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A la una menos cuarto en punto, entró Sanin en el alojamiento de Polozoff Su coche, enganchado con cuatro caballos, estaba ya en la puerta de la fonda. Al ver a Sanin, limitóse Polozoff a decir:

—¡Ah! ¿Te has decidido?

En seguida se puso el sombrero, el abrigo y los chanclos, metióse algodón en rama en las orejas, aunque era en pleno verano, y se dirigió al pórtico. Obedientes a sus órdenes, los mozos de la fonda colocaron sus numerosas compras dentro del carruaje, rodearon de almohadoncitos, de sacos de mano y de paquetes el asiento que iba a ocupar, pusieron a los pies un cesto lleno de víveres y ataron una maleta en el pescante. Polozoff les pagó con largueza; y sostenido respetuosamente por detrás por el oficioso portero, entró por fin en el coche gimoteando, tomó asiento, apretó y amontonó muy cómodamente todo lo que le rodeaba, eligió y encendió un cigarro. Sólo entonces hizo seña con el dedo a Sanin, diciéndole:

—¡Vamos, sube tú también!

Sanin se colocó junto a él. Por conducto del portero, Polozoff ordenó al postillón que anduviese aprisa, si quería ganarse una buena propina; resonó el estribo al doblarse, cerróse con estrépito la portezuela, y el coche empezó a rodar.

XXXIII

En nuestros días, entre Francfort y Wiesbaden no hay una hora por ferrocarril; pero por aquellos tiempos, había tres horas de camino por la posta, y cinco relevos de caballos. Polozoff, medio dormido, se zangoloteaba suavemente con un cigarro en los labios; hablaba muy poco y no miró ni una sola vez por la ventanilla; los puntos de vista ‘pintorescos no tenían para él nada de interesantes, y hasta declaró que “¡la naturaleza le aburría mortalmente!” Sanin tampoco decía nada, y no admiraba el paisaje: tenía otra cosa en la cabeza. Estaba absorto en sus pensamientos y recuerdos. A cada parada, Polozoff ajustaba sus cuentas, comprobaba el tiempo, según su celo. A la mitad del camino, sacó dos naranjas del cesto de las provisiones, eligió la mejor y ofreció la otra a Sanin. Éste miró fijamente a su compañero de camino, y de pronto soltó el trapo a reír.

—¿De qué te ríes? preguntó Polozoff, mondando con esmero su naranja, con ayuda de sus uñas blancas y cortas.

—¿De qué? —repitió Sanin—. De este viaje que hacemos juntos.

—¡Bueno! ¿Y qué? insistió Polozoff, metiéndose en la boca un gajo de naranja.

—¡No es extraño este viaje! Ayer, lo confieso, lo mismo me acordaba de ti que del emperador de China; hoy marcho contigo a vender mis tierras a tu mujer, a quien no conozco ni poco ni mucho.

—Todo sucede en la vida —respondió Polozoff—. Conforme tengas más años, verás otras muchas cosas. Por ejemplo: ¿me ves ahora en formación? Pues he estado; iba a caballo, y cátate que el gran duque Miguel Pavlovitch manda:” ¡Al trote! ¡Ese alférez gordo, al trote! ¡Alargue usted el trote!”.

Sanin se rascaba la oreja.

—Dime, si te place, Hipólito Sidorovitch, ¿qué clase de persona es tu mujer? ¿Cuáles son sus ideas? Eso es lo que necesito saber...

—A él nada le costaba mandar: “¡Al trote!” —continuó Polozoff con una súbita explosión de ira—. Pero a mí... ¡a mí...! Entonces me dije: “¡Quedaos con vuestros grados y charreteras...! ¡Al demonio todo esto!”. Sí... ¿me hablabas de mi mujer? Pues bien; mi mujer, es una mujer como todas las demás. Ya sabes el proverbio: “No te metas los dedos en la boca.” Lo esencial es que hables mucho... para que por lo menos haya algo de qué reírse unas miajas. Oye cuéntale de tus amores... pero de un modo un poco ridículo, ¿sabes?

—¿Cómo un poco ridículo?

—¡Pues claro! ¿No me has dicho que estás enamorado y que te quieres casar? Pues bien, ¡cuéntale eso!

Sanin se sintió ofendido.

