—¡Pido a usted la mano de su hija!
FrauLenore no podía consolarse, especialmente “de haber estado tan ciega para no ver nada”.
—¡Si mi Giovanni Battista viviera aún —decía a través de sus lágrimas—, nada de esto hubiera sucedido!
—¡Dios mío! —exclamaba para sus adentros Sanin—. Pero ¿qué es esto? En último término, ¡esto es absurdo!
No se atrevía a mirar a Gemma, quien, por su parte, tampoco se determinaba a levantar la vista hacia él. Contentábase con acariciar pacienzudamente a su madre, la cual había comenzado también por rechazarla...
Al cabo se apaciguó poco a poco la tormenta. FrauLenore cesó de llorar, permitió a Gemma sacarla del rincón donde se había refugiado, instalarla en una butaca cerca de la ventana, y que le hiciese beber agua con unas gotas de azahar. Permitió a Sanin no aproximarse —¡oh, eso no!—, sino a lo menos que permaneciese en la estancia (antes no cesaba de exigir que se marchase), y ya no le interrumpió al hablar. Sanin aprovechó en el acto esos síntomas de sosiego, y desplegó una elocuencia pasmosa: no hubiera sabido expresar sus intenciones y sentimientos con un calor más convincente a la misma Gemma. Sus sentimientos eran los más sinceros, sus intenciones las más puras, como las de Almaviva, en El barbero de Sevilla. No disimuló a FrauLenore más que a sí mismo el lado desfavorable de esas intenciones; pero esas desventajas, añadió, sólo existían en apariencia... Era extranjero, conocíanle de poco tiempo, no se sabía nada positivo acerca de su persona ni de sus recursos: todo esto era verdad. Pero estaba dispuesto a dar todas las pruebas necesarias para dejar sentado que era de buena familia y poseedor de algunos bienes ‘de fortuna; para ello se proporcionaría los certificados más fehacientes por parte de sus compatriotas. Esperaba que Gemma fuera feliz con él, y se esforzaría en dulcificar para ella la pena de estar separada de su familia.
La idea de la separación, la palabra “separación” nada más, estuvo en poco que no echase a perder el negocio. FrauLenore manifestó suma agitación. Sanin se apresuró a añadir que esa separación sólo sería temporal, y que, en último extremo, quizá no se llevase a efecto.
La elocuencia de Sanin no quedó perdida. FrauLenore comenzó a mirarle con aire de tristeza y de amargura, pero no con la repulsión y la ira de antes; luego le permitió aproximarse y sentarse junto a ella (Gemma estaba sentada al otro lado); después se puso a dirigirles cargos, no sólo con la mirada sino con palabras, indicio de que se dejaba ablandar su corazón. Comenzó por condolerse, pero sus quejas se calmaron y se suavizaron gradualmente, cediendo el puesto a preguntas hechas ya a su hija, ya a Sanin; después le permitió que le cogiese la mano, sin retirarla al punto; luego volvió a lloriquear, pero esas lágrimas eran muy diferentes de las primeras; luego se sonrió con tristeza y se dolió de la ausencia de Giovanni Battista, pero en otro sentido muy diverso que el de antes. Momentos después, los dos culpables, Sanin y Gemma, estaban de rodillas ante ella, quien les ponía una tras otra las manos sobre la cabeza; otro instante después, abrazábanla a cual más; y Emilio, con la faz radiante de entusiasmo, entraba corriendo en el cuarto y se arrojaba en medio de ese grupo estrechamente abrazado.
Pantaleone echó una mirada a esa escena, sonrióse y se enfurruñó a la vez; y atravesando la tienda, fue a abrir la puerta de la calle.
