– Creo que aquí había un estanque -dijo-. Desde luego, en Bruntsfield había canteras y Marchmont era todo tierras de labor.
– En la actualidad es más bien un zoológico -repuso Rebus.
– Se recrea siendo cínico, ¿verdad? -dijo ella mirándolo.
– Es para no oxidarme.
En Jawbone Walk, ella sugirió cruzar hacia Marchmont Road.
– ¿Dónde vive exactamente? -preguntó a Rebus.
– En Arden Street, una bocacalle de Warrender Park Road.
– Es cerca de aquí.
Él sonrió y la miró a los ojos.
– ¿Está insinuando que la invite?
– Pues sí, con toda sinceridad.
– El piso está hecho una pocilga.
– Me decepcionaría que estuviera de otra manera. Pero la vejiga me dice que no pondrá pegas.
Estaba poniendo orden a toda prisa en el cuarto de estar cuando oyó la descarga del agua de la cisterna. Miró a su alrededor y movió la cabeza: era como intentar quitar el polvo después de un bombardeo; así que volvió a la cocina y echó café en dos vasos; en la nevera tenía leche del miércoles, pero se podía tomar. Ella lo observaba desde la puerta.
– Menos mal que tengo una excusa por este desastre -dijo él.
– Yo también cambié hace unos años la instalación eléctrica del piso -explicó ella comprensiva-. Pensaba venderlo.
Rebus alzó la vista y ella comprendió que había dado en el clavo.
– Yo voy a ponerlo en venta -dijo él.
– ¿Por algún motivo concreto?
«Por los fantasmas», habría podido contestar, pero se encogió de hombros.
– ¿Va a empezar una nueva vida? -aventuró ella.
– Tal vez. ¿Con azúcar? -preguntó tendiéndole el vaso.
Ella miró el color marrón.
– Sin, y tampoco tomo leche -contestó.
– Dios, lo siento -dijo él queriendo retirárselo, pero ella se negó.
– No pasa nada -dijo echándose a reír-. Vaya policía; en el restaurante me ha visto que tomaba dos solos.
– Ni me he dado cuenta -confesó Rebus.
– ¿Hay sitio en el cuarto de estar para sentarse? Ahora que ya nos conocemos un poco voy a explicarle lo de las muñecas.
Rebus dejó libre un trozo de la mesa y ella puso en el suelo el bolso de bandolera y sacó una carpeta.
– Ya sé que esto a muchos les parece cosa de locos -dijo ella-, así que espero que usted tenga una mente abierta. Tal vez por eso he querido conocerlo antes un poco más.
Le tendió la carpeta y Rebus sacó un montón de recortes de prensa que extendió en la mesa mientras ella hablaba.
– De la primera tuve noticia por una carta que llegó al museo hará un par de años -dijo cogiendo el escrito en cuestión-. Era una tal señora Anderson de Perth que, al conocer la historia de los ataúdes de Arthur's Seat, se apresuró a informarme que cerca de Huntingtower había habido un suceso parecido.
El recorte adjunto a la carta era del Courier: «MISTERIOSO HALLAZGO CERCA DE UN HOTEL DE LA LOCALIDAD». Se trataba de una caja de madera en forma de ataúd con un jirón de tela al lado, encontrada en un bosquecillo por un hombre que paseaba al perro y que había llevado el objeto al hotel pensando que era un juguete, pero nadie había podido dar una explicación al hecho. El suceso se remontaba a 1995.
– La señora Anderson se interesaba por la historia local -dijo Jean Burchill- y eso la impulsó a recortar la noticia.
– ¿No había ninguna muñeca?
– Quizá se la llevara algún animal -respondió ella negando con un gesto.
– Puede ser -dijo Rebus mirando el segundo recorte, de 1982, de un periódico de Glasgow: «LA IGLESIA CONDENA LA BROMA DE MAL GUSTO».
– Fue también la señora Anderson quien me habló de este otro caso -dijo Jean-. En esta ocasión lo encontraron en un cementerio y dentro había una muñeca, un tarugo más bien, con una tela atada con una cinta.
