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Rebus pensó en Ellen Wylie, que ya habría vuelto a la comisaría.

– En realidad…

– Venga, venga usted -insistió Devlin-. Ya que está aquí no puede perderse el Museo Negro.

La empleada les abrió dos puertas cerradas con llave que daban acceso al edificio principal de pasillos silenciosos y cubiertos de retratos de médicos. Devlin indicó con la mano la biblioteca y se detuvo a continuación en un vestíbulo circular de mármol, donde señaló hacia arriba.

– Ahí va a ser la cena. Un montón de catedráticos y médicos vestidos de punta en blanco y atracándose de pollo de goma.

Rebus alzó la vista y vio una cúpula acristalada circundada por una barandilla a la altura del primer piso, en el que había una sola puerta.

– ¿De qué celebración se trata? -preguntó.

– Dios sabe. Yo me limito a recibir la invitación y a enviarles un cheque.

– ¿Van a venir Gates y Curt?

– Probablemente. Ya sabe que Sandy Gates difícilmente se pierde un banquete.

Rebus miró atentamente al interior de la gran puerta principal. Él la conocía por fuera de pasar en coche por Nicholson Street, pero no recordaba haberla visto nunca abierta, y se lo contó a Devlin.

– Hoy la abrirán para que vayan entrando los invitados y suban por la escalera -dijo el profesor-. Venga por aquí.

Cruzaron más pasillos y subieron unos escalones.

– Seguramente está abierto -dijo Devlin en el momento de llegar a otra puerta imponente-, porque a los invitados les gusta dar un paseíto después de cenar y casi todos acaban aquí.

Probó el tirador y, efectivamente, estaba abierto. Entraron en una gran sala.

– Aquí tiene usted el Museo Negro -dijo el profesor haciendo un amplio gesto con los brazos.

– Ya había oído hablar de él -contestó Rebus-, pero nunca había tenido ocasión de visitarlo.

– Es que no está abierto al público -añadió Devlin-. Cosa que no entiendo, porque el colegio podría sacar su buen dinero abriéndolo a los turistas.

La sala reunía una colección de instrumentos quirúrgicos antiguos, más aptos por su aspecto para una cámara de tortura que para el quirófano. Había profusión de huesos y partes anatómicas, y tarros con objetos sumergidos en un líquido turbio. Accedieron por una escalera estrecha a otro piso en el que había más tarros.

– No le arriendo la ganancia al pobre que tenga que echarles formol -dijo Devlin con la respiración entrecortada por la subida.

Rebus escudriñó el contenido de uno de aquellos cilindros de cristal y vio un rostro de recién nacido que le pareció distorsionado hasta que se percató de que estaba unido a dos cuerpecitos. Se trataba de unos siameses unidos por la cabeza, cuyas caras formaban un todo. Él, acostumbrado a ver horrores, se quedó absorto contemplándolo con sombría fascinación. Pero había más: fetos deformes y cuadros, casi todos del siglo XIX, de soldados con los miembros amputados por efecto de un cañonazo o disparos de fusil.

– Este es mi preferido -dijo Devlin.

En medio de aquel escenario del horror, el patólogo le mostraba algo apacible, el retrato de un joven que esbozaba una sonrisa dirigida al pintor. Rebus leyó el rótulo.

– «Doctor Kennet Lovell, febrero, 1829.»

– Lovell fue uno de los anatomistas que hicieron la disección del cadáver de William Burke, y es probable que fuese él quien certificó su muerte después de ahorcado. Para este retrato posó un mes después.

– Parece un hombre satisfecho -dijo Rebus.

– ¿Verdad que sí? -replicó Devlin con los ojos brillantes-. Lovell era también artesano y trabajaba la madera, igual que Deacon William Brodie, de quien habrá oído hablar.

– Caballero de día, ladrón de noche -respondió Rebus.

– Y quizás el modelo en que se inspiró Stevenson para Doctor Jekyll y Mr Hyde. Stevenson tuvo de niño en su cuarto un armario obra de Brodie…

Rebus seguía contemplando el retrato. Lovell tenía unos ojos muy negros, barbilla partida y cabello negro abundante. No había duda de que el artista le había favorecido quizá quitándole años y unos cuantos kilos. De cualquier forma, Lovell era guapo.

