– Que para conseguir una disculpa de John Rebus hay que machacar un teléfono.
Wylie se echó a reír. No era una risa totalmente franca y revelaba cierta histeria, pero por lo visto le hizo mucho bien y los dos reanudaron el trabajo.
Pese a ello, poco sacaron en limpio, pero Rebus dijo que no se preocupase porque era normal no avanzar mucho al principio. Ella se puso el abrigo y le preguntó si quería ir a tomar una copa.
– Tengo un compromiso -respondió él-. Otro día, ¿de acuerdo?
– Claro -dijo ella como dudando que fuese verdad.
Se tomó una copa él solo antes de acercarse al Colegio de Médicos: un Laphroaig con un pelín de agua para rebajarlo. Se lo tomó en un pub que Ellen Wylie no conocía, porque no quería tropezarse con ella después de haberse negado a acompañarla. Iba a necesitar tomarse unas copas para decirle que se equivocaba y que la fallida conferencia de prensa no era el fin de su carrera. Gill Templer le había cogido manía, de eso no había duda, pero Templer no era tan imbécil para dejar que aquello evolucionase hacia una enemistad. Wylie era una buena agente de policía e inteligente. Ya tendría otra oportunidad. Si Templer seguía relegándola, ella sería la primera perjudicada.
– ¿Otra? -preguntó el camarero.
Rebus consultó el reloj.
– Sí, póngamela.
Le agradaba aquel local pequeño y anónimo apartado del ajetreo del centro. No tenía ni letrero fuera y estaba en una callecita donde sólo los parroquianos debían de encontrarla. En un rincón había dos clientes habituales sentados muy erguidos con la vista clavada en la pared de enfrente sosteniendo un diálogo escueto y gutural. La televisión estaba sin sonido, pero el camarero la miraba: era un drama norteamericano de tribunales con mucho movimiento, paredes grises y algunos primeros planos de una mujer que intentaba parecer preocupada y se retorcía las manos para reforzar su expresión facial. Rebus pagó la consumición y echó el resto de la primera en el nuevo vaso escurriendo hasta la última gota. Uno de los ancianos tosió y resopló al tiempo que su compañero decía algo y él asentía con la cabeza.
– ¿Qué sucede? -preguntó Rebus sin poderlo evitar.
– ¿Cómo?
– En la película. ¿De qué se trata?
– De lo de siempre -contestó el camarero, como si la rutina diaria fuese aplicable hasta a los dramas televisivos-. ¿Qué tal le ha ido el día a usted?
La frase sonó algo forzada, como si el hombre no tuviera costumbre de dar conversación a los clientes.
Rebus pensó en posibles respuestas. Una era la posibilidad de que hubiera por ahí un asesino en serie desde los años setenta; otra, la casi seguridad de que a una desaparecida la encontrasen muerta; o bien, un solo rostro deformado compartido por dos hermanos siameses.
– Uf -dijo al fin, al tiempo que el camarero asentía con la cabeza como si fuese exactamente la respuesta que esperaba.
Rebus se marchó poco después y tras un breve paseo por Nicholson Street llegó ante la puerta principal del Colegio de Médicos, que ya estaba abierta, como había explicado el profesor Devlin, para que entraran los invitados, que comenzaban a llegar. Él no tenía tarjeta de invitación, pero con una explicación y su carnet de policía le franquearo n la entrada. Los que ya llevaban un rato allí charlaban vaso en mano en el descansillo de la primera planta. Rebus subió y vio que la sala estaba dispuesta para el banquete y los camareros corrían de aquí para allá ultimando los preparativos. Justo a la entrada habían dispuesto una mesa sobre caballetes cubierta con un mantel blanco en la que no faltaban vasos y botellas. El personal de servicio llevaba chaleco negro sobre la camisa blanca recién planchada.
– ¿Qué toma el señor?
Rebus pensó en otro whisky, pero lo cierto es que cuando llevaba tres o cuatro no sabía parar. Y si paraba la resaca llegaría aproximadamente a la hora en que había quedado con Jean.
– Un zumo de naranja -dijo.
– Virgen santa, ahora puedo morir en paz.
Rebus se volvió sonriente.
