Y se alejó con presteza, arrastrando consigo a Sanin.
—¡Váyase usted al diablo! ¿Por qué me lo encuentro a usted hasta en la sopa? vociferó de pronto Dónhof, encarándose con el Litterat; necesitaba descargar contra alguien su rabia.
—¡Sehr gut, sehr gut!masculló el Litterat, eclipsándose.
El lacayo, que esperaba en el vestíbulo, hizo acercarse el coche en un santiamén; subió ligera la señora Polozoff, y Sanin se lanzó en pos de ella. Cerróse con estrépito la portezuela, y María Nicolavna soltó la carcajada.
—¿De qué se ríe usted?
—¡Ah! perdóneme, se lo ruego...; pero se me ha ocurrido la idea de que si Dónhof se batiese con usted por segunda vez y por mi causa... Eso sería muy chusco, ¿no es así?
—¿Tiene usted mucha intimidad con él? —preguntó Sanin.
—¿Con él? ¿Con ese mocoso? Me hace el oso, nada más. Estése usted tranquilo...
—¡Pero si estoy perfectamente tranquilo!
—Sí, sé que usted está tranquilo —dijo la señora Polozoff, exhalando un suspiro—. Pero voy a decirle una cosa... Usted, que es tan galante, no puede rechazar mi último ruego. No olvide que parto dentro de tres días para París, y que usted regresa a Francfort. ¡Quién sabe cuándo volveremos a vernos!
—¿Qué petición me quiere usted hacer?
—¿De seguro que sabrá usted montar a caballo?
—Sí.
—Pues bien; hela aquí. Mañana por la mañana me lo llevo a usted conmigo; iremos a darnos un paseo por las afueras de la ciudad. Llevaremos excelentes caballos. Volveremos después, terminamos el negocio y... Amén. No reclame usted, no me diga que eso es un capricho, que estoy loca. Quizá todo ello sea verdad, pero limítese a decir: “Acepto”.
La señora Polozoff se había vuelto de cara a él. El interior del carruaje estaba oscuro, pero sus ojos brillaban en la oscuridad. —Pues bien; acepto —dijo Sanin suspirando.
—¡Ah, suspira usted! —dijo la señora Polozoff imitándole—. Ese suspiro significa: ha n echado vino, hay que beberlo. Pues no, no... usted es galante, encantador, y yo cumpliré mi promesa. He aquí mi promesa. He aquí mi mano sin guante, la mano derecha, la mano que firma. Cójala usted y crea en su apretón. Qué clase de mujer soy, no lo sé; pero soy un hombre formal, y pueden cerrarse tratos conmigo.
Sin darse muy exacta cuenta de lo que hacía, Sanin se llevó a los labios aquella mano. La señora Polozoff la retiró con dulzura y no dijo ya nada más hasta que el carruaje se detuvo.
—¡Hasta mañana! murmuró María Nicolavna en la escalera, iluminada por cuatro velas de un candelabro, que a su llegada había cogido un criado todo galoneado de oro. Tenía ella los ojos bajos:
—¡Hasta mañana!
De regreso a su cuarto, Sanin encontró encima de la mesa una carta de Gemma. Tuvo un impulso de miedo, seguido muy pronto de otro impulso de alegría, con el cual se ocultó a sí mismo el temor que acababa de experimentar. La carta sólo era de cuatro líneas. Gemma se congratulaba de ver tan bien empezado el asunto, le aconsejaba paciencia, añadiendo que todos estaban buenos y se regocijaba de antemano con la idea de su regreso. Sanin halló un poco seca esa carta; sin embargo, cogió pluma y papel... dejándolos en seguida.
“¿A qué viene el escribir? Mañana regreso... ¡Aún hay tiempo! ¡Hay tiempo!
Metióse en la cama sin tardanza, e hizo todos los esfuerzos posibles por dormirse muy pronto. Si hubiese permanecido de pie y despierto, de seguro que hubiera pensado en Gemma; pero sentía una especie de vergüenza de pensar en ella, de evocar su imagen. Su conciencia estaba desasosegada. Pero se tranquilizaba, diciéndose que todo estaría concluido por completo mañana, que se alejaría para siempre de aquella antojadiza mujer, y que olvidaría todas esas estupideces.
Las personas débiles, cuando hablan consigo mismas, se complacen en emplear expresiones enérgicas.
Y además... “¡Eso no tiene consecuencias!”
XL
Esto era lo que pensaba Sanin a la hora de acostarse. Pero la historia no dice nada acerca de las reflexiones que hizo a la mañana siguiente, cuando la señora Polozoff, llamando a su puerta con algunos golpecitos impacientes dados con el puño de coral del latiguillo, apareció en el quicio de la puerta del cuarto, con la cola de su amazona de tela azul oscura recogida en un brazo, un sombrerito de hombre puesto sobre los gruesos rizos de sus cabellos, el velo echado atrás, y los labios, los ojosy todo el rostro iluminados por una sonrisa provocativa.
—¡Vamos! ¿Está usted dispuesto? —dijo con voz alegre.
Por única respuesta, Sanin se abrochó el redingoty cogió el sombrero. La señora Polozoff le echó una mirada intensa y viva, hizo una seña con la cabeza y bajó rápida la escalera, Sanin se lanzó en pos de ella.
Los caballos esperaban ya delante del pórtico. Había tres: uno alazán dorado, una yegua de pura sangre, de cabeza enjuta, ojosnegros a flor de cara, piernas de ciervo, un poco flaca, pero elegante de formas y ardiente como el fuego, era para la señora Polozoff; el segundo, grande, robusto, de un negro sin mancha, de belfo delgado y que enseñaba los dientes, era para Sanin; el tercero para el lacayito, María Nicolavna montó con ligereza en su bruto, que gallardeó en el sitio, levantando la cola y haciendo piernas; pero la señora Polozoff, excelente jinete, lo dominó. Aún había que despedirse de Polozoff, quien con su fez inmutable y su flotante bata había aparecido en el balcón; agitaba un pañuelo de batista, preciso es decir que con aire poco risueño y hasta enfurruñado. Montó Sanin, María Nicolavna saludó a Polozoff con la punta del latiguillo, y cruzó de un latigazo el cuello arqueado y liso de su cabalgadura. Esta se encabritó, dio un salto de carnero; y después, domada, estremecióse, tascando el freno, sorbiendo aire y resollando jadeante, principió a andar con paso menudo y firme. Sanin la siguió, mirando a María Nicolavna, cuyo talle esbelto y flexible, modelado por un corsé que lo dibujaba sin oprimirlo, cimbrábase con aplomo y gracia. Volvió la cabeza y le llamó con la mirada. Sanin se reunió con ella.
—¿Ve usted qué hermosura? Se lo digo por última vez antes de separarnos: “Es usted adorable, y no se arrepentirá”.
Apoyó estas últimas palabras con un afirmativo meneo de cabeza repetido muchas veces, como para hacerle comprender mejor su significado.
Parecía tan dichosa, que Sanin se quedó absorto. Su cara hasta había tomado esa expresión seria que se advierte en los niños cuando están en el colmo de la satisfacción.
Fueron al paso hasta la próxima ronda; después lanzáronse a trote largo por la carretera. El día era espléndido, un verdadero día de verano. Un viento ligero y alegre les acariciaba el rostro, murmuran do y zumbando en sus oídos. De minuto en minuto se apoderaba de ellos una sensación de juventud y de vida enérgica, de libres e impetuosos arranques, y la saboreaban con delicia.
María Nicolavna refrenó el caballo y lo sacó al paso, imitándola Sanin.