Aludía a tu duelo —advirtió Gemma—, y exigía que inmediatamente se te cerrase la puerta de casa. “Porque, decía él (y aquí Gemma remedó un poco la voz y los modales del negociante), esto echa una mancha sobre mi honor, ¡como si yo no fuese capaz tan bien como cualquier otro de defender a mi novia, si lo creyese necesario o simplemente útil! Todo Francfort sabrá mañana que un extranjero se ha batido con un oficial por mi futura. ¡Cómo puede interpretarse eso? ¡Eso mancha mi honor!” Mamá era de su parecer ¡Figúrate! Pero yo le declaré sin ambages que hacía mal en inquietarse por su honor y por su persona, y en ofenderse por lo que dijesen acerca de su futura, en atención a que yo no era ya su futura ¡y nunca sería su mujer! A decir verdad, hubiera querido, en primer término, hablar con usted... contigo, antes de darle las calabazas en regla; pero vino, y no pude contenerme. Mamá prorrumpió en gritos de espanto; yo me fui a otra habitación a coger su anillo de esponsales (¿no has notado que desde hace dos días no lo llevo puesto?) y se lo devolví. Se ofendió terriblemente; mas, como también son terribles su amor propio y su presunción, partió sin darnos la lata. Naturalmente, he tenido que aguantar muchos cargos de mamá; me daba pena verla tan afligida, y me dije que me había dejado llevar harto de prisa de mis prontos, pero tenía tu carta, y además sabía yo antes...
—¿Qué te amo?
—¡Sí, ya me amabas tú!
Así hablaba Gemma, confusa y sonriente, bajando la voz y aun callándose de pronto cuando alguien pasaba junto a ellos. Sanin escuchaba en éxtasis y admiraba el sonido de su voz, como la víspera había admirado su carácter de letra.
—Mamá está que la ahogan con un cabello —prosiguió Gemma (Y afluían las palabras a sus labios)—; no quiere comprender que HerrKlüber me era odioso; que le había aceptado no porque le ama se, sino por acceder a las súplicas de ella... Sospecha de usted... digo de ti...o, más bien, para no mentir, está convencida de que yo te amaba, y eso la contraría tanto más, cuanto que anteayer aun no se le había puesto en la cabeza ninguna idea de este género, y precisamente a ti había encomendado que me hicieses reflexionar... Era una extraña embajada, ¿no es así? Ahora te trata de hombre astuto y solapado; dice que defraudaste su confianza, y me predice que defraudarás la mía...
—Pero Gemma —exclamó Sanin—, ¿acaso no le has dicho...?
—Nada le he dicho. ¿Tenía derecho a hablar yo antes de haberte visto?
Sanin palmoteó de gozo.
—Gemma, espero que a lo menos ahora se lo dirás todo y me presentarás a ella... ¡Quiero probarle que yo no engaño!
Mientras decía estas palabras, henchíase su pecho, lleno hasta desbordarse de sentimientos nobles y generosos.
Gemma le miró de hito en hito.
—¿De veras quieres venir conmigo a casa a ver a mi madre, la cual pretende que... lo que estaría bien hecho... es imposible entre nosotros y nunca podrá realizarse?
Había una palabra que Gemma no podía decidirse a decir, aunque le abrasaba los labios. Apresuróse Sanin a pronunciarla. —Quiero casarme contigo, Gemma; quiero ser tu marido. No conozco en el mundo una felicidad más grande que esa.
No veía límites a su amor, a los nobles impulsos de su alma, a la energía de sus resoluciones.
Al oír estas palabras, Gemma, que había retardado un instante su andar, lo aceleró aún más que antes... Hubiérase dicho que trataba de huir de esa ventura, harto grande y harto inesperada.
Pero, de pronto, le flaquearon las piernas: HerrKlüber, engalanado con un sobretodo y un paletotnuevos, flamantes; tieso como un poste y rizado como un perro de aguas, acababa de aparecer a la vuelta de una esquina, en una calleja, a cinco o seis pasos de ellos. Conoció a Gemma y conoció a Sanin. Rezongando por dentro, digámoslo así, e irguiendo el flexible talle, salióles al encuentro, contoneándose con aire descarado.
Sanin vaciló un segundo, pero echó una mirada al rostro de Herr
Klüber, quien afectaba un aire desdeñoso y hasta de lástima, miró aquella cara rubicunda y vulgar... una oleada de ira subióle al corazón, y dio un paso adelante.
Gemma le agarró con presteza de la mano. Tranquila y resuelta, se cogió del brazo de Sanin, mirando cara a cara a su antiguo novio. Los ojos de éste parpadearon indecisos y contrajéronse sus facciones. Se apartó a un lado, mascullando entre dientes: “¡Así concluye siempre la canción!” ( ¡Das alte Ende von Liede!) Yse alejó con el mismo paso pretencioso y saltarín.
—¿Qué ha dicho el majadero? —preguntó Sanin.
Quiso correr tras de Klüber, pero Gemma le contuvo y prosiguió su marcha sin retirar la mano que había pasado bajo el brazo de Sanin.
Apareció ante ellos la confitería Roselli. Gemma se detuvo por última vez y dijo:
—Demetrio, aún no hemos entrado, aún no hemos visto a mamá... Si aún quieres reflexionar, sí, todavía eres libre, Demetrio. Por única respuesta, Sanin apretó con fuerza el brazo de Gemma contra su pecho, y la impulsó adelante.
—Mamá —dijo ella, entrando con Sanin en la estancia donde se hallaba FrauLenore—, ¡te traigo mi verdadero prometido!
XXIX
Si Gemma hubiese anunciado que traía el cólera o la misma muerte en persona, preciso es creer que FrauLenore no hubiera acogido la noticia con una desesperación más grande. Sentóse inmediatamente en un rincón, vuelta la cara a la pared, y se deshizo en llanto, casi a gritos, igual que una campesina rusa sobre el ataúd de su hijo o de su marido. En el primer momento se puso Gemma tan desconcertada, que no se atrevió a acercarse a su madre y se quedó inmóvil en medio de la pieza, como una estatua. Sanin, alicaído, estaba a punto de llorar también. ¡Aquel dolor inconsolable duró una hora, una hora entera! Pantaleone juzgó lo más oportuno cerrar la puerta de la calle de la confitería, de miedo a que alguien entrase; por fortuna, la hora era muy temprana. El viejo estaba receloso, y en todo caso poco satisfecho de la precipitación con que Sanin y Gemma habían procedido. Por supuesto, no tomó sobre sí el vituperarlos, antes hallábase dispuesto a prestarles ayuda y protección en caso necesario: ¡odiaba tan de corazón a Klüber! Emilio teníase por el intermediario entre su hermana y su amigo; en poco estuvo que no se enorgulleciese al ver que todo había salido tan bien. Incapaz de comprender por qué se desolaba su mamá, tentado estaba a decidir en su fuero interno que todas las mujeres, hasta las mejores, carecen en el fondo de sentido común. Sanin fue, de todos, quien más tuvo que sufrir. En cuanto se acercaba a ella, FrauLenore soltaba gritos de pavo real y agitaba los brazos para apartarle. En vano trató él de decir en alta voz varias veces, manteniéndose a una distancia respetuosa: