—Sí, tengo... ¿cómo te lo diré...? Tengo el propósito de casarme. Polozoff dejó en la mesa el vaso que iba a llevarse a los labios.
—¿Casarte? —dijo con voz ronca de asombro, y cruzó las abotagadas manos sobre el estómago—. ¿Tan prematuramente?
—Sí, enseguida.
—Supongo que estará en Rusia tu prometida.
—No, no está en Rusia.
—Pues entonces, ¿dónde? :
—Aquí, en Francfort.
—¿Quién es ella?
—Una alemana; es decir, no, una italiana establecida aquí.
—¿Con dote?
—Sin dote.
—Entonces, preciso es que sientas un amor violentísimo
—¡Qué guasón eres...! Sí, muy violento.
—¿Y para eso necesitas dinero?
—Pues, ¡sí, sí y sí!
Polozoff tragó el vino, se enjugó la boca, se lavó las manos, se las enjugó a conciencia en la servilleta, sacó un cigarro y lo encendió. Sanin le miraba en silencio.
—No veo más que un medio —dijo por fin Polozoff, echando atrás la cabeza y dejando salir por entre los labios una tenue bocanada de humo—. Vete a ver a mi mujer... Si quiere, con su blanca mano reparará todo el mal.
—Pero, ¿cómo arreglármelas para verla? ¿No dices que os vais pasado mañana?
Polozoff cerró los ojos.
Escucha dijo dando vueltas al cigarro entre los labios y resoplando—: vete a tu casa, vístete lo más de prisa posible y vuelve aquí. Me voy dentro de una hora; mi coche es muy espacioso; te llevo conmigo. Eso es lo mejor. Y ahora, voy a echar un sueño. Querido, cuando como, necesito imprescindiblemente dormir después. Mi temperamento lo exige, y yo no me opongo a ello. No me lo estorbes, si te place.
Sanin meditó, meditó... y de pronto alzó la cabeza. Se había decidido.
—Bueno, consiento en ello, y te doy las gracias. A las doce y media estaré aquí, y nos iremos juntos a Wiesbaden. Espero que tu mujer no me tome ojeriza...
Pero Polozoff roncaba ya, murmurando:
—¡No me molestes!
Agitó las piernas y se durmió como un recién nacido.
Sanin echó otra mirada a su amazacotada persona, a su cabeza, su cuello, su barba al aire, redonda como una manzana; salió de la fonda y dirigióse a paso largo a la confitería Roselli. Necesitaba advertir a Gemma.
XXXII
La encontró en la tienda con su madre. FrauLenore, inclinada adelante, medía la distancia entre las ventanas, con un metro articulado. Al ver a Sanin, se enderezó y le saludó alegre, aunque con un poco de cortedad.
—Desde lo que me dijo usted ayer, no hago más que revolverme los sesos pensando en los medios de embellecer nuestra tienda. Creo que convendría poner aquí dos armaritos con tablas de cristal azogado. ¿Sabe usted? Eso es de moda hoy. Y además...
—Muy bien, muy bien —interrumpió Sanin—; habrá que pensar en todo eso... Pero, venga usted acá; tengo que decirle una cosa.
—Dio el brazo a las dos damas y las condujo a la trastienda. FrauLenore, intranquila, dejó caer el metro que tenía en la mano. Gemma no estaba lejos de alarmarse también, pero se tranquilizó al mirar a Sanin con más atención. Su rostro, aunque preocupado, expresaba resolución y una especie de audacia alegre. Rogó a las dos mujeres que se sentasen y él permaneció de pie ante ellas. Con muchos ademanes, con el pelo desgreñado, se lo contó todo: su encuentro con Polozoff, su proyectado viaje a Wiesbaden, la posibilidad de vender su hacienda, exclamando por último:
—¡Imagínense mi felicidad! El asunto ha tomado tal giro que acaso no tenga ni aun necesidad de ir a Rusia, y podremos celebrar la boda mucho más pronto de lo que yo suponía.
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Gemma.
—Hoy, dentro de una hora; mi amigo tiene coche y me lleva consigo.
—¿Nos escribirás?
—En seguida... Así que hable con esa señora, cogeré la pluma.
—¿Dice usted que es rica esa señora? preguntó FrauLenore, siempre práctica.
—Inmensamente... Su padre era millonario, y se lo dejó todo.
—¿Todo? ¿A ella solita? Vamos, tiene usted buena sombra. Sólo que ¡mucho ojo! No venda usted sus tierras muy baratas; sea usted razonable y firme. ¡No se deje usted arrebatar! Comprendo sus deseos de ser marido de Gemma lo antes posible, pero ante todo, ¡prudencia! No lo olvide: cuanto más cara venda su finca, más dinero habrá para los dos y... para vuestros hijos.
Gemma volvió la cabeza con apuro, y Sanin volvió a empezar con sus ademanes.
—Puede usted, FrauLenore, confiar en mi prudencia. Aparte de que no voy a chalanear. Diré el justo precio: si me lo da, muy bien; y si no, ¡vaya bendita de Dios!
—¿Conoces a esa señora? preguntó Gemma.
—En mi vida la he visto
—¿Y cuándo volverás?
—Si no se arregla el negocio, vuelvo pasado mañana; pero si todo va bien, tal vez tenga que estar uno o dos días más. En todo caso, no perderé un minuto. ¡Dejo aquí mi alma, bien lo sabes...! Pero me voy a retrasar hablando con ustedes, y aún tengo que pasarme por casa antes de partir. Deme usted la mano, FrauLenore, para darme buena suerte: es costumbre nuestra en Rusia.
—¿La derecha o la izquierda?
—La izquierda, la mano del corazón. Vuelvo pasado mañana... ¡con el escudo, o sobre el escudo! Algo me dice que vendré vencedor. Adiós, mis buenas, mis queridas amigas...
Abrazó a FrauLenore, y rogó a Gemma que pasase con él a su cuarto un minuto, porque tenía que comunicarle una cosa importantísima. Quería sencillamente despedirse de ella a solas. FrauLenore lo comprendió, y no tuvo la curiosidad de preguntar qué asunto tan importante era aquél...
Sanin no había entrado nunca en el dormitorio de Gemma. Todo el encanto del amor, todos sus ardores, su entusiasmo, su dulce temor, todo ello brotó y se derramó en su alma así que hubo traspuesto los umbrales de aquel sagrado recinto... Echó en torno suyo una mirada enternecida, cayó a los pies de la hechicera joven y escondió el rostro entre los pliegues de su falda.
—¿Eres mío? murmuró ella—. ¿Volverás pronto?
—Tuyo soy, volveré... —repitió él, palpitante.
—Te espero, mi bien amado.
Algunos instantes después, estaba Sanin en la calle para irse a su fonda. Ni siquiera reparó que Pantaleone, más desgreñado que nunca, se había precipitado en seguimiento suyo desde el quicio de la confitería, gritándole alguna cosa, y, al parecer, amenazándole con el brazo levantado.