El último actor francés del último teatrillo de provincias representa mejor y con más naturalidad que la primera de las celebridades alemanas —exclamó indignada y se retiró al antepalco; y dan do con la mano en el sitio vacío junto a ella en el diván, dijo a Sanin—: Venga usted a sentarse aquí; charlemos un poco. Obedeció Sanin, y la señora Polozoff se le quedó mirando: Es usted dócil, por lo que veo; su mujer le encontrará de buen componer. Ese furioso —continuó, señalando con el abanico al actor que seguía en sus aullidos (representaba un papel de preceptor)—, ese furioso me recuerda mi juventud. Yo también estuve enamorada de un preceptor. Era mi primera; no, mi segunda pasión. La primera vez fue de un hermano lego del monasterio de Donskoy. Tenía yo diez años y sólo le veía los domingos. Llevaba puesta una sotanilla de terciopelo, perfumábase con agua de alhucema, y cuando cruzaba por entre el gentío, incensario en mano, decía en francés a las señoras: pardon exhinsez. Nunca levantaba la vista, y tenía unas pestañas, mire usted, ¡así de largas! (La señora Polozoff midió con la uña del pulgar la mitad del dedo meñique de la misma mano). Mi preceptor se llamada monsieur Gaston. Debo decir a usted que era un hombre terriblemente sabio y muy severo, un suizo. ¡Y qué enérgica cabeza, patillas negras como el ébano, perfil griego y labios que parecían de hierro cincelado! ¡Le tenía un miedo! Es el único hombre de quien he tenido miedo en mi vida. Era preceptor de mi hermano, quien murió después... ¡ahogado! Una gitana me predijo también que moriría yo de muerte violenta; pero ésas son necedades. No creo en esas cosas. Figúrese usted a Hipólito Sidorovitch ¡con un puñal en la mano! ...
—Se puede morir de otro modo que de una puñalada —objetó Sanin.
—Ésas son tonterías. ¿Es usted supersticioso? Yo, ni pizca. Y luego, no se evita usted lo que tiene que suceder. Monsieur Gastonvivía en nuestra casa, encima de mi cuarto. Acontecíame a veces despertarme de noche y oír sus pasos —se acostaba muy tarde—, y mi corazón sentía un deliquio de veneración... o de otro sentimiento muy diferente. Mi padre apenas sabía leer y escribir, pero nos hizo dar una buena educación. ¿Sabe usted que comprendo el latín? —¡Usted! ¿El latín?
—Sí... yo. Me lo enseñó monsieur Gaston: he leído con él toda la Eneida. Es muy aburrida, pero tiene algunos pasajes bonitos. ¿Recuerda usted cuando Dido y Eneas, en el bosque...?
—Sí, sí lo recuerdo —dijo a escape Sanin. Hacía mucho tiempo que tenía olvidada “la lengua de Lacio” y nunca se familiarizó con la Eneida.
Miróle la señora Polozoff, según su costumbre, un poco de lado y de arriba abajo.
—Sin embargo, no vaya usted a creer que soy una sabihonda. ¡Oh, eso sí que no! No soy marisabidilla y no poseo ningún talento. Apenas si sé escribir, ¡de veras! No sé recitar en voz alta, ni tocar el piano, ni dibujar, ni coser, ¡nada! Ahora, ya me conoce usted, ¡se acabó! —dijo separando los brazos—. Le cuento a usted todo esto, en primer término por no oír a esos gaznápiros —dijo señalando el escenario donde el actor había cedido el puesto a una actriz que aullaba lo mismo que él, también con los codos adelante—, y después, porque estaba en deuda con usted: ¡ayer de mañana no me habló usted más que de sí propio!
—Tuvo usted a bien interrogarme —objetó Sanin. María Nicolavna se volvió bruscamente hacia él.
—¿Y usted no tiene deseo de saber qué clase de mujer soy? Por supuesto, no me extraña —añadió dejándose otra vez caer en los almohadones del diván—. Un hombre que va a casarse, y además por amor, y después de un desafío, ¡cómo ha de tener tiempo de pensar en otra cosa!
Con aire pensativo, la señora Polozoff se puso a morder el mango del abanico con sus dientes un poco grandes, pero iguales y blancos como la leche. Y Sanin aún sentía subírsele a la cabeza aquel vapor que le parecía envolverle desde la víspera. La conversación entre la señora Polozoff y él era a media voz, casi cuchicheando; y eso le turbaba y agitaba aún más...
—¿Cuándo concluiría todo aquello?
—Los caracteres débiles nunca concluyen nada por sí solos; siempre esperan que venga por sí mismo el final.
En ese instante, alguien estornudó en el escenario; el autor había acotado en su obra ese estornudo, a manera de “elemento o momento cómico”. Claro está que ése era el único “elemento” cómico de la pieza; y echáronse a reír los espectadores a quienes contentaba ese “momento”.
También esa risa encolerizó a Sanin.
En ciertos ratos no sabía de un modo positivo si estaba alegre o furioso, si se aburría o se recreaba. ¡Ah, si Gemma le hubiese visto! —¡Verdaderamente, es muy extraño! —dijo de pronto María Nicolavna—. Un hombre dice lo más tranquilo del mundo: “Tengo la intención de tirarme al agua”. Y sin embargo, ¿qué diferencia hay? Esto es extraño, ¡de veras!
Sanin hizo un movimiento de paciencia.
—¡Hay gran diferencia, señora! Hay gentes que de ningún modo temen tirarse al agua: los que saben nadar. En cuanto a la extrañeza de ciertos matrimonios... puesto que hemos llegado a hablar de eso...
Detúvose y se mordió la lengua.
La señora Polozoff le dio en la palma de la mano un golpecito con el abanico.
—Siga usted, Dimitri Pavlovitch, siga. Sé lo que me va a decir: “Puesto que hemos llegado a hablar de eso, tenga la bondad, señora, de decirme si puede imaginarse nada más estrafalario que su casa miento, puesto que conozco a su marido desde la infancia”. Eso es lo que me iba a decir usted, que sabe nadar.
—Dispénseme...
—¡Qué! ¿No es así, no es así? —repitió con insistencia—. Vamos, míreme de frente y dígame si me equivoco.
Sanin ya no supo dónde esconder los ojos y al cabo dijo: —Pues bien... ¡sí!... es verdad, puesto que me exige usted que sea franco en absoluto.
María Nicolavna meneó la cabeza.
—Sí... sí... ¿Y no se pregunta usted, que sabe nadar tan bien, cuál ha podido ser el motivo de una acción tan... estrambótica, por parte de una mujer que no es pobre, ni tonta... ni fea? Eso a usted tal vez no le interese. No importa: le diré el motivo; no ahora, sino dentro de poco, cuando se acabe el entreacto. Siempre estoy con miedo de que entre alguno.
En efecto, no bien hubo dicho esta frase la señora Polozoff, entreabrióse la puerta exterior del palco y vieron penetrar en él una cara rubicunda y reluciente, joven aún pero desdentada ya, de nariz colgante, melenas largas y lacias; orejas enormes como las de un murciélago, y unos ojillos miopes y curiosos tras de los lentes de sus quevedos de oro. Dio un vistazo en redondo al palco, vio a la señora Polozoff, tomó una expresión obsequiosa y se inclinó. Alargóse enseguida un pescuezo surcado por gruesas venas salientes...
La señora Polozoff agitó con rapidez el pañuelo, como para ahuyentar un insecto inoportuno.