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– Soy yo -dijo Hogan.

– Dime -musitó Rebus camino de la salida.

– El parque Rosshall está en Pollok, al sudoeste del centro de la ciudad, y White Cart Water discurre por la parte superior del parque.

Rebus se detuvo.

– ¿Estás seguro? -preguntó en un susurro.

– Eso me dicen.

Rebus volvió a la mesa. Tenía el recorte del Herald junto a otro del Courier. Los separó para estar seguro.

– Gracias, Bobby -dijo, y cortó la comunicación.

La gente a su alrededor hacía gestos de exasperación pero él no hizo caso, «LA IGLESIA CONDENA LA BROMA DE MAL GUSTO»: la iglesia en cuyo cementerio habían encontrado el féretro estaba en Potterhill Road, en Pollok.

* * *

– Supongo que no pensarás explicarte -dijo Gill Templer.

Rebus se había acercado en coche a Gayfield Square para pedirle que hablara con él cinco minutos y lo hacían en el mismo despacho maloliente.

– Es precisamente lo que quiero hacer -replicó Rebus llevándose una mano a la frente. Sentía una especie de fiebre.

– Tenías que haber ido al médico.

– Ha sucedido algo. Dios, no vas a creerme.

Ella señaló con el dedo un periódico sensacionalista que tenía en la mesa.

– ¿Tienes idea de cómo se habrá enterado Steve Holly de esto? -preguntó.

Rebus dio la vuelta al periódico hacia él. Holly se las había arreglado en tan poco tiempo para hilvanar una historia en la que sacaba a relucir los ataúdes de Arthur's Seat, la intervención de una «especialista del museo de Escocia», el ataúd de Los Saltos y el «persistente rumor de que hay más ataúdes».

– ¿Qué quiere decir con eso de que hay «más ataúdes»? -preguntó Templer.

– Es lo que venía a decirte.

Le contó la historia que había descubierto en los tomos encuadernados en cuero del Dunfermline Press y el Inverness Courier, en confirmación de sus temores. En julio de 1977, apenas una semana antes del hallazgo del ataúd en la playa de Nairn, habían encontrado a Paula Gearing ahogada en la playa a cuatro kilómetros de la ciudad. Su muerte era inexplicable y se atribuyó a un «contratiempo». En octubre de 1972., tres semanas antes del hallazgo del ataúd en el barranco de Dunfermline, se había denunciado la desaparición de una joven, Caroline Farmer, estudiante de cuarto año en un instituto de Dunfermline. Acababa de dejarla plantada su novio y las suposiciones apuntaban a que esa fuera la causa de que hubiese abandonado la casa de sus padres: éstos afirmaron que no descansarían hasta encontrarla. Pero Rebus dudaba que dieran con ella.

Gill Templer escuchó sin hacer comentarios y, cuando Rebus terminó hojeó los recortes de prensa, las notas, y finalmente lo miró.

– Es muy poca base, John.

Rebus se puso en pie. Necesitaba moverse, pero allí no había espacio.

– Gill, ahí… algo hay.

– ¿Un asesino que deja ataúdes cerca del escenario del crimen? -dijo ella negando despacio con la cabeza-. No lo veo. Tenemos dos cadáveres sin ningún signo de violencia y dos desapariciones. No acaba de encajar.

– Tres desapariciones contando la de Philippa Balfour.

– Y otra cosa más: el ataúd de Los Saltos aparece menos de una semana después de su desaparición. No encaja.

– ¿Crees que me imagino cosas?

– Tal vez.

– ¿Puedo seguir investigándolo?

– John…

– Deja que intervengan un par de policías más y danos unos días a ver si te convencemos.

– Ya estamos bastante escasos de personal.

– Faltos de personal, ¿haciendo qué? Estamos perdiendo el tiempo hasta que vuelva, llame a su casa o aparezca muerta. Dame dos agentes.

Ella negó despacio con la cabeza.

– Uno, y puedes continuar tres o cuatro días como máximo. ¿Entendido?

