—Váyase usted con su soberana —le dijo—. (Por aquel entonces hallábase en Wiesbaden cierta princesa di Monaco). ¿Qué tiene usted que hacer en casa de una plebeya como yo?
—Permítame usted, señora —replicó el malaventurado secretario—: todas las princesas del mundo...
Pero la señora Polozoff no tuvo piedad. Marchóse el secretario, con su raya cogotera y todo.
María Nicolavna iba puesta aquel día como más le “favorecía”, según modismo de nuestra abuela. Llevaba un traje de tafetán de color de rosa, con mangas á la Fontange,y un gran brillante en cada oreja. No relumbraban menos sus ojos que sus diamantes; parecía estar de buen humor y en un día feliz.
Hizo a Sanin sentarse junto a ella y se puso a hablarle de París, adonde iba a marchar dentro de pocos días; de los alemanes, que la cargaban, y (según su dicho) son necios cuando quieren parecer lis tos, y tienen ingenio a contratiempo cuando quieren ser bestias. De pronto, le preguntó a quemarropa:
—¿Es cierto que hace poco se batió usted por una dama, con ese oficial que ahora mismo estaba aquí?
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Sanin, estupefacto.
—No hay cosa que yo no sepa, Demetrio Pavlovitch. Pero también sé que tenía usted razón una y mil veces, y que se condujo como un cumplido caballero. Dígame, ¿era su novia aquella dama? Sanin frunció ligeramente el entrecejo.
—No digo nada, ya no digo nada más —apresuróse a añadir la señora Polozoff—. Eso le disgusta a usted; perdóneme, ¡no lo volveré a hacer más! ¡No se enfade.
En ese momento salió Polozoff de la estancia inmediata, con un periódico en la mano.
—¿Qué se te ocurre? ¿Está puesta la mesa?
—Enseguida van a servir la comida. Pero mira lo que acabo de leer en La Abeja del Norte...el príncipe Grobomoy ha muerto.
La señora Polozoff levantó la cabeza.
—¡Dios lo tenga en la gloria! Todos los años —prosiguió, dirigiéndose a Sanin—, en el aniversario de mi nacimiento, por febrero, llenaba de camelias todas mis habitaciones. Pero eso no bastaría para hacerme pasar el invierno en Petersburgo. ¿Qué edad tenía? ¿Sesenta cumplidos? —preguntó a su marido.
—¡Sí! Describen su entierro en el periódico. Toda la corte estuvo en él. Y mira unos versos que con ese motivo ha hecho el príncipe Kovrichkin.
—¡Ah! Muy bien.
—¿Quieres que te los lea? El príncipe le llama hombre de buen consejo.
—No me conformo. ¡Hombre de buen consejo! Era sencillamente el hombre de Tatiana Jurievna. (La señora Polozoff hacía un equívoco con la palabra rusa, que significa a la vez hombre y marido.) Vamos a comer. Los vivos deben pensar en vivir. Demetrio Pavlovitch, su brazo.
La comida fue espléndida, como la víspera, y animadísima. La señora Polozoff sabía narrar muy bien; raro don en las mujeres, sobre todo en las mujeres rusas. No se paraba en barras para expresar su pensamiento; sobre todo, a sus compatriotas no les dejó hueso sano. Más de una frase atrevida y oportuna provocó la risa de Sanin. Lo que detestaba más que nada era la hipocresía, las frases pretenciosas y la mentira... ¡Y la encontraba en casi todas partes! Halló en los recuerdos de su infancia anécdotas bastante extrañas de su parentela. Hacía gala y tenía vanidad del humilde medio donde había comenzado su vida, diciendo:
—Yo he gastado zuecos de corteza ( laptis), como Natalia Kirilovna Narychkin, la madre de Pedro el Grande.
Sanin pudo convencerse de que ella había pasado ya por muchas más pruebas que la mayoría de las mujeres de su edad.
Polozoff comía con reflexión, bebía con atención y se limitaba a fijar de vez en cuando en Sanin y en su mujer una mirada de sus pupilas blanquecinas, en apariencia ciegas y en realidad muy penetrantes.
—¡Qué galante eres! —exclamó la señora Polozoff, dirigiéndose a él—. ¡Qué bien has hecho mis encargos en Francfort! En recompensa, te hubiera besado en la frente, pero no tendrás empeño en ello, ¿eh?
—No tengo empeño en ello —respondió Polozoff, cortando con cuchillo de plata una piña de América.
María Nicolavna le miró, tocando el tambor en la mesa con las puntas de los dedos.
—¿Entonces, subsiste nuestra apuesta? —dijo ella con aire significativo.
—Subsiste.
—Perfectamente. Tú perderás.
Polozoff sacó hacia delante la quijada, y dijo:
—¡Hum! Por esta vez, María Nicolavna, por más que eches mano de todos tus recursos, se me figura que perderás.
—A propósito, ¿de qué es esa apuesta? ¿Se puede saber? —preguntó Sanin.
—No... ¡todavía no! —respondió la señora Polozoff, soltando el trapo a reír.
Dieron las siete. El criado anunció que el coche estaba a la puerta. Polozoff dio algunos pasos para acompañar a su mujer, y volvióse inmediatamente a su butaca.
—¡Mucho ojo, no te olvides de la carta al administrador! — le dijo a gritos la señora Polozoff desde la antesala.
—Escribiré. Vete tranquila. Yo soy un hombre de orden.
XXXVIII
En 1940, el teatro de Wiesbaden era de ruin aspecto; y la compañía, en su pomposa y mísera vulgaridad, en su rutina trivialmente concienzuda no excedía el grueso de un pelo de nieve normal de todos los teatros alemanes de hoy, nivel de que en estos últimos tiempos daba exacta medida la compañía de Karlsruhe, bajo “la ilustre dirección de HerrDuvrient”.
Detrás del palco tomado por “su alteza la señora von Polozoff”(¡sabe Dios cómo se las arreglaría el criado para conseguirlo, pues claro es que no iría a revendérselo el StadtDirector!), detrás de ese palco había una piececita rodeada de divanes. Antes de entrar allí, la señora Polozoff rogó a Sanin que levantase las pantallas que separaban el palco del teatro.
—No quiero que me vean —dijo—; de lo contrario, todos van a venir.
Le hizo colocarse junto a ella, vueltos de espalda al teatro, de manera que el palco pareciese vacío.
La orquesta tocó la obertura de Le Nozze di Figaro. Alzóse el telón y comenzó la obra.
Era una de esas innumerables lucubraciones dramáticas en que autores eruditos, pero sin talento, desenvolvían, con sumo trabajo e igual desmaña, con un lenguaje castigado y sin vida, alguna idea “profunda” o “de interés palpitante”, y donde, al presentar lo que llamaban un conflicto trágico, producían un aburrimiento... que tentado estoy de llamar asiático, como hay un cólera de este nombre. La señora Polozoff escuchó con paciencia la mitad del acto; pero cuando, habiendo sabido el primer galán la traición de su amada (iba vestido con un redingotde color de canela, de mangas anchas y cuello de velludo, chaleco a rayas con botones de nácar, calzón verde con polaina de cuero charolado y guantes de gamuza), cuando el primer galán, poniéndose ambas manos en el pecho y sacando los codos en ángulo recto, se puso a aullar exactamente lo mismo que un perro, ya no pudo aguantar la señora Polozoff.