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Todo esto fue lo que se le vino a la memoria a Demetrio Sanin, cuando en el silencio del gabinete, revolviendo entre sus papeles antiguos, se le vino a las manos la crucecita de granates. Los acontecimientos que acabamos de referir, se dibujaron con claridad ante los ojos de su alma... Pero al llegar a la hora en que había dirigido a la señora Polozoff aquella humillante súplica, en que había comenzado su esclavitud, en que se había puesto a los pies de aquella mujer, apartóse de aquellas imágenes evocadas y ya no quiso recordar más. Y no es que le fuese infiel la memoria, no; sabía bien, harto bien lo que siguió a aquella hora fatal; pero la vergüenza le ahogaba, aun entonces, al cabo de tantos años transcurridos. Temía ese sentimiento de irresistible menosprecio de sí mismo, que estaba seguro de que había de acometerle, y que semejante a una ola sumergiría en él cualquier otro sentimiento si no hacía callar a su memoria. Pero por grande que fuera su empeño en luchar contra los recuerdos que ante él se alzaban, no podía ahogarlos por completo. Acordábase de aquella lastimosa y miserable carta, llena de mentiras y de lágrimas viles, que había escrito a Gemma y que no tuvo ninguna respuesta... Respecto a presentarse delante de ella, volver a su lado después de tal engaño, después de semejante traición, ¡no, eso no!, todo lo que aún quedaba en él de conciencia y de honradez se había opuesto a ello. Y luego, ¿no había perdido toda confianza en sí mismo, toda estimación en sí propio? ¿Cómo se atrevería en lo sucesivo a dar su palabra de honor?

Acordábase también Sanin, ¡oh, vergüenza!, de cómo había enviado uno de los lacayos de Polozoff a Francfort en busca de su equipaje; cómo, en su cobarde inquietud, sólo pensaba en una cosa, en partir cuanto antes, en marchar a París; cómo por orden de María Nicolavna, se había esforzado en granjearse el afecto de Hipólito Sidorovitch y se había hecho amigo de Dünhof, en el dedo del cual había visto un anillo de hierro ¡enteramente igual al que le dio a él la señora Polozoff! Después vinieron los recuerdos más dolorosos, más vergonzosos aún... Un criado le trae una tarjeta de visita que dice: Pantaleone, cantante de cámara de Su Alteza el duque de Módena. Se niega a recibir al viejo, pero no puede evitar el encontrarlo, cuya melena gris se eriza indignada y flamígera, cuyos ojos rodeados de arrugas brillan como ascuas encendidas; oye rezongar exclamaciones amenazadoras, imprecaciones de ¡Maledizione!, terribles insultos: ¡Cobardo! ¡Infame traditore!

Sanin cierra los ojos y mueve la cabeza para intentar otra vez eximirse de sus recuerdos, pero en vano: se vuelve a ver sentado en la estrecha banqueta delantera de una magnífica silla de postas, mientras que María Nicolavna e Hipólito Sidorovitch se arrellanan en los blandos almohadones de la testera... y cuatro caballos trotando con paso igual por el empedrado de Wiesbaden, los conducen a París. ¡París! Hipólito Sidorovitch se come una pera que Sanin había, mondado; y María Nicolavna, al mirar a ese hombre convertido en una cosa de ella, sonríese con esa sonrisa que ya conoce él, sonrisa de amo y señor...

Pero, ¡santo Dios! ¡Qué ve allá lejos, en la esquina de una calle, un poco antes de salir de la ciudad? ¿.No es Pantaleone? Alguien le acompaña; ¿será Emilio? Sí, él es: su amiguito devoto y entusiasta. Pocos días ha, ese corazón juvenil le veneraba como un héroe, como un ideal; y ahora el desprecio y el odio encienden ese noble rostro, pálido y bello, tan bello que María Nicolavna se ha fijado en él y se asoma por la ventanilla de la portezuela. Sus ojos, tan parecidos a los de ella, a los ojos de su hermana, están fijos en Sanin, y sus labios comprimidos se separan de pronto para proferir una injuria...

