—Pero antes dijo— ¿tendrá que ir a Rusia?
—¿Por qué?
—¿Por qué?... Para obtener licencia de su emperador para casarse. Sanin le explicó que eso era completamente inútil; pero que se vería tal vez obligado a ir, en efecto, por un tiempo brevísimo, a Rusia, antes de la boda (mientras decía esas palabras oprimiósele dolorosamente el corazón; y Gemma, que le miraba, comprendió su angustia, se ruborizó y se puso pensativa), y que aprovecharía esa estancia en su patria para vender sus tierras. En todo caso traería el dinero necesario.
—Entonces, me atrevería a suplicarle —dijo FrauLenore—, que me trajese una bonita piel de astrakán para hacerme un abrigo; dícese que por allá esas pieles son asombrosamente bonitas y baratas.
—Así es; le traeré una a usted, con el mayor gusto, ¡y también a Gemma! —exclamó Sanin.
—Y a mí un gorro de tafilete bordado con plata —dijo Emilio pasando la cabeza por el marco de la puerta de la habitación inmediata.
—Bueno, te traeré uno... y unas zapatillas para Pantaleone.
—Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué? hizo observar FrauLenore—. Ahora hablamos de cosas serias. Estábamos —añadió aquella mujer práctica— en que decía usted: “Venderé mis bienes”. ¿Cómo lo hará usted? ¿Venderá usted los colonos?
Sanin se estremeció como si le hubiesen dado un puñetazo en los vacíos. Acordóse de que hablando con la señora Roselli y su hija, había manifestado sus opiniones acerca de la servidumbre que, según decía, excitaba en él profunda indignación, y les había asegurado en diversas ocasiones que jamás y bajo ningún pretexto vendería sus colonos, pues consideraba este acto como una cosa inmoral.
—Trataré de vender mis tierras a un hombre cuyos méritos me sean conocidos —dijo, no sin vacilar—, o acaso mis siervos quieran ellos mismos comprar su rescate.
—Eso sería lo mejor —se apresuró a decir FrauLenore—. ¡Porque vender hombres vivos...!
—¡Barbari!—gruñó Pantaleone, que había aparecido en la puerta detrás de Emilio. Sacudióse las melenas y desapareció.
“¡Diablo, diablo! —se dijo Sanin mirando a hurtadillas a Gemma, quien tenía aspecto de no haber oído sus últimas palabras—. Entonces dijo para sí: —¡Bah, eso no importa nada!”
La conversación práctica se prolongó así casi hasta la hora de comer. Hacia el final, FrauLenore, completamente sosegada, llamaba Demetrio a Sanin y le amenazaba amistosamente con el dedo pro metiéndole vengarse de la partida serrana que le había jugado. Hizo que le diese muchos detalles acerca de su parentela, porque “eso es también importantísimo” —decía—, también quiso que describiese la ceremonia del casamiento tal como se ejecuta según los ritos de la Iglesia rusa, y se extasió de antemano con la idea de ver a Gemma vestida de blanco y con una corona de oro en la cabeza.
—Mi hija es hermosa como una reina —dijo con un sentimiento de orgullo materno—, y, ni aun así, hay en el mundo una reina tan hermosa.
—¡No hay otra Gemma en el mundo! —añadió Sanin.
—¡También por eso es Gemma!
Sabido es que Gemma, en italiano, significa piedra preciosa. Gemma se echó al cuello de su madre. Sólo a partir de este instante tuvo aspecto de respirar a sus anchas, y pareció caérsele el peso que oprimía su alma.
Sanin se sintió de pronto en extremo feliz: una infantil alegría llenó su corazón... ¡Realizábanse los ensueños a que en otro tiempo se había entregado en aquel aposento! Tal era su alegría, que en el acto se fue a la tienda; hubiera querido a toda costa vender cualquier cosa detrás del mostrador, como algunos días antes...
—Ahora tengo derecho para hacerlo ¡Ya soy de la casa!
Se instaló de veras detrás del mostrador, y de veras vendió alguna cosa; es decir, entraron dos muchachos a comprar una libra de bombones, por lo cual entregó lo menos dos libras y no cobró más que media.
En la comida, ocupó junto a Gemma el sitio oficial de prometido. FrauLenore continuó sus consideraciones prácticas. Emilio se reía por cualquier cosa e insistía con Sanin para que le llevase a Rusia. Convínose en que Sanin partiría al cabo de dos semanas. Sólo Pantaleone puso gesto de vinagre; tanto, que la misma FrauLenore se lo echó en cara.
—¡Él, que ha sido testigo! Pantaleone la miró de reojo.
Gemma guardaba casi siempre silencio, pero nunca había estado su rostro más resplandeciente y más bello. Después de comer, llamó a Sanin al jardín por un minuto; y deteniéndose junto al banco donde la antevíspera había estado escogiendo las cerezas, le dijo:
—Demetrio, no te enfades conmigo, pero una vez más quiero decirte que no debes considerarte como ligado en nada...
Sanin no la dejó acabar. Gemma volvió la cara.
—Y en cuanto a lo que mamá ha dicho, ¿sabes?, respecto a la religión, ¡toma...! (Agarró una crucecita de granates pendiente de su cuello por un cordoncillo; tiró con fuerza del cordón, que se rompió, y entregó a Sanin la cruz.) —Puesto que nos pertenecemos, nuestra fe ha de ser la misma.
Los ojos de Sanin estaban húmedos, aun cuando regresó con Gemma.
Durante la velada, todo entró en el carril de costumbre y hasta se jugó al tressette.
XXXI
Al día siguiente, Sanin se despertó muy temprano. Encontrábase en el pináculo de la alegría humana, pero no era esto lo que le impedía dormir; lo que turbaba su reposo era la cuestión fatal, la cuestión vital. ¿Cómo vender sus tierras lo más pronto y lo más caro posible? Cruzaban por su mente los planes más diversos, pero nada se decidía aún con claridad. Salió de la fonda a tomar el aire y a despejarse; no quería presentarse delante de Genima sino con un proyecto ya maduro.
¿Quién es ese personaje pesadote sobre sus patazas, aunque correctamente vestido, que va delante de Sanin con un movimiento de vaivén? ¿Dónde ha visto él aquella nuca cubierta de rubios pelillos, aquella cabeza encajada entre los hombros, aquellas espaldotas atocinadas, aquellas manos colgantes y morcilludas? ¿Es posible que sea Polozoff, su antiguo condiscípulo de colegio, a quien ha perdido de vista desde hace cinco años? Sanin se adelantó bien pronto al personaje que iba delante de él, y se volvió... Esa caraza amarilla, esos ojuelos de cerdo, con cejas y pestañas blanquizcas, esa nariz corta y ancha, esa barbilla sin bozo, imberbe, y toda la expresión de aquel rostro a la vez agrio, perezoso y desconfiado: sí, es él, Hipólito Polozoff.
Una idea repentina cruzó por la mente de Sanin.