– Fueron los críos de las casas baratas -dijo el del Rover.
– Tal vez -prosiguió su vecino-, pero es curioso que antes no hubiera sucedido. Luego desaparece la hija de los Balfour…
– ¿Conocen a la familia?
– Se les ve por aquí -contestó el del Rover.
– Hace dos meses dieron una merienda para algún acto benéfico que no recuerdo y abrieron la casa al público. A John y a Jacqueline se les veía muy satisfechos -añadió el del BMW mirando a su vecino al decirlo, y Rebus comprendió que era como un factor más del juego que se traían entre sí.
– ¿Y la hija? -preguntó Rebus.
– Ella siempre ha sido algo distante -se apresuró a decir el del Rover por no perder comba-. Con ella no era tan fácil entablar conversación.
– A mí me hablaba -replicó su rival-. Una vez estuvimos charlando de sus estudios en la universidad.
El del Rover lo miró furioso y Rebus pensó en un hipotético duelo lanzándose las gamuzas a una distancia de veinte pasos.
– ¿Y la señorita Dodds, es buena vecina? -preguntó.
– Hace una cerámica horrenda.
– Pero ese asunto de la muñeca no le habrá venido mal para el negocio.
– Qué duda cabe -dijo el del BMW-. Si es lista, sacará su provecho.
– La publicidad es la vida de cualquier negocio que empieza -añadió su vecino, y Rebus tuvo la impresión de que hablaban con conocimiento de causa.
– Un negocio complementario con té y tartas caseras hace maravillas -dijo el del BMW risueño.
Los dos dejaron su faena y permanecieron pensativos.
– Me pareció que era su coche el que estaba en el camino -dijo Bev Dodds acercándose a ellos.
Mientras se hacía el té, Jean preguntó si podía enseñarle sus piezas de cerámica. Una ampliación trasera de la casita albergaba la cocina y el segundo dormitorio convertido en taller. Jean elogió diversos cuencos y platos, pero Rebus se dio cuenta de que no le gustaban. Luego, cuando Bev volvió a ponerse su juego de pulseras y brazaletes, elogió también los adornos.
– Los hago yo -dijo la ceramista.
– ¿Ah, sí? -preguntó Jean entusiasmada.
Dodds estiró el brazo para enseñarlos mejor.
– Son piedras del lugar. Las lavo y las pinto para darles aspecto de cristal de roca.
– ¿Desprenden energía positiva? -aventuró Jean. Rebus no sabía ya si estaba realmente interesada o fingía-. ¿Me vendería una?
– Naturalmente -respondió Dodds encantada quitándose un brazalete; tenía el pelo alborotado y las mejillas rojas del paseo-. ¿Le gusta éste? Es uno de mis preferidos. Se lo dejo en diez libras.
Jean hizo una pausa al oír el precio, pero luego sonrió y le dio un billete de diez libras que Dodds se guardó en el bolsillo.
– La señorita Burchill trabaja en el museo -dijo Rebus.
– ¿De verdad?
– Soy conservadora -añadió Jean poniéndose el brazalete.
– Qué trabajo tan estupendo. Siempre que voy a Edimburgo procuro hacer una visita.
– ¿Ha oído hablar de los ataúdes de Arthur's Seat? -preguntó Rebus.
– Steve me dijo algo -respondió ella.
Rebus se imaginó que se refería a Steve Holly, el periodista.
– A la señorita Burchill le interesa el tema -añadió Rebus- y querría ver la muñeca que encontró usted.
– Naturalmente -dijo ella abriendo un cajón y sacando el ataúd.
Jean lo cogió con cuidado y lo puso encima de la mesa de la cocina para examinarlo.
– Está bastante bien hecho -explicó- y es más parecido a los de Arthur's Seat que los otros.
– ¿Los otros? -preguntó Bev Dodds.
– ¿Es una copia de alguno de ésos? -inquirió Rebus sin darle tregua.
– No exactamente copia, no -dijo Jean-. Los clavos son distintos y la construcción tampoco es igual.
– ¿No lo habrá hecho alguien que haya visto la exposición del museo?
– Es posible. En la tienda del museo hay a la venta postales de los ataúdes.
Rebus miró a Jean Burchill.
– ¿Se ha interesado alguien por la exposición últimamente?