Y Pantaleone extiende el brazo y señala a Sanin, ¿a quién?, a Tartagliaque está detrás de él. Y Tartagliaaúlla contra Sanin; y hasta el ladrido del honrado perro de aguas resuena en sus oídos como un intolerable insulto... ¡Horrible pesadilla!

Luego, la vida en París, y todos los rebajamientos, todos los oprobiosos suplicios del esclavo a quien ni siquiera se le permite estar celoso ni quejarse, ¡y al que, por fin, se arroja como un vestido viejo...!

Después, el regreso a la patria, una existencia envenenada y vacía, mezquinos cuidados y agitaciones, un arrepentimiento amargo y estéril, un olvido no menos estéril ni menos amargo; un castigo vago, pero incesante y eterno, análogo a un sufrimiento poco agudo, pero incurable, a una deuda que se paga ochavo a ochavo sin poder finiquitarla nunca.

El cáliz estaba lleno hasta los bordes... ¡Basta!

¿Por qué casualidad había permanecido en poder de Sanin la crucecita que le dieron? ¿Por qué no la había devuelto? ¡Cómo hasta este día no la había visto nunca? Largo tiempo estuvo absorto en sus pensamientos; y aunque instruido por la apariencia de tantos años pasados desde entonces acá, no pudo llegar a comprender cómo había abandonado a Gemma, querida tan tierna y apasionadamente, por una mujer a quien no amaba ni mucho ni poco, sino nada...

Al siguiente día produjo grande asombro en sus amigos y conocidos al anunciarles que salía para el extranjero. Este asombro se difundió pronto por toda la buena sociedad. Sanin abandonaba Peters burgo en el riñón del invierno, en el momento en que acababa de alquilar y amuebla r unas magníficas habitaciones; y, lo que es más, renunciaba a su abono en la Opera Italiana, a las representaciones de la señora Patti, de la Patti en persona, ¡ese ideal, esa última palabra de la tabaquera de música! Sus amigos y conocidos no comprendían nada de aquello. Pero los hombres no tienen costumbre de ocuparse mucho de asuntos ajenos; y cuando Sanin partió para el extranjero, la única persona que le acompañó a la estación del ferrocarril fue su sastre francés, con la esperanza de hacer ajustar una cuentecita “por un abrigo de viaje, de terciopelo negro, elegantísimo”.

XLIII

Al decir Sanin a sus amigos que salía para el extranjero, no indicó el punto de destino... No costará trabajo a los lectores adivinar que se fue en derechura a Francfort. Gracias a los ferrocarriles que surcan toda Europa, llegó a los tres días de haber partido. Era su primera visita a Francfort desde 1840. La fonda del Cisne Blancono había cambiado de sitio y continuaba floreciente, aunque no estuviera ya en primera fila; la Zeile, aquella gran arteria de Francfort, había sufrido pocos cambios; pero ya no quedaban vestigios de la casa de Roselli, ni aun de la calle donde estuvo la confitería. Sanin anduvo errante como un loco por aquellos lugares con los cuales tan familiarizado estuvo antaño, sin conseguir orientarse: las antiguas construcciones habían desaparecido; nuevas calles las reemplazaban, formando filas interminables de grandes casas y elegantes palacios; y en el mismo jardín público donde había tenido su entrevista decisiva con Gemma, habían crecido tanto los árboles y se había transformado todo hasta tal punto, que Sanin se preguntaba si aquel jardín era, en efecto, el mismo.

¿Qué hacer? ¿Qué marcha seguir en sus indagaciones? Habían transcurrido desde entonces treinta años... ¡Cuántas dificultades! Ni uno solo de aquellos a quienes se dirigió había oído ni siquiera pronunciar el nombre de Roselli. El dueño de la fonda le aconsejó que fuese a informarse a la Biblioteca Pública.

—Allí encontrará usted le dijo— todos los periódicos antiguos.