– Es interesante lo de la hija de los Balfour -dijo Devlin.

Rebus se volvió hacia él, sorprendido. El anciano, con la respiración ya sosegada, no apartaba la vista del cuadro.

– ¿Por qué? -preguntó Rebus.

– Por los ataúdes que se encontraron en Arthur's Seat… y que la prensa vuelva sobre el tema -contestó, y se dio la vuelta hacia Rebus-. Se dice que representan a las víctimas de Burke y Haré…

– Sí.

– Y ahora, ese nuevo ataúd a modo de recuerdo de la joven Philippa.

– ¿Lovell trabajaba la madera? -preguntó Rebus mirando de nuevo el retrato.

– Obra suya es la mesa que tengo en el comedor -respondió Devlin.

– ¿Por eso la compró?

– Es un memento de los primeros tiempos de la anatomía patológica, inspector. La historia de la cirugía es la historia de Edimburgo -dijo Devlin inspirando con fuerza por la nariz y lanzando un suspiro-. ¿Sabe que lo echo de menos?

– Yo no lo echaría de menos.

Se apartaron del retrato.

– En cierto modo, fue un privilegio. Es fascinante lo que nuestro exterior animal oculta -añadió Devlin dándose unos golpecitos en el pecho para ilustrar sus palabras.

Rebus no quiso decir nada; para él, el cuerpo no era más que el cuerpo y, cuando éste perecía, todo cuanto pudiera hacerlo interesante desaparecía. Habría querido expresarlo, pero sabía que no estaba a la altura de la elocuencia del viejo patólogo.

Regresaron al vestíbulo principal y Devlin se volvió hacia él.

– Escuche, debería usted unirse a nosotros en la cena. Tiene tiempo de ir a casa a cambiarse.

– Creo que no -respondió Rebus-. Sólo se hablará de temas profesionales, como ha dicho usted.

Por otra parte, aunque se lo calló, no tenía esmoquin.

– Seguro que lo pasaría bien -insistió Devlin-. Precisamente por esto de lo que hemos estado hablando.

– ¿Por qué? -replicó Rebus.

– El conferenciante es un sacerdote católico que va a disertar sobre la dicotomía entre cuerpo y espíritu.

– Ahora sí que no lo sigo -dijo Rebus.

Devlin sonrió.

– Me parece que usted finge ser más ignorante de lo que es. Supongo que eso en su profesión es provechoso.

Rebus se encogió de hombros.

– ¿Ese conferenciante no será el padre Conor Leary? -añadió.

Devlin abrió los ojos sorprendido.

– ¿Lo conoce? Pues razón de más para que acuda.

– Tal vez venga a tomar una copa antes de la cena -repuso Rebus, no muy convencido.

* * *

En Saint Leonard encontró a Ellen Wylie enfadada.

– Su concepto de «pausa» es muy distinto del mío -dijo. -Me he encontrado con un conocido -alegó él.

Ella no dijo nada más pero Rebus se percató de que se lo estaba conteniendo, porque no relajaba su expresión de disgusto, y cuando cogió el teléfono lo hizo con premeditación. Parecía como si esperase alguna disculpa por su parte, o algún elogio. Rebus no dijo nada hasta que la vio coger otra vez el teléfono.

– ¿Estás molesta por lo de la conferencia de prensa?

– ¿Qué? -replicó ella colgando furiosa.

– Ellen -añadió él-, no vayas a pensar…

– ¡A mí no me hable en tono condescendiente!

Rebus alzó los brazos en gesto conciliador.

– De acuerdo, no te pongas así. Perdona si te he parecido condescendiente, sargento Wylie.

Ella lo miró furiosa; después, su expresión cambió y se hizo más relajada, forzó una sonrisa y se frotó las mejillas.

– Lo siento -dijo.

– Yo también. -Ella lo miró-. Por haberme retrasado -añadió encogiéndose de hombros-. Habría debido llamar. Pero ahora conoces mi secreto.

– ¿Cuál?