XXX
El tránsito de la desesperación a la tristeza y de la tristeza a una dulce resignación no había sido muy largo en FrauLenore; pero esa misma resignación no tardó en transformarse en una recóndita alegría, que, sin embargo, trató de disimular y contener por salvar las apariencias. Desde el primer día, Sanin había sido simpático a FrauLenore: una vez acostumbrada a la idea de tenerlo por yerno, no encontró en ello nada particularmente desagradable, aunque considerase como un deber el conservar en su rostro una expresión de ofendida... o más bien, de escamona. Además, ¡había sido tan extraordinario todo lo pasado en aquellos últimos días! ... ¡Qué de cosas, unas tras otras! En su calidad de mujer práctica y de madre, FrauLenore se creyó en el deber de dirigir a Sanin diversos interrogatorios. Y Sanin, que al ir por la mañana a su cita con Gemma, no tenía la menor idea de casarse con ella (a decir verdad, no pensaba en nada entonces, y se dejaba arrastrar por su pasión), Sanin entró resueltamente en su papel de prometido esposo, y respondió a todas las preguntas con agrado y de una manera puntual y detallada. Habiendo comprendido FrauLenore, sin género alguno de duda, que era de buena nobleza hereditaria y hasta un poco extrañada de que no fuese príncipe, tomó un aire serio y “le previno de antemano” que tendría con él una franqueza brutal, ¡porque el sagrado deber de madre la obligaba a ello! A lo cual respondió Sanin que eso mismo pedía él, y que le suplicaba con instancia que no se quedase corta.
Entonces FrauLenore le hizo observar que HerrKlüber (al pronunciar ese apellido suspiró ligeramente, mordiéndose los labios y vaciló un poco), el antiguonovio de Gemma, poseía ya ocho mil florines de renta, y que esta suma iría creciendo rápidamente de año en año... Y él, HerrSanin, ¿con qué ingresos contaba?
—Ocho mil florines —repitió lentamente Sanin—, en moneda rusa vienen a ser quince mil rublos en asignados... Mis rentas son mucho menores. Poseo una pequeña hacienda en el gobierno de Tula... Con una buena administración, puede y debe producir cinco o seis mil rublos... Y si entro al servicio del Estado, puedo fácilmente conseguir un sueldo de dos mil rublos.
—¿Al servicio de Rusia? —exclamó FrauLenore—. ¡Tendré que separarme de Gemma!
—Podría entrar en la diplomacia —replicó Sanin—. Tengo algunas buenas relaciones... en ese caso hay empleos en el extranjero. Pero he aquí lo que también pudiera hacerse, y sería lo mejor: ven der mis tierras y emplear el capital que produzca esa venta en algunas empresas lucrativas, por ejemplo, en ampliar el negocio de esta confitería.
No se le ocultaba a Sanin que decía un absurdo. Pero ¡estaba poseído de una audacia incomprensible! Miraba a Gemma, quien desde e l principio de aquella conversación práctica se levantaba a cada instante, daba algunos pasos por la estancia y volvía a sentarse. Mirábale, y ya no conocía obstáculos; estaba dispuesto a arreglarlo todo al minuto, del modo más acomodaticio, con tal de que ella no experimentase ninguna inquietud.
HerrKlüber también tenía el propósito de darme una pequeña suma para arreglar la tienda de confitería dijo FrauLenore, después de una ligera vacilación.
—¡Madre mía, por amor de Dios! ¡Madre! —exclamó Gemma en italiano.
—Es preciso hablar por anticipado de esas cosas, hija mía —respondió FrauLenore en el mismo idioma.
Prosiguiendo su conversación con Sanin, le preguntó cuáles son en Rusia las leyes relativas al matrimonio; si no habría nada que se opusiese a su unión con una católica, como en Prusia. (Por aquel tiempo, en 1840, toda Alemania tenía presentes aún las disensiones entre el gobierno prusiano y el arzobispo de Colonia, acerca de los matrimonios mixtos.) Cuando FrauLenore supo que su hija misma adquiriría la nobleza por su enlace con un noble ruso, dio muestras de alguna satisfacción.