– ¿Y eso por qué? -replicó.
– Porque era lo único que me faltaba por ver en este mundo. Dele a este hombre un whisky y no sea tacaño -dijo tajante al camarero, que se detuvo cuando iba a servir el zumo y miró a Rebus.
– Un zumo -insistió él.
– Ah, bueno, tu aliento huele a whisky -dijo el padre Conor Leary-, así que si no te has vuelto abstemio tendrás otro motivo para no beber… ¿Tiene algo que ver el bello sexo? -añadió pensativo.
– Se ha equivocado de profesión -comentó Rebus.
El padre Leary soltó una carcajada.
– ¿Quieres decir que habría sido un buen policía? Pues no te digo que no. Ya sabe -añadió mirando al camarero, quien sin decir lo más mínimo le tendió un whisky bien servido. Leary asintió con la cabeza.
– ¡Slainte! -dijo.
– ¡Slainte! -dijo Rebus dando un trago de zumo.
Conor Leary tenía muy buen aspecto desde la última vez que Rebus lo había visto, enfermo y con tantos medicamentos en la nevera que casi no quedaba sitio para las cervezas Guinness.
– Cuánto tiempo -exclamó el sacerdote.
– Ya sabe lo que pasa.
– Ya sé que los jóvenes tenéis poco tiempo para visitar a los enfermos por lo ocupados que estáis con los pecados carnales.
– Hace mucho tiempo que mi carne no entra en contacto con ningún pecado digno de confesar.
– Dios bendito, y carne te sobra -dijo Leary dándole unos golpecitos en la barriga.
– A lo mejor es por eso -terció Rebus-. Usted, por otro lado…
– Ah, ¿qué esperabas, que me achantase y me muriera? Pues no. He decidido comer y beber bien pase lo que pase.
Leary llevaba el alzacuello debajo de un suéter gris de cuello de pico, pantalones azul marino y zapatos negros relucientes. Algo de peso había perdido, pero tenía el estómago y las mejillas caídas; sus cabellos plateados parecían hilos de seda y el flequillo romano ensombrecía sus ojos hundidos. Sostenía el vaso en la mano del mismo modo que un obrero una botella.
– Nosotros no venimos vestidos para el acto -dijo mirando a los invitados de esmoquin.
– Usted, por lo menos, va de uniforme -apuntó Rebus.
– No del todo -replicó Leary-. Me he retirado del servicio activo -añadió con un guiño- pero, aunque dejes las herramientas, cada vez que me pongo el alzacuello para un acto como éste pienso que van a aparecer emisarios papales daga en mano para arrancármelo.
– ¿Es como cuando dejas la legión extranjera?
– ¡Ya lo creo! O como cortarse la coleta.
Estaban los dos riendo cuando se les acercó Donald Devlin.
– Me alegro de que haya venido -dijo a Rebus y tendiendo la mano al sacerdote-. Creo que usted ha sido el factor decisivo, padre -añadió explicándole el encuentro previo con Rebus en el que lo había invitado a la cena-. Invitación que sigue en pie. Estoy seguro de que le gustará la conferencia del padre.
Rebus negó con la cabeza.
– Lo que menos acepta un pagano como John es oír que le expliquen lo que le conviene a su salud espiritual -dijo Leary.
– Exacto -replicó Rebus-. Además, estoy seguro de que ya me lo ha dicho antes.
Cruzó su mirada con Leary y los dos pensaron en las largas conversaciones mantenidas en la cocina del sacerdote, con frecuentes viajes a la nevera y al armario de bebidas. Conversaciones sobre Calvino, el crimen, la fe y el ateísmo, en las que, aunque Rebus estuviera de acuerdo con el sacerdote, siempre asumía el papel de abogado del diablo, postura irreductible que divertía al anciano. Aquellas largas charlas habían sido periódicas hasta que Rebus comenzó a buscar excusas y a eludirlas, pese a que era incapaz de alegar un motivo si Leary le preguntaba en aquel momento. Quizás habría sido porque el cura había comenzado a plantearle puntos irrebatibles y él no tenía tiempo para pensar en ellos. Ese era el juego que se habían traído; Leary, por su parte, estaba convencido de que iba a poder convertir al «pagano».