Rebus asintió con la cabeza.

– Ah, John, ve a ver al médico o me encargo yo de que vayas. ¿Entendido?

– Entendido. ¿Con quién haré la investigación?

Templer reflexionó un instante.

– ¿Con quién quieres hacerla?

– Con Ellen Wylie.

– ¿Por algún motivo en concreto? -preguntó ella mirándolo.

Rebus se encogió de hombros.

– Nunca será buena presentadora de televisión, pero es buena policía.

– De acuerdo -dijo Templer sin dejar de mirarlo.

– ¿Hay alguna posibilidad de que nos quites de encima a Steve Holly?

– Puedo intentarlo -respondió ella dando unos golpecitos en el periódico-. Imagino que la «especialista» es Jean, ¿no? -Aguardó a que él asintiese con la cabeza y lanzó un suspiro-. No sé por qué os presentaría… -añadió restregándose la frente. Era algo que también hacía Watson cuando se enfrentaba a lo que él llamaba las «trastadas de Rebus».

* * *

– ¿Qué vamos a investigar exactamente? -preguntó Ellen Wylie.

Le habían ordenado acudir a Saint Leonard, pero ella no parecía demasiado ilusionada de trabajar mano a mano junto a él.

– Lo primero que hay que hacer -dijo Rebus- es cubrirnos las espaldas; es decir, asegurarnos de que nunca dieron con las desaparecidas.

– ¿Hablando con los padres? -preguntó ella anotándolo en el bloc.

– Exacto. En cuanto a los dos cadáveres habrá que revisar los informes de la autopsia y ver si al forense se le pasó algo por alto.

– 1977 y 1982… ¿No habrán tirado los expedientes?

– Espero que no. De todos modos, algunos forenses suelen tener buena memoria.

Wylie hizo otra anotación.

– Lo averiguaré. ¿Qué buscamos? ¿Cree que hay alguna posibilidad de que esas mujeres estén relacionadas con los ataúdes?

– No lo sé -contestó Rebus, consciente de lo que ella insinuaba: una cosa es creer algo y otra, demostrarlo, sobre todo ante un tribunal-. De ese modo me quedo tranquilo -añadió al fin.

– ¿Todo esto comenzó por unos ataúdes encontrados en Arthur's Seat?

Rebus asintió con la cabeza sin disipar el escepticismo de Wylie.

– Escucha -dijo-, si crees que me imagino cosas, dilo. Pero primero vamos a investigar.

Ella se encogió de hombros e hizo otra anotación en el bloc.

– ¿Me ha pedido usted o me asignaron para este trabajo?

– Lo pedí yo.

– ¿Y la jefa estuvo de acuerdo?

Rebus hizo un gesto afirmativo.

– ¿Hay algún problema?

– No lo sé -respondió ella reflexionando sobre la pregunta-. Probablemente no.

– De acuerdo, entonces. Manos a la obra -dijo Rebus.

* * *

Tardó casi dos horas en poner por escrito a máquina todos los datos para tener un «guión» en que basarse. Era una recopilación de fechas y páginas referenciadas de las noticias de las que había pedido copia en la biblioteca. Mientras, Wylie llamó a comisarías de Glasgow, Perth, Dunfermline y Nairn para que les remitiesen, si era posible, las notas sobre las pesquisas de los casos, si las conservaban en archivo, y los nombres de los patólogos. Rebus, cuando la oía reír, sabía que era porque al otro lado de la línea le decían: «Por pedir que no quede, ¿verdad?». Mientras él seguía tecleando, la oía trabajar y pudo comprobar que sabía hacerse la tímida, la dura, y hasta coquetear, sin que por ello cambiara su expresión de aburrimiento por la rutina.

– Gracias -repitió por enésima vez.

Colgó, anotó algo en el bloc, miró la hora y la anotó también. Había acabado.

– Promesas, promesas -dijo.

– Mejor que nada -repuso Rebus.

Wylie volvió a coger el auricular con un profundo suspiro y se dispuso a hacer otra llamada.