“¿No es mi estrella quien lo trae?”, pensó. Y dijo: —Polozoff, Hipólito Sidorovitch, ¿eres tú?
Detúvose el personaje, levantó sus ojuelos, vaciló un instante y despegando al fin los labios, dijo con voz de falsete:
—¿Demetrio Sanin?
—¡El mismo que viste y calza! —exclamó Sanin estrechando una de las manos de Polozoff, calzadas con estrechos guantes de color gris claro (colgaban inertes, como antes, a lo largo de sus muslazos)—. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí? ¿De dónde vienes? ¿En dónde paras?
—Ayer llegué a Wiesbaden —respondió Polozoff sin apresurarse— con el fin de hacer unas comprillas para mi mujer, y hoy mismo me vuelvo a Wiesbaden.
—¡Ah, sí! Es verdad: te has casado, y dicen que con una mujer guapísima.
Polozoff giró los ojos.
—Sí, eso dicen. Sanin se echó a reír.
—Veo que siempre eres el mismo, tan flemático como en el colegio.
—¿Por qué habría de cambiar?
—Y dicen—añadió Sanin recalcando la palabra “dicen”— que tu mujer es muy rica.
—También eso se dice.
—Pero tú, Hipólito Sidorovitch, ¿no sabes nada de eso?
—¿Yo, mi buen amigo Demetrio... Pavlovitch...? Sí, Pavlovitch, no me mezclo en los asuntos de mi mujer.
—¿No te mezclas en ellos? ¿En ningún negocio?
Polozoff volvió a girar los ojos.
—En ninguno, amigo mío... Ella va por un lado... y yo voy por otro.
—Y ahora, ¿adónde vas?
Ahora no voy a ninguna parte; estoy en medio de la calle, hablando contigo, y en cuanto hayamos acabado, me iré a mi cuarto, en la fonda, y almorzaré.
—¿Me quieres de compañero?
—¿Para qué asunto? ¿Para el almuerzo?
—Sí.
—Muy bien; comer dos juntos es mucho más agradable. No eres parlanchín, ¿no es cierto?
—No lo creo.
—Pues entonces, muy bien.
Polozoff siguió adelante, y Sanin se puso en marcha a su lado. Polozoff se había vuelto a coser los labios, resollando con fuerza y contoneándose en silencio. Sanin pensaba:
“¿Cómo demonios ha hecho este gaznápiro para pescar una mujer rica y guapa? No es rico, ni instruido, ni de talento; en el colegio le teníamos por un mocete flojo y bruto, dormilón y tragaldabas, y le pusimos “baboso” de apodo. ¡Esto es muy extraordinario! Pero puesto que su mujer es tan rica (dícese que es hija de un arrendatario del impuesto sobre los alcoholes), ¿por qué no habría de comprarme mis tierras? Por más que dice que él no se mete para nada en los negocios de su mujer, ¡eso no es creíble...! En ese caso, pediré un precio razonable, ¡un buen precio! ¿Por qué no intentarlo? Quizá sea mi buena estrella... Dicho y hecho: probaré.
Polozoff condujo a Sanin a una de las mejores fondas de Francfort, donde no hay que decir que había tomado la mejor habitación. Las mesas y las sillas estaban atestadas de carpetas, cajas, líos... —Todo esto, amigo mío, son compras para María Nicolavna. Así se llamaba la mujer de Hipólito Sidorovitch.
Polozoff se dejó caer en una butaca, gimió un “¡Qué calor!”, se aflojó la corbata, llamó al primer camarero y le encargó minuciosamente un almuerzo de los más opíparos.
—¡Que el coche esté dispuesto para la una! ¿Oye usted? ¡Para la una en punto!
El primer camarero saludó obsequioso y desapareció como un esclavo de los cuentos de hadas.
Polozoff se desabrochó el chaleco. Nada más que por el modo de levantar las cejas y fruncir la nariz podía comprenderse que el hablar sería para él cosa penosísima; y que esperaba, no sin alguna ansiedad, a ver si Sanin le obligaría a darle a la sin hueso, o si se echaría sobre sí propio la carga de sostener la conversación.
Sanin se caló el estado de ánimo de su amigo y se libró muy bien de abrumarlo a preguntas; se contentó con los informes más necesarios. Supo que Polozoff había estado dos años en el servicio mi litar, en un regimiento de lanceros (¡estaría precioso con la chaquetilla corta de uniforme!); llevaba tres años de casado y dos años de viajes por el extranjero con su mujer, que estaba curándose en Wiesbaden sabe Dios de qué, y se proponía ir enseguida a París. Sanin, por su parte, le habló poquísimo de su vida pasada y de sus planes para lo futuro; se fue derecho al grano, es decir, le participó su propósito de vender sus tierras.
Polozoff le escuchaba en silencio y miraba de vez en cuando la puerta por donde tenía que venir el almuerzo... El almuerzo llegó por fin. El primer camarero, acompañado por otros dos mozos, trajo muchos platos cubiertos con campanas de plata.
—¿Es tu hacienda del gobierno de Tula? —dijo Polozoff poniéndose a la mesa y pasándose la punta de la servilleta por dentro de la trilla de la camisa.
—Sí.
—Cantón de Efremoff, ya sé.
—¿Conoces mi Alesievska? —preguntó Sanin sentándose también
—Ciertamente que la conozco. —(Polozoff se metió en la boca un trozo de tortilla con trufas)—. María Nicolavna, mi mujer, tiene allí cerca una finca... ¡Camarero, destape usted esta botella! ... La tierra no es mala, pero los campesinos te han talado el bosque. ¿Por qué la vendes?
—Necesito dinero. No la vendo cara. Si la comprases tú, vendría de molde.
Polozoff sorbió un vaso de vino, se limpió con la servilleta y se puso otra vez a mascar despacio y con ruido. Por fin dijo:
—Sí, yo no compro tierras, no tengo dinero... Dame la manteca... Acaso la compre mi mujer. Háblale de eso. Si no pides caro... Por supuesto que ella ni se para en barras por eso... Pero ¡qué burros son estos alemanes! ¡Ni siquiera saben cocer un pescado! Y, sin embargo, ¿hay algo más sencillo? Y tienen la poca lacha de hablar de la unificación de su Vaterland...! ¡Mozo, llévese usted esta porquería!
—¿De veras se ocupa tu mujer misma de la administración de sus bienes? preguntó Sanin.
—Sí, ella misma... Por lo menos, ¡buenas chuletas! Te las recomiendo... Ya te he dicho, Demetrio Pavlovitch, que no me meto para nada en los negocios de mi mujer; y vuelvo a repetirlo.
Polozoff continuó comiendo con chasquidos de labios. —¡Hum...! Pero ¿cómo podría yo hablarle, Hipólito Sidorovitch?
—Pues... muy sencillo, Demetrio Pavlovitch. Vete a Wiesbaden; no está lejos de aquí... ¡Mozo! ¿Hay mostaza inglesa? ¿No? ¡Qué brutos...! Pero no pierdas tiempo; nos vamos pasado mañana... Permite que te sirva un vaso de este vino. No es aguapié; tiene aroma.
Enrojecióse el rostro de Polozoff y se animó, lo cual sólo le sucedía cuando estaba comiendo... o bebiendo.
—En verdad —murmuró Sanin—: no sé cómo arreglármelas.
—Pero, ¿qué es lo que tanto te apremia?
—Querido, es que justamente estoy apremiado.
—¿Necesitas una suma cuantiosa?