—¿No me tiene usted mala voluntad por eso? dijo al cabo Sanin—. Difícilmente hubiera podido decir ninguna cosa menos oportuna... Lo comprendía él mismo... pero, a lo menos, quedaba roto el silencio.
—¿Yo? —respondió ella—. ¡No! ¿Por qué había de tenerle mala voluntad?
—¿Y me cree usted...? prosiguió él. —¿Lo que usted me ha escrito?
—Sí.
Gemma bajó la cabeza y no contestó. Escapósele de entre los dedos la sombrilla; pero la cogió con presteza, sin dejarla llegar al suelo.
—¡Ah, créame usted, créame lo que le he escrito! —exclamó Sanin.
Toda su timidez había desaparecido; hablaba con calor.
—Si hay en el mundo una verdad, cierta, sagrada, superior a toda sospecha, es la de que amo a usted, Gemma; es la de que la amo a usted apasionadamente.
Echóle ella una mirada furtiva, y en poco estuvo que otra vez dejase caer la sombrilla.
—Créame, tenga usted fe en mí repetía suplicante y con las manos extendidas hacia ella, sin atreverse a tocarla—. ¿Qué quiere usted que haga para convencerla?
Miróle ella de nuevo, y por fin dijo:
—Dígame usted, monsieur Dimitri, cuando anteayer fue usted a exhortarme, ¿no sabía usted aún con evidencia... no sentía usted...? —Sentía —interrumpió Sanin—, pero no sabía. ¡Yo la amaba a usted desde que por primera vez la vi, pero no he comprendido enseguida lo que para mi era usted! Y luego, sabía que estaba usted prometida... En cuanto a la comisión que su madre me confió, al pronto ¿cómo negarme a ella? Y además he cumplido esa misma comisión de tal suerte, que ha podido usted adivinar...
Dejáronse oír pasos pesados. Un hombre bastante robusto, con una cartera de viaje cruzada por el pecho, evidentemente un extranjero, desembocó por detrás de las lilas, y con la frescura de un viajero de paso, dejó caer a plomo una mirada a la pareja, tosió con estrépito y prosiguió su camino.
—Su madre —continuó Sanin así que hubo cesado el ruido de los pasos— me había dicho que la negativa de usted causaría escándalo (Gemma frunció ligeramente el entrecejo), que en parte había dado yo pretexto para juicios desfavorables, y que, por consiguiente, hasta cierto punto, estaba yo obligado a exhortarla a usted que no rechazase a su futuro HerrKlüber...
Monsieur Dimitri—dijo Gemma, pasándose con lentitud la mano por los cabellos hacia el lado de Sanin—, se lo suplico: no llame usted a HerrKlüber mi futuro... Nunca seré su mujer: me he negado.
—¿Le ha despedido usted? ¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Se lo dijo usted a él mismo?
—A él mismo, en casa... Volvió a presentarse.
—Gemma, entonces, ¿me ama usted? Volvióse ella de cara hacia él y murmuró:
—Sin eso, ¿estaría yo aquí?
Y sus dos manos abiertas cayeron sobre el banco.
Sanin se apoderó de ambas manos inertes y las apretó contra sus ojos, contra sus labios... ¡El velo que había visto la víspera en sus ensueños se levantaba! ¡Aquélla era la dicha, su faz resplandeciente!
Alzó la cabeza, y miró a Gemma a los ojos con atrevimiento. Ella también le miró, un poco fija. Apenas brillaban sus ojos semiabiertos, ligeramente húmedos con lágrimas de placer. No se sonreía... reíase con una risa muda y enervada.
—¡Oh Gemma! —Exclamó Sanin—. ¡Podría yo pensar que tú... (su corazón vibró como la cuerda de un arpa, cuando sus labios pronunciaron ese tú por vez primera)... que tú me amarías?
—Yo misma no lo esperaba —dijo Gemma en voz baja. —¿Podría yo pensar —continuó Sanin—, al llegar a Francfort, donde sólo pensaba permanecer unas cuantas horas, que había de encontrar aquí la felicidad de toda mi vida?
—¿De toda tu vida? ¿De veras?
—De toda mi vida, ¡hasta el último día! exclamó Sanin con nuevo arranque.
De pronto, a dos pasos de su banco, dejóse oír el ruido de la pala del jardinero.
—Volvamos a casa murmuró Gemma—; entremos juntos, ¿Quieres?
Si le hubiera dicho en aquel momento “¡Arrójate al mar! ¿ Quieres?“, se hubiera tirado de cabeza al abismo, antes de que ella hubiese concluido la última palabra.
Salieron juntos del jardín y se encaminaron a casa, pasando no por las calles de la ciudad sino por la ronda.
XXVIII
Sanin marchaba, cuando junto a Gemma, cuando un poco detrás, mirándola siempre sin cesar de sonreír. Gemma parecía a la vez apresurarse y contenerse. A decir verdad, ambos, él todo pálido y ella toda encendida de emoción andaban como entre niebla. Ese trueque de almas que acababan de hacer, producía en ellos una impresión tan nueva y tan fuerte, que era casi penosa: todo había hecho tal cambio de frente en su existencia, que no podían encontrar el equilibrio. Sólo notaban una cosa: que iban envueltos en un torbellino análogo a aquel otro torbellino nocturno que casi les había echado en brazos uno de otro. Sanin, al seguirla, sentía que miraba a Gemma con otros ojos; en un momento advirtió en el paso y en los movimientos de Gemma muchas particularidades en que hasta entonces no había reparado. ¡Cuán adorables y hechiceras le parecían todas esas menudencias! Y ella, por su parte, sentía que Sanin la miraba así.
Ambos amaban por la vez primera: todas las maravillas del primer amor se realizaban en ellos. Un primer amor se parece a una revolución. El orden regular y monótono de la vida queda roto y destruido en un momento; la juventud sube a la barricada, hace ondular en el aire su esplendente bandera, y sea lo que fuere lo que le reserve el porvenir, la muerte o una nueva vida, lanza a todo y a todos su llamamiento apasionado.
—¡Mira, diríase que es Pantaleone! —dijo Sanin, apuntando con el dedo una figura encapuchonada que se deslizó rápidamente por una callejuela, como para evitar ser vista.
En el colmo de su felicidad, Sanin experimentaba la necesidad de hablar con Gemma, no de su amor, puesto que era cosa convenida, consagrada, sino de cosas indiferentes.
—Sí, es Pantaleone —respondió Gemma con tono alegre y placentero—. Probablemente ha salido a espiarme; ayer, todo el día me siguió los pasos... Algo sospechaba.
—¡Que sospecha algo! —repitió Sanin con arrobamiento.
Por supuesto, con el mismo deliquio hubiera repetido cualquiera otra frase de Gemma.
Luego le rogó que le contase con detalles todo lo acontecido la víspera.
Al punto comenzó con premura un relato un poco embrollado, con mezcla de sonrisas y suspirillos, mientras que sus límpidos ojos cruzaban con Sanin miradas furtivas y radiantes. Le contó cómo su madre, después de una conversación de tres horas, había querido obtener de ella algo positivo; cómo a la postre se había separado de FrauLenore con la promesa de darle a conocer su resolución antes de finalizar el día; cómo le había costado sumo trabajo obtener ese plazo moratorio; cómo de una manera enteramente inesperada, había llegado Klüber con más humos y más bambolla que nunca; cómo había expresado su descontento contra ese extranjero desconocido, cuya conducta era imperdonable, digna de un chiquillo y hasta profundamente ofensiva (así decía) para él, Klüber.