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– Ya le he robado bastante de su día -dijo, y ella no replicó.

– En otra ocasión, entonces -repuso ella.

Cuando volvía a Marchmont sintió que se había desvanecido algo entre ambos y estuvo a punto de llamarle, pero puso la tele, se enfrascó en su programa sobre la naturaleza y después ya no pensó en otra cosa hasta que recordó lo de la reconstrucción y se acercó a verla.

Seguía con la mano sobre el teléfono. Cogió el auricular, marcó el número del Hotel Huntingtower y pidió que le pusieran con el director.

– Lo siento -dijo la telefonista-, está en una reunión en este momento. ¿Quiere dejar algún recado?

– Quiero hablar con alguien que trabaje en el hotel desde 1995 -respondió después de explicar quién era.

– Yo trabajo desde 1993 -dijo la mujer.

– Entonces, recordará un ataúd pequeñito que apareció.

– Sí, vagamente.

– Es que tengo un recorte de un periódico en el que se afirma que el hotel podía adquirir mala fama.

– Sí.

– ¿Y por qué motivo?

– No estoy segura, quizá fuera por la turista americana.

– ¿Qué turista?

– La que desapareció.

Rebus guardó silencio un instante y luego le pidió que repitiese lo que acababa de decir.

* * *

Rebus fue al anexo de la Biblioteca Nacional de Causewayside, que estaba a apenas cinco minutos a pie de Saint Leonard, enseñó su carnet de policía y dijo lo que quería; lo acompañaron hasta una mesa con lector de microfilmes consistente en una gran pantalla con dos bobinas debajo para pasar la película. Él ya había usado el aparato cuando la hemeroteca estaba en el edificio principal del puente George IV. Aunque señaló al empleado que era un «trabajo urgente», tardó casi veinte minutos en llegar un bibliotecario con la caja de los microfilmes pedidos. El Courier era el diario de Dundee; recordó que sus padres lo compraban y le constaba que hasta hacía poco había conservado la presentación tipográfica del siglo pasado con anuncios en la primera página, sin noticias ni fotos. Se decía que, cuando el hundimiento del Titanic, el Courier lo publicó con el titular de: «un hombre de Dundee perece en el océano». No era un periódico de miras estrechas.

Rebus llevaba el recorte sobre el hotel y pasó la cinta de microfilmes hasta un mes antes de la fecha de publicación. Allí estaba, en una página interior, «misteriosa desaparición de una turista, según la policía». La mujer se llamaba Betty-Anne Jesperson, tenía treinta y ocho años y estaba casada; había llegado con un grupo de turistas estadounidenses que hacían una gira llamada «Las místicas Tierras Altas de Escocia». La fotografía, tomada de su pasaporte, mostraba a una mujer fornida, de pelo negro con permanente y gafas de montura gruesa. Su esposo, Garry, manifestó que ella solía levantarse temprano para dar un paseo antes del desayuno, pero nadie del hotel la había visto salir. Habían batido los alrededores en su búsqueda y la policía recorrió el centro de Perth con fotos de ella para indagar. Rebus pasó la película siete fechas más adelante y la noticia ya no ocupaba más de diez párrafos; una semana después se reducía a un párrafo. Era una historia a punto de desaparecer, igual que Betty-Anne.

Según la recepcionista del hotel, Garry Jesperson había vuelto varias veces a la zona aquel año y al año siguiente pasó un mes entero; después, lo único que sabía la mujer era que había conocido a otra y se había trasladado de Nueva Jersey a Baltimore.

Rebus tomó nota de los datos en su bloc y se puso a dar golpecitos en la página hasta que uno de los lectores lanzó un carraspeo admonitorio en protesta por el ruido que hacía.

En el mostrador rellenó un formulario para que le enseñaran más periódicos: el Dunfermline Press, el Glasgow Herald y el Inverness Courier. Como sólo tenían microfilmado el segundo, empezó por éste y la muñeca del cementerio aparecida en 1982…, el año en que Van Morrison lanzó Beautiful Vision. Se puso a tararear «Dweller on the Threshold», pero calló de pronto al darse cuenta de dónde estaba. Él, en 1982 era sargento y trabajaba en casos con otro sargento llamado Jack Morton, y la comisaría estaba en Great London Road antes de sufrir un incendio. Cuando le llevaron el microfilme del Herald lo hizo pasar haciendo discurrir días y semanas a toda velocidad por la pantalla. Todos los policías de mayor rango que él de la época de Great London Road habían muerto o estaban jubilados, pero él no tenía contacto con ninguno. También se acababa de jubilar Watson y pronto, le gustara o no, le llegaría el turno a él. No pensaba retirarse por las buenas; tendrían que sacarlo a rastras.

La muñeca del cementerio había sido hallada en mayo. Comenzó a primeros de abril, pero el problema era que Glasgow era una ciudad grande, con mayor cantidad de delitos que una localidad como Perth. No estaba muy seguro de encontrar nada ni de si tardaría mucho. Por otro lado, si era una persona desaparecida, ¿lo habría publicado el periódico? Miles de personas desaparecen al año, y algunas sin que nadie lo advierta, como sucede con los sin techo o los que no tienen familia ni amigos. Vivías en un país en donde un cadáver podía estar días en un sillón junto al fuego hasta que el olor llamaba la atención de los vecinos.

Cuando terminó de repasar abril no había ninguna denuncia por persona desaparecida, pero encontró seis muertes, dos de ellas de mujeres. Una asesinada de una puñalada después de una fiesta; la noticia decía que un hombre ayudaba a la policía en las pesquisas. Pensó que sería el novio; estaba seguro de que si seguía leyendo acabaría viendo que el caso se resolvía en los tribunales. La segunda muerta era una ahogada en un tramo de un río que él nunca había oído nombrar, White Cart Water, en la orilla sur de parque Rosshall. Se llamaba Hazel Gibbs, tenía veintidós años y su marido la había abandonado con dos niños; los amigos aseguraban que sufría depresión y que la víspera la habían visto bebiendo sin preocuparse de los niños.

Rebus salió a la calle, cogió el móvil y marcó el número de Bobby Hogan, del departamento de Investigación Criminal de Leith.

– Bobby, soy John. Tú conoces un poco Glasgow, ¿verdad?

– Un poco.

– ¿Has oído hablar de White Cart Water?

– Pues no.

– ¿Y del parque Rosshall?

– ¿Cómo dices?

– ¿Tienes algún contacto en el oeste?

– Puedo hacer una llamada.

– Haz el favor.

Le repitió los nombres y colgó. Fumó un cigarrillo mientras miraba un pub nuevo en la acera de enfrente. Una copa no le haría daño, pero recordó que tenía que ver al médico. Qué diablos, que esperase; podía cambiar la cita. Cuando terminó el cigarrillo, como no había llamado Hogan, volvió a la mesa y comenzó a revisar los ejemplares de mayo de 1982. Sonó el móvil, y vigilantes y lectores lo miraron horrorizados. Lanzó una maldición y se llevó el aparato a la oreja, levantándose para salir otra vez.