negaban a servirle.

Gemma pasó del cenador, torció a la derecha, costeó una fuentecilla de donde hacía saltar el agua poco profunda un gorrión que se bañaba en la alberca, y se dejó caer en un banco detrás de una espesura de lilas. El sitio era cómodo y al resguardo de las miradas. Sanin se sentó junto a ella.

Transcurrió un minuto, y ni él ni ella pronunciaron una sola palabra. Ella no le miraba, y él miraba, no su rostro, sino sus dos manos juntas que sostenían una sombrilla pequeña. ¿A qué venía hablar? ¿Qué palabras hubieran sido tan elocuentes como su sola presencia en aquel sitio, juntos, a una hora tan de mañana, y tan cerquita el uno del otro?