– ¿Cómo quiere que lo sepa?
– Tal vez algún investigador, o alguien.
Burchill negó con la cabeza.
– El año pasado tuvimos una estudiante haciendo el doctorado…, pero regresó a Toronto.
– ¿Hay alguna relación? -preguntó Bev Dodds abriendo mucho los ojos-. ¿Hay una relación entre el museo y el secuestro?
– No sabemos si han secuestrado a alguien -replicó Rebus.
– Bueno…
– Señorita Dodds… Bev… -dijo Rebus mirándola fijamente-. Es importante que esta conversación no trascienda.
Ella asintió con la cabeza, pero Rebus sabía que en cuanto se marchasen telefonearía a Steve Holly. No acabó de tomarse el té.
– Tenemos que irnos -dijo.
Jean, que lo captó inmediatamente, dejó la taza en la bandeja.
– Gracias por el té.
– De nada. Gracias por comprarme el brazalete. Es mi tercera venta hoy.
Cuando volvían hacia el camino, pasaron dos coches que entraron en él. Excursionistas que van a ver la cascada, pensó Rebus. A la vuelta, seguramente pararían en casa de la ceramista para ver el célebre ataúd y a lo mejor compraban algo…
– ¿En qué piensa? -preguntó Jean Burchill subiendo al coche y mirando el brazalete a la luz.
– En nada -mintió Rebus.
Decidió cruzar el pueblo. El Rover y el BMW se secaban al sol del atardecer y ante la casita de Bev Dodds había una pareja joven con dos niños; el padre llevaba una cámara de vídeo en la mano. Rebus dejó pasar cuatro o cinco coches y siguió hacia Meadowside. En la hierba jugaban al fútbol tres críos, quizá dos de ellos eran los de la visita anterior. Paró, bajó el cristal de la ventanilla y llamó a uno. Ellos lo miraron sin dejar de jugar. Le dijo a Jean que era cuestión de un segundo y se bajó del coche.
– Hola -les dijo.
– ¿Usted quién es? -preguntó un niño delgaducho de cinco palmos de alto con las costillas marcadas y unos brazuelos que terminaban en puños apretados. Llevaba el pelo cortado al rape y guiñaba sus ojos frente a la luz con agresividad y desconfianza.
– Soy de la policía -contestó Rebus.
– No hemos hecho nada.
– Enhorabuena.
El niño dio una fuerte patada a la pelota, que golpeó violentamente en el muslo de otro, haciendo que el tercero se echara a reír.
– Quería preguntaros si sabéis algo de esa racha de hurtos de la que me han hablado.
El niño miró a Rebus y resopló.
– O si sabéis algo de las pintadas en la iglesia…
– No -respondió el crío.
– ¿No? -repitió Rebus haciéndose el sorprendido-. De acuerdo, ahí va la tercera: ¿y ese ataúd que han encontrado?
– ¿Qué?
– ¿Lo habéis visto?
El niño negó con la cabeza.
– Dile que se vaya a la mierda, Chick -dijo uno de los otros dos.
– ¿Chick? -dijo Rebus mirándolo para darle a entender que lo recordaría.
– Yo no he visto el ataúd -protestó el llamado Chick-. Yo no llamo a su puerta ni loco.
– ¿Por qué no?
– Porque es la hostia de rara -respondió Chick riendo.
– Rara, ¿cómo?
Chick estaba perdiendo la paciencia porque lo había enredado en una conversación.
– Rara como ellos.
– Son todos unos «enteraos» -añadió el otro tirando de él-. Vamos, Chick.
Echaron a correr con el tercer crío y la pelota. Rebus los miró un instante pero Chick no volvió la cabeza. Cuando regresó al coche vio que Jean había bajado el cristal de la ventanilla.
– Lo admito -dijo-: no se me da nada bien el interrogatorio infantil.
Ella sonrió.
– ¿Qué quería decir con lo de «enteraos»?
– Que son unos engreídos -respondió dándole al contacto.
Aquel domingo por la noche se encontraba en la acera frente al piso de Philippa Balfour con las llaves en el bolsillo. Pero no iba a entrar después de lo que había sucedido la última vez. Habían cerrado las contraventanas del cuarto de estar y del dormitorio, y no se veía ninguna luz.