—¿Qué encuentras en eso de ridículo?

Polozoff giró un poco los ojos por única respuesta; chorreábale por la barba el zumo de naranja.

—¿Es tu mujer quien te ha enviado a Francfort para hacer compras? —dijo Sanin después de un rato de silencio.

—En persona.

—¿Qué clase de compras?

—¡Caramba, juguetes!

—¿Juguetes? ¿Tenéis hijos?

Polozoff retrocedió pasmado.

—¡Vaya una idea! ¿Tener yo hijos? Ringorrangos de mujer... Adornos... Objetos de tocador...

—¿De modo que entiendes tú de eso?

—Ciertamente.

—¿Pero no me has dicho que no te mezclas para nada en los asuntos de tu mujer?

—No me meto en sus otros negocios; pero en esto... esto marcha por sí solo. No teniendo nada que hacer, ¿por qué no? Y mi mujer se fía de mi gusto; además, sé regatear como se debe.

Polozoff comenzaba a hablar a trompicones: estaba fatigado ya.

—¿Y es muy rica tu mujer?

—Como rica, lo es; pero, sobre todo, para ella misma.

—Sin embargo, me parece que no puedes quejarte.

—¿No soy su marido? ¡Pues no fallaría más sino que no me aprovechase de ello! Y le soy muy útil; conmigo todo va en su provecho.

—¡Soy muy acomodaticio!

Polozoff se secó la cara con un pañuelo de seda y resolló con trabajo. Parecía decir: “¡Apiádate de mí; no me obligues a pronunciar una palabra más. Ya ves qué trabajo me cuesta!”

Sanin le dejó descansar y volvió a sumirse en sus meditaciones.

El hotel delante del cual paró el coche en Wiesbaden era un verdadero palacio. En el acto empezaron a tocar en el interior una porción de campanillas. Todo fue inquietud y movimiento. Elegantes “caballeros” con frac negro se precipitaron hacia la entrada principal. Un suizo, galoneado de oro, abrió de par en par la portezuela del carruaje. Polozoff bajó de él como un triunfador, y comenzó la tarea de subir la escalera perfumada y cubierta de alfombra. Un criado, también vestido correctamente, pero de fisonomía rusa, su ayuda de cámara, se lanzó delante de él. Anuncióle Polozoff que en lo sucesivo le llevaría siempre, pues la víspera, en Francfort, habían descuidado llevarle agua caliente para la noche. El rostro del criado expresó una consternación profunda, y se apresuró a bajarse para sacarle los chanclos a su amo.

—¿Está en casa María Nicolavna? preguntó Polozoff.

—Sí, señor... La señora se está vistiendo... Come en casa de la condesa Lassunsa.

—¡Ah, en casa de ésa...! Espera... Hay unos líos e n el coche; sácalos y tráelos tú mismo... Y tú, Demetrio Pavlovitch —añadió Polozoff—, vete a elegir dormitorio y vuelve dentro de tres cuartos de hora... Comeremos juntos.

Polozoff continuó majestuosamente su camino. Sanin eligió un dormitorio modesto, y después de arreglar el desorden de su tocado y de descansar un rato, dirigióse a las inmensas habitaciones que ocupaba Su Alteza ( Durchlaucht) el príncipe von Polozoff.

Encontró a este “príncipe” arrellanado en la más lujosa de las butacas de terciopelo, en medio de un salón espléndido. El flemático amigo de Sanin había tenido tiempo de tomar un baño y ponerse una suntuosa bata de raso, cubríale la cabeza un fez de color de grosella. Sanin se aproximó a él y lo estuvo contemplando durante algún tiempo. Polozoff permanecía inmóvil como un ídolo; ni siquiera dirigió la cara hacia su lado, no pestañeó, no produjo ningún sonido: aquello era verdaderamente un espectáculo lleno de solemnidad. Después de haberlo admirado durante unos dos minutos, iba Sanin a hablar, a romper aquel fatídico silencio, cuando de pronto abrióse la puerta de la estancia inmediata y apareció en el umbral una señora joven y guapa, vestida de seda blanca con encajes negros y diamantes en los brazos y en el cuello: era María Nicolavna en persona. Sus espesos cabellos castaños caían a los dos lados de la cabeza, trenzados, pero sin levantar.