Rebus miró la foto del periódico.
– Parece madera muy ligera, como de balsa o algo así -observó.
Ella asintió con la cabeza.
– Yo pensé que era simple coincidencia, pero desde entonces he estado alerta a piezas similares.
– Y parece que las ha encontrado -dijo Rebus separando los dos últimos recortes.
– He recorrido el país dando conferencias por cuenta del museo y en todas las localidades preguntaba si alguien sabía de un caso parecido.
– ¿Ha tenido suerte?
– Hasta ahora en dos ocasiones. Una en 1977 en Nairn, y otra en el 72 en Dunfermline.
Otros dos casos misteriosos. En Nairn, el ataúd había aparecido en la playa, y en Dunfermline, en una cañada. Uno con muñeca y otro sin ella. Cabía la posibilidad de que también en el segundo caso se la hubiera llevado un animal o un niño.
– ¿A usted qué le parece? -preguntó Rebus.
– ¿No debería ser yo quien hiciera la pregunta? -replicó ella. Rebus no contestó y siguió hojeando los informes-. ¿Cree que existe relación con el que usted encontró en Los Saltos?
– No lo sé -contestó mirándola-. ¿Por qué no lo averiguamos?
El tráfico dominguero los obligó a ir despacio, casi todos coches que entraban a Edimburgo tras la jornada campestre.
– ¿Cree que podrá haber más casos? -preguntó Rebus.
– Es posible. Los grupos de historia local están atentos a rarezas de ese tipo y además tienen buena memoria. Es como una red, y la gente sabe que es algo que me interesa -explicó ella apoyando la cabeza en el cristal de la ventanilla-. Yo creo que me habría enterado.
Al pasar el indicador que daba la bienvenida a Los Saltos, ella sonrió.
– Está hermanado con Angoisse -dijo.
– ¿Cómo dice?
– En el indicador dice que Los Saltos está hermanado con una ciudad llamada Angoisse. Debe de ser francesa.
– ¿Cómo lo sabe?
– Es que había una pequeña banderita francesa junto al nombre.
– Ah, sí, claro.
– Pero además es una palabra del francés que significa «angustia». Imagínese, una ciudad llamada angustia…
Como había coches aparcados a ambos lados de la calle principal, Rebus pensó que no habría sitio para aparcar, y dobló en el camino y allí dejó el coche. Yendo hacia la casa de Dodds pasaron junto a dos personas del pueblo que limpiaban el coche. Eran dos hombres de mediana edad vestidos de manera informal, los dos con pantalón de pana y jersey con cuello de pico, como si fuera un uniforme. Rebus imaginó que entre semana irían con traje y corbata, pensó en aquellas mujeres que en la memoria de Wee Billy fregaban la escalinata y se dijo que aquellos dos eran el equivalente actual. Uno de ellos los saludó con un «hola» y el otro con un «buenas tardes». Rebus les dirigió una inclinación de cabeza y llamó a la puerta de Dodds.
– Creo que está dando su paseo diario -dijo uno de los hombres.
– No tardará -añadió el otro.
Ninguno de los dos había interrumpido la labor de limpieza del coche y Rebus pensó si no era una especie de competición, no por la rapidez, sino por la concentración con que lo hacían.
– ¿Piensan comprar cerámica? -preguntó el primero mientras atacaba la parrilla del BMW.
– En realidad, quería ver la muñeca -dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos.
– No creo que pueda. Ha firmado una exclusiva con uno de sus competidores.
– Soy policía -replicó Rebus.
El dueño del Rover lanzó un resoplido por el error de su vecino.
– Eso es bien distinto -añadió riendo.
– Ha sido un suceso muy raro -dijo Rebus para entrar en conversación.
– Aquí suceden cosas raras.
– ¿Qué quiere decir?
El del BMW escurrió la esponja.
– Hace unos meses hubo una racha de robos y pintarrajearon la puerta de la iglesia.